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Printed from https://www.Writing.Com/view/2133541
by Jim
Rated: E · Fiction · Tragedy · #2133541
Un guerrero acabado vaga errante y sin rumbo fijo, acechado por los demonios del pasado.
El caballero despertó exaltado al igual que todas las mañanas. Los horrores de su pasado no le permitían conciliar un sueño pacífico y en su lugar debía afrontar las crudas pesadillas que su mente continuamente ponía detrás de sus parpados. Rápidamente miró a su alrededor con la esperanza de que los años pasados hayan sido parte de la pesadilla pero su cara se tornó en una expresión de desilusión al notar que, una vez más, estaba en el mundo real. Allí, en medio de un prado, el caballero había montado un débil campamento, conformado por una fogata pequeña y una manta sobre la que yacía. Las brazas hacía tiempo que se habían consumado pero los restos de leña aún estaban tibios y el caballero acercó sus manos para calentarlas. No era mucho, pero era suficiente. A un lado de las cobijas se encontraba su armadura, posicionada en perfecto orden y a la distancia óptima para alcanzarla en caso de necesidad. Sin embargo, la parte más fundamental de su equipo se encontraba entre sus manos, pues le eran tan vital que debía dormir aferrado a ella: se trataba de su espada. Un arma de longitud media que le sobrepasaba la rodilla cuando iba colgada de su cintura.
Cuando terminó de ponerse su armadura el caballero tomó la manta sobre la que dormía, la agitó un poco para limpiar los restos de césped y tierra, y seguidamente se la colgó de los hombros, dándole una vuelta alrededor de su cuello. Se acomodó la espada en el cinturón, hecho tierra en la fogata y comenzó a caminar.
Durante más de dos horas el caballero caminó a través del prado, con paso lento rodeado solamente por el verde pasto y el silencio. El cielo estaba de un color grisáceo y el sol aún no había hecho acto de presencia, aunque aún así el caballero sabía que estaba ahí pues podía notar sus rayos filtrándose a través del cielo gris. El paisaje no presentaba ninguna otra interrupción, salvo por una ocasional laguna o una pequeña arbolada.
La monotonía se rompió cuando, en el horizonte, el caballero vislumbró una fina columna de humo que ascendía hasta el cielo. “Una ciudad” pensó mientras su rostro se tornaba sombrío. A medida que se acercaba el paisaje se fue tornando más familiar. Cada pocos kilómetros el caballero avistaba una o dos cabañas en el prado. Parecían completamente intactas pero por alguna incierta razón el caballero prefirió mantener la distancia. Con paso firme pero tranquilo se acercó al origen del humo. Se trataba nada más que de una pequeña aldea, con pocas cabañas de las cuales solo una alcanzaba a tener dos plantas. El camino principal era de tierra y estaba marcado con rocas, siendo el único que presentaba esta formalidad.
Cuando estaba a apenas un kilómetro del poblado, una leve brisa se levanto en dirección opuesta al caballero, llevando hasta el un conocido hedor que hizo que, por primera (pero no ultima) vez en el día su voluntad flaqueara. Con el corazón el la garganta el caballero apoyó la mano en la empuñadura de su espada y se obligó a mover sus pies, arrastrándolos forzosamente hasta alcanzar las primeras casas. Allí pudo ver con sus propios ojos el mal que tanto le aterraba: Las calles estaban sembradas de cadáveres. Las puertas de las casas estaban destruidas y sus habitantes, a veces completos y a veces en partes, estaban desparramados sin vida por las callejuelas. Hombres, mujeres y niños, todos por igual. El caballero contuvo una arcada mientras se cubría la boca con su tunica. No era la primera vez que veía este horror y sabía que lo volvería a ver. Pero no era eso lo que hacía que sus ojos comenzaran a lagrimar. Eran sus recuerdos de una vida pasada. Una vida que solo vería de nuevo en sus sueños. Una vida feliz.
Unos leves sonidos y gruñidos sacaron al caballero de sus pensamientos y lo guiaron a una callejuela apartada. La imagen lo llenó de odio y repulsión: allí pudo ver a dos criaturas demoníacas devorando un cadáver. Se trataba de dos bestias aladas, de piel oxidada y escamosa, con rastros de pelo en el lomo y alrededor del cuello. Su tamaño era similar al de un perro grande y sus colas terminaban en un filoso aguijón. “Carroñeros” pensó el caballero. Ya se había enfrentado antes a estas criaturas y estaba acostumbrado a su repulsiva presencia. Cuando las bestias notaron al caballero se encabritaron, lanzado gritos y gruñidos al recién llegado mientras erizaban el pelo de su espalda. En respuesta el caballero desenvaino su espada. Una de las criaturas, sin dejar de mostrar sus filosos dientes comenzó a caminar hacia un lado del caballero con la aparente intención de rodearlo. Pero su oponente conocía esta táctica. Solo era una distracción para que la segunda criatura lo atacara. Aún así el caballero fingió morder el anzuelo y cuando la bestia a sus espaldas se lanzó sobre él. Este la esquivó justo a tiempo. Con un movimiento rápido de su espada cercenó la cabeza de la criatura quien lanzó un último gemido antes de morir. La bestia frente a él rugió de ira y, agitando sus alas para impulsarse se lanzó al ataque buscando el cuello del caballero. Por suerte, este se arrojó al suelo para esquivar a su agresor y alzó su espada desgarrando el vientre de la criatura. Sin embargo, el caballero sufrió el precio, pues el aguijón de la cola de la bestia se incrustó en su brazo, atravesando limpiamente la armadura. La criatura cayó al suelo con un gemido de dolor y tras unos breves intentos de ponerse de pie finalmente cayó rendida y murió.
