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Luchan contra Wario. Más amigos, enemigos y pies sudorosos para Toadette, Minh y Toad.

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Capítulo 125 - El siniestro atardecer


—¿Me la jalaste con esas patas mugrosas sólo para decirme que necesitábamos un maldito marcador? —gruñó Toad—. ¡Debería arrancarte esa coleta de la cabeza!

—Chico hongo, eso es sólo el comienzo. —Goomarina sonrió con suficiencia—. ¿Te vas a ir haciendo berrinche antes de llegar a la mejor parte?

—¿Qué nos falta saber? —preguntó Toadette.

—Cuando Mario y yo fuimos a Villa Sombría, llevábamos la tinta en la ropa. Pero aquí está el detallito que se les pasó mencionarnos: los habitantes de ahí son superespeciales con los forasteros. Si no se ven y huelen como si hubieran salido a rastras de una cripta, suerte para que los volteen a ver.

—Entonces… —Minh se puso un dedo en la barbilla—. ¿Necesitamos un cambio de look?

—Genial. Más retrasos. —Toad se tronó los nudillos—. Ese pueblo no vale ni el cerillo para quemarlo.

—Tranquilos. —Goomarina rebuscó en sus cajones—. Tuvimos a una auténtica diva en el equipo durante nuestra aventura. O sea, fabulosa a morir. Aprendí unos tips de maquillaje increíbles con ella. Me han salvado el pellejo cuando tengo que darle glamour a este disfraz humano.

—¿En serio vamos a dejar que nos manosee la cara? —Toad les lanzó una mirada a las otras.

—Acabó con esos Goombas y con tu dignidad sin despeinarse —bromeó Minh—. Yo le confío mi vida a sus manos… y a sus pies.

Toadette se quitó los lentes.

—Sólo no me dejes hecha un adefesio, ¿está bien?

—Relájate. Ser arqueóloga significa que me fijo muy bien en los detalles.

***


Mientras Aminí estaba en el baño, Penélope permanecía en la cama, jugando con su DSi. Como la única otra persona que conocía estaba justo ahí, no vio razón para irse. Yasmín estaba totalmente noqueada. En cuanto se quitó los lentes y puso la cabeza en la almohada, cayó dormida. Sólo despertaba a ratos, medio atontada.

—Oye. —Penélope le picó las costillas—. ¿Qué es incesto?

—¿Qué?

—Como te dijeron la señorita Toadette y el capitán Toad. ¿Qué es eso?

—Hasta donde sabemos, así fue como te hicieron a ti. Princesita.

—Yo… ¿Eso es malo?

—Es cuando dos personas de la misma familia son pareja. O tienen sexo.

—¡Guácala! —Penélope retrocedió—. ¡Qué asco, Yas!

—Bueno… —A Yasmín le temblaron los labios—. Depende a quién le preguntes.

—Aparte, a mí me trajo la cigüeña. Como a todos. —Penélope se mordió el labio—. Entonces… Sobre eso de que soy…

—Ya tiene sentido. El dinero, el castillo, que te parezcas a una Peach en miniatura. Debí suponerlo.

—Bueno, no creas que mucha gente lo sabe. Tengo que mentirle a todo el mundo. Si se llega a saber, mi mamá se vuelve loca.

—¿Entonces quiénes saben?

—Todos en el castillo. La señorita T. Minh. Tú ahora. Y… —Penélope pausó el juego. Se le fue el color de la cara—. Todos en ese barco. Wario…

Yasmín soltó un bufido.

—¡No me bufes así! —espetó Penélope, tropezando con sus palabras—. ¿Qué más querías que hiciera? Si a esa mujer no le dije quién era en verdad, ¿cómo me iba a creer?

—¿Neta te ibas a disparar?

—¡No! Sólo estaba fingiendo. Obvio. —Penélope negó con la cabeza—. ¿Quién haría algo así de verdad?

—Te sorprendería. —Yasmín se sentó, estirándose—. Si hubieras jalado el gatillo, me te iba a ir encima a puros golpes hasta que te desangraras por completo.

