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Luchan contra Wario. Más amigos, enemigos y pies sudorosos para Toadette, Minh y Toad.

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Capítulo 126 - El calor de Bibiana


La maga bajó la cabeza y siguió mascullando.

A Toadette le tembló la mano. Bajó la guardia lo suficiente como para permitir que escapara un suspiro, pero la volvió a levantar en cuanto vio que se movían los pies de la maga. Toad dio un paso adelante, con los músculos en tensión.

—¿Qué pasa? ¿Vas a respondernos o te vas a quedar ahí balbuceando como una loca?

—¿Qué? —La maga levantó la cabeza de golpe.

—Tu nombre. ¡Ya! —espetó Toadette.

—¡Bibiana! —Se pasó un dedo por la cara—. Sólo Bibiana.

—Pues entonces… —Minh ladeó la cabeza—. Bibiana, mencionaste a un tal Rumpel.

—Qué nombre tan estúpido —gruñó Toad—. ¿Quién es ese payaso?

—Es un tramposo. Un bromista, ¿entienden? ¡Ya ha convertido a gente en cerdos antes! Lo hizo hace años, pero yo pensaba… ¡de verdad pensaba que había cambiado!

—¿En cerdos? —Toad y Toadette se miraron.

—¡Sí! Apenas hace unos días desaparecieron treinta personas en Villa Sombría. ¡Treinta! —Hizo una pausa—. Pensé que ustedes estaban con él.

—¿Entonces tú también andas queriendo detenerlo? —preguntó Minh, levantando polvo con el pie.

—Ponía las cosas en orden cuando oí gritos. Pensé que él estaba atacando y… lo que encontré ni siquiera eran sus secuaces.

—Oigan. —Toadette se giró hacia Toad y Minh—. ¿Qué probabilidades hay de que ese engendro de Rumpel tenga nuestra Estrella Etérea?

—Yo diría que bastantes —dijo Minh—. Si está secuestrando gente, seguro también se clava las cosas brillantes.

—¿El único tipo poderoso en este pueblo muerto? Sí, es nuestro villano. —Toad señaló a Bibiana con el dedo—. Escucha bien, bruja. Vas a llevarnos a su escondite ahora mismo.

—Primero necesitarán el permiso del alcalde.

—Por el amor de las estrellas —gruñó él—. No necesitamos permiso. Nos…

—¡Es la ley! —Una ráfaga de fuego salió disparada de su mano como un estornudo, chamuscando la tierra. Toad saltó hacia atrás—. ¡Uy! ¡Perdón!

Minh soltó una risita. «Esta chica se va a lastimar solita antes de tocarnos un pelo».

—Mira. —Toadette sonrió con suficiencia—. Tú quieres recuperar a tu gente, ¿cierto? Nosotros queremos algo que probablemente él se robó. Así que llévanos con tu alcalde y déjanos darle su merecido a Rumpel. ¿Por favor?

Bibiana les dedicó una mirada más a fondo. Toad zapateaba con impaciencia. La sonrisa de Minh era tan inofensiva como siempre. Toadette se mantenía firme con una mirada decidida. ¿Malicia o amabilidad genuina?

—Está bien… Por favor síganme. —Les hizo una seña para que la siguieran, levantando polvo con sus pies al caminar.

«Si resultan ser unos mentirosos, debería poder con todos ellos. Pero no estoy segura…».

***


El sol de mediodía bañaba las ajetreadas calles del distrito oeste de Villa Viciosa. Aminí guiaba a las niñas, abriéndose paso entre la multitud de los Rolf y Bob-ombas.

Su sonrisa se mantenía firme, aunque de vez en cuando le temblaban las manos.

—Y aquí tienen el campo de géiseres. —Señaló un terreno llano de donde brotaban chorros de agua de forma intermitente. Varios niños Toad correteaban entre los chorros entre risas—. No tenemos parques acuáticos de lujo, pero nos las arreglamos con lo que hay.

—¡Ooh! —Penélope se quitó los zapatos de una patada y salió disparada hacia el chorro más cercano—. ¡Yas, vente!

Yasmín la seguía a regañadientes, con las manos hundidas en los bolsillos. Pateó una piedra suelta y la vio rodar por el suelo hasta caer en una alcantarilla. Aminí le dio un toquecito en el hombro, lo que la hizo dar un respingo.

—Mija, ¿te sientes bien?

Yasmín asintió.

—¿Por qué no vas a jugar con Penélope? —Señaló a la niña humana que estaba tapando los chorros con los pies.

«No te imaginas lo difícil que es actuar como si tuviera once años con todo esto en la cabeza.»

Penélope regresó a brinquitos, sacudiéndose el agua de los pies.

—¿Vienes, Yas?

—Paso.