El caballero sudando por la adrenalina se arrancó el brazalete de la armadura y contempló su herida. Una sensación de ardor sacudió su sistema nervioso. Era como si le estuviesen quemando con un hierro al rojo vivo. La sensación no le era ajena pues ya una vez había sufrido el mismo dolor cuando se enfrentó por primera vez a estas criaturas. La solución había sido el agua. Con un poco de agua había logrado limpiar la herida y calmar el dolor. Pero ahora ya no tenía agua. No tenía nada, sus últimas raciones se habían terminado la noche anterior. Con su mano libre arrancó una tira de la tela de su capa y la amarró fuertemente sobre su herida. Esto le provocaba un dolor aún más intenso y por unos segundos perdió la conciencia, pero logró sobreponerse lo suficiente como para evitar que la herida siga sangrando. Luego se sentó en el suelo y apoyó su espalda contra un poste. Su brazo aún ardía por lo que decidió distraer su mente hasta que el dolor hubiese pasado. Cerró los ojos y comenzó a imaginar.
Primero vio una casa, se imagino los colores, y los materiales que la formaban. Luego, en el jardín se imaginó un árbol, un fuerte manzano. De el colgaba un tendedero con ropa y una mujer estaba colgándola. El se acercó por detrás y le acarició el hombro, haciendo que ella se voltee y le sonría. Se abrazaron. Del árbol descendió una niña muy parecida a la mujer que corrió hacia él y lo abrazó. El la levantó en el aire mientras ella reía. De pronto, la niña comenzó a deshacerse en sus manos mientras se desmoronaba en cenizas. La mujer a su lado se desmoronó también. La casa estalló en llamas mientras que el jardín se incendiaba. Un rugido tronó a su alrededor envolviéndolo todo mientras una criatura se alejaba en el humo. El fuego terminó por rodear al caballero quien gritó mientras se despertaba. Volvía a estar en el pueblo, con las dos criaturas muertas a sus pies. Sacudió su cabeza para alejar a los fantasmas de su pasado y suspiró mientras observaba a las criaturas.
Algo no estaba bien. Sin duda eran letales, pero eran demasiado débiles para masacrar un pueblo entero. No así, al menos. Mientras pensaba, por el rabillo del ojo le pareció notar un movimiento. Fue breve, pero suficiente para ponerlo alerta. Sus oídos, acostumbrados al silencio, notaron inmediatamente unos sonidos similares a pisadas, como si alguien arrastrase los pies. Pero le fue imposible localizar su origen. El sonido se hizo más fuerte a su alrededor y se le unieron un coro de gruñidos y respiraciones agitadas. No podía localizar un punto de origen. Estaba horriblemente cerca y aún así parecía que provenía de todos lados. Hasta que por fin él se dio cuenta de que no había punto de origen. El sonido provenía efectivamente de todos lados. Mientras el caballero se ponía de pie vio como de entre las sombras de las casas destrozadas surgían aterradoras bestias, peores que las que yacían en el suelo. De variadas formas y tamaños decenas de criaturas se arremolinaban a su alrededor. El caballero se maldijo a si mismo. Era una trampa. Una emboscada para cualquiera que se acercase a la aldea. Y él había caído directamente en ella. Sus hombros se desplomaron mientras su corazón se aceleraba. Iba a morir. No había forma de luchar. Podía sentir los gritos y gruñidos de las bestias listas para atacar así que él cerró los ojos esperando su fin. Pero en ese instante una brisa se levantó en dirección contraria al camino del caballero. Y en la brisa pudo oír un rugido. Un rugido que no había escuchado en mucho tiempo pero que conocía perfectamente. La única razón de su viaje. Su meta. Su cacería. Estaba cerca, tenía que estarlo. Podía sentirlo. Abrió los ojos de par en par y vio a su alrededor a una horda de criaturas listas para despedazarlo vivo. No. No hoy. Estaba muy cerca para terminar allí. Con su brazo aún en llamas, tomó la empuñadura de su espada y tiró hasta que esta estuvo libre de su funda. El brazo le pesaba y era difícil levantar el arma pero lo hizo. Era la hora. Las bestias se lanzaron contra el caballero quien, con su espada en alto y un grito de guerra se arrojó contra las bestias, listo para vencerlas.
Y del árbol descendió una niña, que corrió hacia el y lo abrazó.

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