—Me… —A Penélope le tembló el ojo—. ¿Me estás amenazando?

—Estoy diciendo que me alegra que no lo hicieras. —Una sonrisa suave le apareció en el rostro.

Penélope soltó un suspiro de alivio.

—Mejor ya no hablemos de eso, Yas. ¿Podemos hacer como que nunca pasó? ¿Porfa? Es más fácil así.

—Ya quisiera. —Yasmín se picó la nariz—. No tienes que pensar en ese diario. Pero si alguna vez necesitas desahogarte… —Se limpió el dedo en las sábanas—. He lidiado con cosas peores.

—¿Por qué sabes tanto de…? —Penélope trazó las letras S-E-X-O en el aire—. ¿Es sólo por ese cómic de Kid Icarus?

Yasmín miró al techo. Penélope no tenía por qué saber los detalles de su vida. Estaba a punto de cerrar los ojos e intentar dormir otra vez. Pero algo la obligó a hablar.

—Si te cuento, no se lo dirás a nadie. Especialmente a Minh-Minh o a Sofí. ¿Me entiendes?

Penélope hizo la señal de cerrar el pico con un cierre.

—Da gracias que nunca has pasado hambre. —La voz de Yasmín se volvió tranquila. Mientras relataba los detalles de su supervivencia, Penélope se iba poniendo más rígida. Apretó su DSi como si quisiera fusionarse con él. Cada escenario se mostraba vívido en su cabeza: el sexo que Yasmín tenía en la escuela, la falta de comida al llegar a casa y la falta de amor en ese lugar. Penélope sólo pudo soltar pequeños gemidos ahogados.

«¿Desde que tenía nueve años? ¿Cómo sabían los otros niños qué era el sexo?».

La voz de Yasmín bajó de volumen al terminar.

—Así que sí. Mamarle a Terro seguro te aterrorizó. Yo lo he hecho tantas veces que podría llenar un cuaderno.

Penélope tragó saliva.

—Al menos él no se vino dentro de ti —continuó Yasmín.

—¿Qué significa eso?

—Estoy… —Yasmín oyó que quitaban el seguro de la puerta. Soltó las palabras de golpe—. Creo que estoy embarazada.

Sintió como si le hubieran quitado un peso de encima. Sólo contarle a Minh sobre el sexo en el barco había sido difícil. Pero Penélope era de su edad, y de algún modo eso hacía más fácil divulgar cada detalle de su vida.

—¿Embarazada? —La voz de Penélope se suavizó.

—Puta madre —gimió Yasmín—. ¿Cómo no sabes estas cosas?

—¿De qué están hablando? —Aminí se acercó a la cama con el cabello aún mojado—. ¿Embarazo?

—¿Qué significa? —le preguntó Penélope, evitando todavía el contacto visual con Aminí.

—Ah. Bueno… —Aminí se inclinó—. Verás, corazón, cuando una mami va a tener un bebé, el bebé crece en su pancita y…

—Ella saca al bebé por la vagina. —Yasmín se recargó en las almohadas—. Y al parecer, duele de la chingada.

Los ojos de Aminí se abrieron de par en par. El DSi se resbaló de las manos de Penélope.

—Pero… ¿y la cigüeña?

—Las cigüeñas todavía existen, mi amor. —Aminí se retorció las manos—. Es sólo que… Yasmín, fuiste muy brusca, ¿no crees?

—No es culpa mía que una niña de diez años todavía crea en cuentos de hadas.

—¿Mamá me mintió todo este tiempo? —Penélope miraba a la nada—. Pero es tan simple. Si mintió en esto, ¿en qué más mintió?

—Ya se te pasará. —Yasmín se giró sobre su costado—. Tarde o temprano todos nos topamos con la verdad. —Su mano se movió a su estómago. Estaba temblando.

***


A Goomarina le tomó más de una hora reinventar la apariencia del trío. Con el sudor goteándole de la frente, dio un paso atrás en el baño desordenado.