Penélope dejó de saltar; su mirada iba de los hombros caídos de Yasmín a la expresión paciente de Aminí. Parecía que Yasmín seguía dándole vueltas a todos sus problemas. A Penélope se le encogió el corazón.

«Supongo que no puedo depender de una sola persona, ¿eh? Pero…».

Tragó saliva. La idea de jugar a solas con Aminí la ponía nerviosa. La última vez que se quedó sola con una desconocida, tuvo que luchar con la lengua para sobrevivir.

«La señorita Toadette nunca me dejaría con alguien peligroso. La señorita Minh tampoco. El capitán Toad mucho menos. No puedo ser débil. ¡Necesitan que sea más fuerte! Mmm… Más fuerte… Quizá pueda hacer que esto funcione…».

Penélope miró a Aminí y luego a sus sandalias. Respiró hondo un par de veces para armarse de valor.

—Señorita Aminí, quisiera intentar una cosa, por favor.

—¿Qué cosa?

—La señorita Toadette no se lo dijo, pero yo también soy una guerrera. —Infló el pecho—. Y ninguna guerrera debe bajar la guardia, ni siquiera en vacaciones. Así que… —Se tronó los nudillos—. Vamos a jugar a las traes, y yo empiezo.

—Suena fácil.

—Pero si la atrapo, que conste que le voy a hacer cosquillas en los pies, ¿eh?

—¿Cómo? —A Aminí se le abrieron los ojos de par en par.

—Es parte de mi entrenamiento personal. He visto a la señorita Toadette usarlo como una técnica de in… in-capa… in-capa-ci-ta-ción.

—Incapacitación —murmuró Yasmín.

—Esa palabra grandota. No sólo me servirá para no perder velocidad… —Movió los dedos—. Sino que también poner a prueba mis habilidades para atrapar y hacer cosquillas.

—Con todo respeto, corazón, no creo que a Toadette le haga gracia que me preste para eso. Por más entrenamiento que sea.

Penélope se puso las manos en las caderas, gruñendo.

—Créame: es la única forma de que esté quieta un rato —soltó Yasmín con sequedad.

—Yo… —Aminí suspiró profundamente y terminó por ceder con un gesto de cabeza. Una sonrisa suave asomó a su rostro—. Sólo un momento. Pero cuando yo diga basta, te detienes. ¿Trato?

—Como usted guste. —Penélope la empujó hacia los chorritos—. ¡A ver si la alcanzo!

—¿Qué?

Penélope echó un pie atrás y se impulsó con fuerza. Corrió hacia Aminí a toda velocidad y la embistió por sorpresa. Saltó sobre ella para derribarla y voltearla hasta dejarla boca abajo. Mientras Aminí yacía con el agua disparándose justo frente a su cara, Penélope se sentó sobre los talones y se quedó viendo las sandalias relucientes.

Echó un vistazo a la gente. Algunos la miraban; otros pasaban de largo sin prestarle atención.

—Todo va según el plan. —Justo cuando iba a quitarle la sandalia a Aminí, Penélope se tambaleó.

—Me agarraste desprevenida —rió Aminí—. Pero a ver si me atrapas ahora que estoy lista.

—¡Usted lo pidió! —Una pequeña sonrisa volvió a su rostro.

Aminí se descalzó, dejando que sus pies golpearan el suelo mojado. Se las lanzó a Yasmín y luego le hizo una seña a Penélope para que se acercara.

Penélope arremetió con un grito de guerra. Para su sorpresa, Aminí cargó contra ella al mismo tiempo, pero la esquivó en el último segundo. Penélope clavó los dedos en el suelo para frenar y girar. Miró a Yasmín con una sonrisa de suficiencia.

«Genial. Se siente increíble que alguien no me trate como a una niñita».

Pero la escena se repitió. Penélope intentaba atraparla, pero Aminí la esquivaba en el último momento. Al sexto intento, sus movimientos ya eran bastante torpes.

Al séptimo intento, tropezó justo sobre un chorro. Para su mala suerte, el agua se disparó en ese instante y le llenó la boca de agua salada. La escupió con fuerza, asqueada por la presión.

—¿Quieres una pista, corazón? —preguntó Aminí con dulzura.

—¡No! ¡Puedo yo sola! —Penélope se llevó las manos a la cabeza—. Piensa, tonta, piensa…

—Tres fallos más, y te digo la respuesta —dijo Yasmín, poniendo los ojos en blanco—. Quieras o no.

—¡Ni se te ocurra, Yas!

—No la riegues.

Penélope se levantó, se estiró y se lanzó contra Aminí otra vez. Aminí amagó con cargar, pero se agachó para terminar a su espalda. Primer strike. Penélope decidió zigzaguear en el siguiente. Otro error; segundo strike.

«¿Qué me falta?», se preguntó, devanándose los sesos. «No puedo evitar que me esquive al último… Ah…».