—¡Voilà! Van a encajar perfecto con los freaks de allá afuera.

El primero en salir fue Toad. Con una capa pesada de rímel y delineador, fue el que menos cambió de los tres. Tenía algunas grietas pintadas en el sombrero y traía una túnica oscura y rasgada.

La siguiente fue Minh. En lugar de túnica, llevaba un vestido roto. Un collar de calaveras le colgaba del cuello, y sus pies descalzos tocaban el suelo asqueroso. Pero la atención estaba en su cara. Estaba pintada completamente como un esqueleto viviente, sólo que más colorido y festivo.

—¿Y qué vas a hacer cuando te tengas que lavar la cara en unos días? —preguntó Toad.

—Apuesto a que no tardamos tanto —dijo, haciendo una reverencia elegante—. Pero si acaso, todavía tengo estos trapos elegantemente mugrosos para el papel.

—Mientras tanto…

La última fue Toadette. Unas medias de red ajustadas le subían por las piernas, llevando a otro vestido largo de una pieza que estaba parchado como una colcha. El maquillaje negro en su cara daba la impresión de que lloraba todo el tiempo, resaltando sus labios rojos. En lugar de anteojos, traía lentes de contacto. Se estremeció al dar un paso, sintiendo el crujido del piso arenoso en los pies.

—No sé si ese look de payasita gótica te queda espeluznante o sexi —silbó Toad.

—Yo sí la dejaba que me hiciera de todo —rió Minh.

—El maquillaje está pesadísimo. —Toadette arrugó la cara—. Siento la cara entumida.

—¡Ahora están listos! —anunció Goomarina.

—¿Y si nos vuelve a rechazar la tubería? —Toadette estiró el cuello.

—Llamen a un plomero. —Goomarina se encogió de hombros—. Seguro Mario está ocupado, pero te garantizo que Luigi anda nomás mirando la pared, esperando a que el universo le diga qué hacer.

—¿Luigi? Ese imbécil casi nos mata en Ciudad Champiñón —dijo Toad.

—Gracias a Minh —corrigió Toadette—. Él volaba bien hasta que a ella se le ocurrió subir mis zapatos a bordo.

—¡Eso fue hace siglos! —bufó Minh—. ¡No es mi culpa que no aguantara el tufo de las patas de Toadette!

—Oigan, mejor váyanse yendo —dijo Goomarina—. La plaza se llena a esta hora.

—Cierto. Gracias.

Toadette salió corriendo, seguida de Minh, quien se despidió de Goomarina. Toad la miró de arriba abajo por un segundo. Goomarina curvó los dedos de los pies y frunció los labios. Antes de que él pudiera reaccionar, lo jaló hacia ella. Sus labios se aplastaron contra los de él; le metió la lengua hasta la garganta. Cuando por fin lo soltó, él hizo arcadas, limpiándose la boca con asco.

—Búscame en una expedición si quieres la revancha —ronroneó ella—. La próxima vez no me pongo calcetines. Voy a dejar que mis pies se cocinen bien rico en esas botas primero.

—Goomba asquerosa —murmuró, azotando la puerta—. ¡Están enfermos!

—Y aun así no te apartaste, chico hongo —ronroneó, lamiéndose los labios.

***


La tubería a Villa Sombría yacía sola en una habitación de concreto bajo Villa Viciosa: oscura, polvorienta y apestando a óxido. A Minh le temblaron los dedos al acercarse. El latigazo del rechazo anterior había sido tan violento que haría vomitar a cualquiera. Cruzó los dedos.

—Yo voy primero.

—¿Estás segura? —le preguntó Toad—. ¿Y si esa Goomba hablaba pura mierda? Te podrías quedar atorada.

Minh dudó. Luego pisó fuerte.

—¿Tengo cara de asustada?

Dio una maroma hacia atrás para entrar en la tubería, o al menos lo intentó. El pecho se le estrelló contra el borde. Hubo silencio. Luego soltó un grito. De inmediato la succión de la tubería le atrapó la cabeza y se la tragó de un jalón.