Se le iluminaron los ojos, pero trató de no cantar victoria antes de tiempo.

Miró de reojo a Yasmín y a los curiosos que se habían quedado viendo su jueguito con Aminí.

Gruñendo, pisó fuerte y arrancó de nuevo. Iba en línea recta. Aminí esperó con paciencia, moviendo los pies en su sitio. Presionó los dedos contra el suelo y entonces echó a correr.

Penélope clavó los talones y derrapó por medio segundo hasta frenar en seco. Aminí se movió a la izquierda y Penélope no le quitó la vista de encima. Con un movimiento fluido, giró sobre la punta del pie y aprovechó el impulso para saltar de lado. Se le prendió de la cintura a Aminí, y ambas se fueron al suelo.

Penélope cambió las posiciones, obligando a Aminí a quedar boca abajo como antes. Se quedó mirando las plantas de los pies de Aminí, jadeando por el esfuerzo.

Estaban rosadas por el juego, todavía brillantes por el agua. Penélope notó el más leve temblor recorriendo sus dedos.

—No iba a caer en la misma trampa otra vez. —Se le dibujó una sonrisa en la cara.

Empezó con suavidad, deslizando las yemas de los dedos por la planta del pie derecho de Aminí de un solo trazo. Los dedos de Aminí se encogieron al instante. Ella soltó un suspiro agudo y apretó los labios.

Los chorros a su alrededor seguían brotando en su ritmo impredecible. Un estallido por aquí, una ráfaga por allá. Cada vez que uno saltaba cerca de los pies de Aminí, la brisa fresca le enviaba una sacudida a los nervios. Penélope se dio cuenta y empezó a calcular sus caricias para que coincidieran con el impacto del agua, cuando la sensibilidad era mayor.

—Qué bárbara… —logró decir Aminí con voz aguda. Tenía los labios apretados; no podía soltar la risa.

—Gracias. —Penélope pasó una uña por el centro de su planta izquierda.

Entonces sus dedos se aceleraron, rascando con fuerza ambos arcos sensibles.

—¡No, no! —chilló Aminí con la voz entrecortada. Sus manos golpeaban en vano el suelo blando mientras pataleaba desesperada. Con precisión, Penélope movió sus dedos entre los dedos de los pies de Aminí.

Aminí se quedó con la mente en blanco.

—No está tan mal, ¿verdad? —preguntó Penélope, continuando. La sensación hizo que Aminí echara la cabeza hacia atrás. Abrió la boca en un grito mudo y entonces soltó una carcajada estrepitosa. Se puso roja como un tomate mientras se retorcía. Penélope resopló—. Puede intentar luchar más fuerte, ¿sabe? O tal vez no puede.

Acercó más la cara. Con su nariz a escasos centímetros de los pies, olfateó ligeramente.

«Hmm… Huele más a piscina que a pies de verdad. Supongo que los chorros de agua lo hicieron».

Los olió de nuevo de todos modos, esta vez de forma profunda y deliberada.

«Veamos si puede sentir esto…». Con Aminí perdida en un ataque de agonía cosquilleante, Penélope sacó la lengua. Dio una lamida larga y lenta desde el talón de Aminí hasta los dedos. Estaba resbaladizo y sabía a agua salada, pero debajo estaba ese encantador sabor a pies que ella tanto anhelaba. Aminí temblaba demasiado como para registrar la sensación húmeda como algo más que cosquillas de los géiseres.

Penélope le deslizó la lengua entre los dedos por un segundo. Aminí soltó un alarido.

—¡Ya basta! ¡Basta!

Chasqueando los labios, Penélope volvió a la tarea en cuestión. Sus cosquillas se reanudaron tan implacables como siempre.

Miró y saludó a Yasmín con una sonrisa tonta.

Yasmín observaba muy concentrada. «Nota mental: buscar una forma de poner a Minh-Minh debajo de mí».

Satisfecha, Penélope finalmente la soltó, sentándose sobre sus talones.

Sin aliento, Aminí se secó los ojos e intentó recuperar la compostura. Le dio una palmadita juguetona en el hombro a Penélope.

—Te prometo una cosa: tus habilidades de atrapar y hacer cosquillas son definitivamente de diez de diez.

—¿De verdad?

—No te mentiría —suspiró Aminí—. Uf… Le haces competencia a Minh en eso de dejar a alguien exhausta de tanto hacer cosquillas.

Penélope aceptó el cumplido con una risa, inflando el pecho de nuevo. Pero a Yasmín se le encogieron los dedos de los pies al oír aquello. Se rascó la cabeza.

—Incluso en mi descanso, sigo siendo fuerte —carcajeó Penélope—. ¡Nadie puede derrotarme! —Corrió de un lado a otro para celebrar. Sin embargo, estaba tan emocionada que no vio por dónde iba. Tropezó al salir del área de los chorros de agua y chocó con una figura alta y sólida.