Pasaron veinte segundos, y Toad finalmente sonrió con suficiencia.

—Creo que ahí va progresando.

—Y eso que no paraba de decirse peso muerto. —Toadette sonrió radiante—. Necesita darse más crédito.

—Ah, sólo decía que no la ha rechazado todavía. —Toad empujó a Toadette, dejando que la tubería se la tragara entera—. ¡Allá vamos, Villa Sombría!

El viaje por la tubería fue el más rudo que Toadette había experimentado jamás, como estar atrapada dentro de un cilindro vibrador. Apenas pudo pasar su sombrero por el otro lado, que se sentía cubierto de lodo espeso o musgo. El sombrero se le atoró un momento antes de ser exprimida dolorosamente por la abertura octagonal, dejando que el resto de su cuerpo saliera retorciéndose.

Aterrizó de cara y gimió. Luego se levantó de los adoquines.

—¡Esa tubería necesita una limpieza urgente! ¡Huele a panteón!

Toad emergió y escaneó sus alrededores.

No era de noche, pero tampoco era de día. El cielo era púrpura brillante, desvaneciéndose en un naranja profundo en el horizonte. Una luna masiva colgaba en el cielo, pareciendo lo suficientemente cerca como para tocarla.

—Villa Sombría —suspiró Minh, observando las plantas oscuras a su alrededor. Levantó el pie. Una hoja negra se aferraba a su planta, disolviéndose en ceniza.

Los ojos de Toad se clavaron en su planta ennegrecida. Toadette le dio un codazo.

—Estoy bien. —Él se sacudió la mugre de la tubería—. Sólo asegúrense de que ninguno de sus pies mugrosos se me acerque en este viaje.

Minh miró hacia atrás con una sonrisa.

—No lo planeaba, pero gracias por la idea. —Meneó los dedos de los pies—. Cuando necesites nutrientes, nomás avisa.

Él la empujó al pasar y se adelantó pisando fuerte. Minh se deslizó junto a Toadette.

—Trata de no distraerte con los pies de ninguno de los dos, ¿va?

—No necesito que me… —Toadette se dio cuenta de que se había desviado hacia el pie de Minh; casi se tocaban los dedos. Se apartó de golpe. Minh ya se estaba riendo por lo bajo.

Llegaron a la cima de una colina con vistas al pueblo. Enormes árboles oscuros se cernían sobre los edificios, coronados con un puñado de cuervos que los observaban con ojos penetrantes. Abajo se agrupaban casitas de madera, ninguna de más de dos pisos. A diferencia de los islotes Vivorretrato, apenas unos cuantos locales vagaban por las calles de tierra naranja.

—¿Entonces vamos por prueba y error con el dial del radar? —silbó Toadette—. ¿O preguntamos por ahí?

—Primero preguntamos —dijo Toad.

—No lo sé. —Minh se puso las manos en la espalda—. Si son así de paranoicos con los forasteros, ¿no nos van a esconder la estrella?

—Entonces será por las malas. —Él se lamió los labios—. Sólo un puñetazo, nada grave.

—Vamos. —Toadette se abrió paso colina abajo. Sentir la tierra fría en los pies a través de las medias de red no dejaba de darle escalofríos.

Al fondo, la pobreza del pueblo la golpeó con toda su fuerza. Amarillo no había exagerado. Parecía un set de película de «Pobreza extrema». Cada paso la arrastraba de vuelta a Ciudad Toad en los noventa y principios de los dos mil, de vuelta a ser esa niña descalza y hambrienta. Pero esta gente no eran vecinos de clase media mirándola en menos. Estaban a su mismo nivel.

«Y esto es lo que Wario quiere para todo el reino».

—Okay, ¿en serio qué onda? —Minh los alcanzó.

—¿A qué te refieres? —preguntó Toadette.

—¿No están viendo todo esto?

Minh señaló arriba a las luces colgadas entre los postes. Serpentinas brillantes y confeti cubrían los edificios y el suelo. Parecía como si de verdad estuvieran celebrando Navidad. Pero había un problema.

—Un poco temprano para Navidad, ¿no? —rió Toad—. A menos que sea como Día del Sacrificio o algo así.

Toadette se enfocó en los habitantes del pueblo. Inmediatamente su presencia la inquietó. Tenían forma humana, pero ahí terminaba todo. Costuras entrecruzaban sus cuerpos como muñecos reanimados. Cuando uno se volteó para mirarla, casi le fallan las piernas.

—Vamos a tantear el terreno primero, ¿va? —sugirió Minh.

La primera hora pasó sin incidentes. Toadette les preguntó a los tenderos los precios de sus productos. Eran siempre más baratos que en Ciudad Toad pero también medio podridos. Nomás por no dejar, compró una manzana, aunque se la comió con mucho cuidado.

Las reacciones de los habitantes eran extrañas. Asentimientos, saludos huecos, pero se les iban los ojos hacia abajo, fijos en sus pies.

Toadette lo notó primero. La mirada de una vieja se le quedó pegada en los pies al pasar. Luego un tipo en un puesto de frutas se le quedó viendo a la tierra pegada entre sus dedos. Se le erizó la piel. Nunca se había sentido tan expuesta estando vestida.

Toad notó a un grupo de adolescentes mirándole los pies descalzos. Aceleró el paso.

—¿Por qué todos nos miran los pies? ¿Se contagiaron de la enfermedad de Minh?

—A lo mejor los nuestros son más llamativos. Más interesantes —respondió Minh. Pasó junto a un grupo de habitantes lento y a propósito, moviendo las caderas. Las cabezas giraron al unísono, siguiendo sus huellas en la tierra naranja. Mirando por encima del hombro, les meneó los dedos—. Miren eso. Un movimiento y ya están hipnotizados.

—De verdad te estás metiendo en el papel —susurró Toadette.

—¿Me culpas?

Un niño le tiró de la pierna a Toad.

—Señor, ¿por qué tiene la cabeza tan grande?

—¿Qué demonios…? —Él se inclinó, con la sonrisa forzada—. Para que quepa todo lo que yo sé y tú no, niño.

Después de una hora, ya tenían una buena idea del pueblo. Al poco rato, Minh se desvió hacia un habitante en el lado este. Se recargó en una cerca, dejando que el busto se le colgara sobre la madera.

—Hola…

Él la miró inexpresivamente.

—Me llamo Minh. —Señaló a Toad y Toadette—. Venimos de muy lejos para ver su pueblo. Entonces, ¿qué onda con todas las decoraciones? Nadie nos dijo nada de un festival.

A él le tembló la nariz. Luego se inclinó y le olfateó la cara. Minh abrió los ojos de par en par.

—¿De lejos? —La voz de él sonó hueca—. Qué extraño… Su aroma…

Se desplomó como títere sin hilos, enterrándole la nariz en los pies. Minh chilló, apretando los dientes mientras la nariz se le asomaba entre los dedos mugrosos. Una sonrisa torcida se le dibujó en el rostro y entornó los ojos. Flexionó los dedos, atrapándole la nariz y restregándole la planta contra la cara.

—Uy, alguien tiene hambre. Ándale pues. —Lo mantuvo ahí por un largo momento antes de retroceder, riéndose.

—Un terruño extranjero, pero la fermentación es… exquisita…

—Qué fino. —Se tocó la barbilla—. Así que, en una escala del uno al queso rancio…

—Setenta… en tu escala.

—¿Setenta? —Se dio la vuelta y les gritó a los otros. Cuando llegaron, estaba radiante—. ¿Oyeron eso? Saqué setenta en la escala de tufo, y eso que no traigo mis botas de invierno. Uy, éste es el nivel de inmundicia al que le voy a tirar de ahora en adelante.

—Sólo tú podrías convertir la mala higiene en autoestima —suspiró Toad.

—No es mi culpa que mis pies sean asquerosamente deliciosos. —Minh dio una vuelta—. Ahora, amigo, ¿hay algo en lo que les podamos ayudar por aquí?

—Mmm… Técnicamente, sí. Pero no se molesten…

—Ahora nos tienes interesados. —Toadette se cruzó de brazos—. Podemos resolver lo que sea. ¿Cuál es el problema?

—No sabemos qué es… Su nombre es un misterio… —Miró los dedos de los pies de Toadette, con la nariz temblándole—. Pero incluso si lo supiéramos, no podrían enfrentarlo. Nadie pasa la puerta este sin permiso…

—¿Quién da el permiso? —preguntó Toad—. Seguro que lo hago cambiar de opinión.

El habitante miró a Toad por un momento. Luego colapsó de rodillas como antes. Enterró la cara en los pies de Toad, inhalando desesperadamente. Toad gritó y retrocedió a gatas.

—¡Oye, yo no pedí todo eso! —jadeó.

—Toma. —Minh empujó a Toadette hacia adelante—. Sus pies están mucho más apestosos que los de cualquiera de nosotros. Creció en una fábrica de quesos.

—Ah, ¿sí? Disculpen el exabrupto, pero su aroma… —Le presionó la nariz contra los pies a Toadette, inhalando una y otra vez. A Toadette se le salió un sonido entre risa y llanto. Minh observaba, hipnotizada. Su agarre se apretó mientras él empezaba a olfatearle las plantas.

—Eso es —rió ella—. De arriba abajo. No quieres perderte ni un centímetro de sus pies.

Toad hizo una mueca. «De verdad caímos en el pueblo de los monstruos».

Cuando se puso de pie, todo su cuerpo convulsionó. Su cabeza se sacudió tan fuerte que parecía lista para desprenderse.

—Ah… Si desean permiso, lo necesitarán del…

Un chillido rompió el aire. Toadette volteó de golpe. Todos los habitantes miraban en una dirección, pero cuando el trío miró, sólo quedaba un borrón desvaneciéndose en la oscuridad.

—Atacó otra vez… —susurró un aldeano—. Ahí va el pobre Tenebrio…

—Se está acercando al centro…

—El monstruo… No puede estar trabajando solo… Tantos desaparecidos… ¿Quién le ayuda…?

El habitante más cercano al trío tropezó hacia atrás; las costuras se le rasgaban con cada espasmo.

—Ustedes… Ustedes no están aquí para ayudarnos…

—¿Eh? —Toadette se puso las manos en la cintura—. ¿En serio?

—Fue una distracción… Querían distraernos con su… maldito olor embriagador…

Chifló con los dedos, soltando un silbido tan agudo que Minh corrió a taparse los oídos. Las puertas se abrieron de golpe. La gente salió como zombis, con la mirada fija y cojeando hacia los Toads.

—¿Qué hicimos? —gimoteó Minh.

—Supongo que odian la caridad. —Toad miró a los varios habitantes arrastrándose hacia ellos. La retirada no era una opción. Soltó un suspiro—. Se los advierto una sola vez: nos tocan, y aquí el capitán Toad los desmiembra parte por parte.

Siguieron viniendo. Uno le agarró las trenzas a Minh, y ella chilló.

Gruñendo, Toad arrebató el bolso de Minh y lo lanzó. El habitante voló hacia atrás. Toad se le fue encima en segundos, metiéndole tres golpes brutales. Le agarró la garganta y apretó hasta que se le estiraron las costuras. Luego lo lanzó contra otro. Se estrellaron contra una cerca de madera.

La multitud se quedó helada.

—¡Mami, nos va a matar! —lloró una niña.

—¡No se echen para atrás! —gritó un hombre—. Ya perdimos a los otros. No podemos perder a nadie más ante estos forasteros…

—¿Pero qué carajos? —Toadette le lanzó una mirada a Toad.

—¿Quieren pelea? —Él se puso en postura de combate—. Se las damos. Pero alguien va a hablar, porque necesitamos ver a ese alcalde.

Los habitantes más cercanos cargaron. En un parpadeo estaban desparramados por la plaza, una con las costuras abiertas y relleno denso derramándose. Toad y Toadette desafiaron a la multitud con la mirada.

—Son demasiado fuertes —jadeó un viejo.

—¡Corran! ¡Escóndanse donde puedan!

Como hormigas de un hormiguero destruido, los habitantes se dispersaron por la plaza y corrieron de vuelta a sus casas. El sonido de pasadores y cerrojos resonó por el pueblo.

Las manos de Minh se cerraron en puños.

—¿Nadie nos va a ayudar aquí? ¡No hemos hecho nada malo!

—¡Ya basta! —Toadette dio un paso al frente—. ¡Si tiene que ser por las malas, que así sea! ¡Venimos a salvarlos, bola de imbéciles!

Mientras decía lo último, sintió un frío extraño bajo los pies. Miró hacia abajo. Se le fue el estómago a los pies. Apenas había dicho el nombre de Minh cuando la oscuridad empezó a extenderse. Minh chilló, brincando de un pie al otro.

Toad se mantuvo firme. «¿Algún sistema de defensa?».

—¡Toady! —Un muro de viento negro se estrelló contra Toadette, levantándola del suelo. Golpeó el suelo con fuerza y cayó de costado. Minh aterrizó cerca con un gruñido, agarrándose las costillas.

Toad rodó por la tierra, se puso de pie y se golpeó el pecho, desafiante.

—¡Se necesita mucho más que eso para acabar con nosotros! ¡Muéstrate, cobarde!

La negrura hirviente que los había tragado se encogió al tamaño de un disco gigante y se deslizó por el suelo como una sombra viviente. Primero emergió la punta roja de un sombrero. Minh se tensó.

—¿Quién es ésa? —susurró.

—¿Qué es ésa? —añadió Toadette.

La luz de la luna bañó a la figura: una mujer delgada con sombrero de bruja de ala ancha y cabello rosa tapándole los ojos. Sus pies descalzos y violetas tocaron la tierra. Los fulminó con una mirada gélida.

La mano de Toadette voló a su bolsillo.

—Maletín, por favor dime que tienes algo sobre esta criatura.

La maleta salió disparada, desplegándose a tamaño completo.

—Me especializo en especies comunes, señorita Toadette, no en anomalías únicas. No obstante, haré lo posible. —Sus ojos escanearon a la maga—. Sin perfil confirmado. Sin embargo, su nivel de magia está muy por encima del estándar. Podría tratarse de una hechicera de alto nivel.

—Traducción: estamos fritos —murmuró Toadette.

—Escúchame bien. —Toad dio un paso adelante—. Llévanos con tu alcalde, o lo encontramos nosotros mismos.

—Monstruos. —La voz de la maga era baja—. Sólo invaden, toman y destruyen.

—¿Perdón?

—Ya le han quitado suficiente a este pueblo. No se llevarán a nadie más. —Levantó un dedo, deformando el aire a su alrededor—. Aunque tenga que… ¡Aunque tenga que matarlos yo misma!

Una luz púrpura brilló en la punta de su dedo. Al instante, un rayo de energía oscura silbó en el aire. Toad empujó a Toadette y rodó justo a tiempo; el proyectil impactó con un crujido ensordecedor, abriendo un cráter humeante en un árbol.

—¡Maletín, abre! —ladró Toadette.

Se abrió de golpe. Ella sacó una Flor de Hielo; la escarcha le cubrió los brazos. Las manos de la maga se desenfocaron y una tormenta de bolas de fuego estalló hacia ellos.

Toadette se deslizó hacia adelante, estrellando la palma contra el suelo. Un muro de hielo dentado surgió y bloqueó la primera bola de fuego. O eso creyó ella. La llama atravesó el hielo, rozándole la cara. La segunda bola de fuego rodeó la barrera derretida, directo hacia Toad.

Él la golpeó en el aire. Las llamas le quemaron los nudillos, pero ni se inmutó.

—Conozco niñitas que pegan más fuerte que tú. Una, por lo menos.

La maga hizo una mueca. Pateó, lanzando una onda de energía negra. Toad se tiró en una barrida. La maga giró; otra patada, otra cuchilla. Toadette se lanzó frente a él. El tajo le rasgó el pecho. Se tambaleó hacia atrás, sintiendo como si aceite hirviendo le estuviera quemando la piel.

—Como dijo él —gruñó entre dientes—, vas a necesitar más que eso.

La maga se desvaneció en las sombras. Reapareció junto a Minh, con el puño listo.

—¡Aléjate de ella! —Toadette se impulsó desde un árbol, interceptándola en el aire. La escarcha estalló de sus puños en una ráfaga de golpes. Barreras de sombra bloquearon cada uno. Toadette le barrió las piernas. Su gancho cubierto de hielo le impactó con la mandíbula a la mujer.

¡CRAC!

La maga se congeló, con los dedos temblándole. De pronto su mano salió disparada, agarró la trenza de Toadette y la aventó contra un árbol. La maga cayó parada de manos y apuntó los pies hacia Toadette. Energía oscura se arremolinó alrededor de sus plantas.

—¡Muévete, Toadette! —gritó Toad—. ¡Quítate!

La explosión estalló: una onda en forma de huella rasgando el aire. Toadette dio una voltereta para esquivar; dejó atrás un árbol humeante con una marca de quemadura perfecta en el tronco.

—Guácala… —Arrugó la nariz.

Aprovechando la apertura, Toad se lanzó con un uno-dos a la espalda de la maga. Toadette siguió con una bola de hielo giratoria que se le estrelló en el hombro, arrancándole un pedazo de carne. La maga gritó y de repente lanzó magia de manos y pies. Llamas y sombras explotaron hacia afuera, estrellando a Toadette contra el suelo.

—Eso… Eso me dolió —tosió con voz rasposa. El brillo helado a su alrededor parpadeó.

Toad levantó su pistola de bengalas y disparó a quemarropa. La explosión iluminó la plaza, pero cuando el humo se disipó, la maga seguía de pie. Ni un rasguño.

—¡Eso debió haberte abierto un agujero! —gruñó él. Ella se ajustó el cabello lentamente.

—Pues inténtalo de nuevo.

—No te burles de mí… —Tensó los músculos—. ¡O el próximo disparo te vuela la cabeza!

—No voy a perder a nadie más por su culpa, monstruos.

—¡Ay! ¡Todo este viaje se fue al carajo! —gritó Toadette al cielo—. ¡Maldita seas, Goomarina!

La maga soltó un jadeo.

—¿Goomarina?

—Déjame adivinar: ese riesgo biológico con patas es tu aliada —escupió Toad—. No me sorprende que esto sea una trampa. Por suerte, en cuanto acabe contigo, ella sigue en mi lista.

—Espera un momento. —Los hombros de la mujer bajaron—. ¿No están con Rumpel?

—¿Rumpel? —Minh sonaba a punto de llorar—. ¿Qué rayos es un Rumpel?

—Maldita, llevamos una hora paseándonos por aquí sólo para que nos asalten muñecos y sombras —jadeó Toadette—. Si quisiéramos secuestrar a alguien, lo hubiéramos hecho en un minuto.

La maga bajó la guardia. Dio un paso atrás, murmurando para sí misma.

—No, no, no, no… ¿Qué hice?

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Nota de autor:
La idea de dar a los personajes apariencias únicas para esta ciudad se debió a dos razones. Una, pensé que sería divertido. Dos, es posible que tuviera en mente Ciudad de Halloween de Kingdom Hearts en mi mente mientras escribía. Es curioso que una forma de Twilight Town debutara en ambas franquicias en 2004. Sólo que en español la versión de Kingdom Hearts se llama Villa Crepúsculo.
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