Cayó con fuerza sobre su espalda.

Sobre ella cernía un Pianta enorme, de piel amarilla, vestido con un traje elegante. La miró con una expresión que dejaba claro que le importaba tanto como a un dinosaurio una hormiga. Unos lentes de sol gruesos ocultaban sus ojos por completo. Otro Pianta estaba a su lado con los brazos cruzados.

A Penélope se le cayó el alma a los pies.

—¡Lo siento mucho, señor! No lo…

—¡Penélope! —Una mano agarró la parte trasera de su camiseta y la tiró hacia atrás. Aminí se puso delante de ella, con los pies chisporroteando sobre los adoquines bañados por el sol. Le examinó todo el rostro—. ¿Estás bien? ¿Te duele algo?

—¡No! —chilló Penélope mientras Aminí la apretaba con fuerza—. Sólo un poco…

—Debes tener más cuidado. Me asustaste. —Se volvió hacia los Piantas—. Por favor, es nueva en Villa Viciosa. No quiso hacerles daño.

El Pianta que iba al frente miró de la mujer frenética a la niña aterrorizada. Se centró en Aminí, ignorando por completo a Penélope. Se sacó el cigarrillo de la boca y expulsó humo.

—Te andábamos buscando.

A Aminí se le cortó la respiración.

—He estado ocupada. Lo siento mucho. Sólo estoy cuidando a las niñas de mi amiga.

—Te atrasaste un día —dijo el otro Pianta—. A Don Fabrizio no le gusta esperar, pero por alguna razón anda generoso con tu segundo descuido. Tienes dos días más para pagar la cuota.

—Ya oíste al tipo. —El líder apagó su cigarrillo en el sombrero de Aminí—. Que no tengamos que volver a buscarte.

Aminí se quedó helada, con el rostro pálido y las manos temblando visiblemente mientras los Piantas se marchaban.

Penélope parpadeó y salió de detrás de ella.

—¿Cuota?

—Era de esperarse que hubiera cobro de piso por aquí —dijo Yasmín, acercándose a las dos con los brazos cruzados—. Al menos te dieron tiempo extra, ¿no?

—¡La tarifa sube y sube, y apenas nos alcanza! —Aminí respiró hondo, como si intentara contener su rabia—. ¡Necesitaré un milagro sólo para mantener las cosas funcionando!

Jadeó, volviéndose hacia las niñas adecuadamente. Los ojos de Penélope se entrecerraron con preocupación.

—Tranquilas, niñas. Esto no las afecta a ustedes. —Aminí forzó una suave sonrisa—. ¡Oh! ¡Déjenme recoger mis sandalias antes de que alguien se las lleve! No se muevan de aquí.

Mientras Aminí corría hacia el chorro de agua, Penélope le dio un codazo a Yasmín. —Creo que la están extorsionando.

—Te estás avispando. —Yasmín le dio un golpecito en la frente a Penélope—. Recemos para que Minh-Minh y los demás nos saquen de este lugar antes de que se acabe el plazo de esta señora.

—¿No te parece que esto está mal?

—¿Por qué debería?

—Yas, ten un poco de consideración.

—¿Por qué no maduras de una vez? —Yasmín ladeó la cabeza—. Oye, no digo que esto me haga feliz. Sólo que así es la vida por aquí, y no necesitamos meternos en esto, ¿captas? No nos beneficia.

Penélope hizo un puchero. Vio a Aminí regresar trotando con sus sandalias chirriando contra sus pies.

—Hace un calor de los mil demonios aquí afuera. —Aminí agarró la mano de cada una y empezó a caminar hacia el sur—. Digan, ¿quieren un helado? Yo invito, por supuesto.

—Chocolate —dijo Yasmín.

—Yo puedo pagar mi… —Las palabras de Penélope se le desvanecieron. Miró la mano de Aminí rodeando la suya y luego la dirección por la que se habían ido los Piantas—. Sí, por favor. Muchas gracias.

***


Bibiana guió a los Toads por la mayor parte de Villa Sombría. Mientras caminaban, Toadette observaba las diferentes viviendas. Algunos habitantes se asomaban a las puertas; sus ojos amarillos y brillantes se le clavaban encima.

—No hay nada que temer —anunció Bibiana—. Están aquí para ayudarnos.

De inmediato, una puerta se cerró de golpe.

—Creo que ya nos tienen confianza —se burló Toad.

Pronto llegaron a la casa del alcalde. Él estaba esperando dentro, tan delicado como el resto de los lugareños, con la piel de un azul tenue.

Juntando las manos, Bibiana comenzó su educada explicación. Pero Toadette no escuchaba cada palabra. Arrugó la nariz. Ese leve olor a quemado se aferraba a Bibiana como el humo a la tela. Le picaba en las fosas nasales. Barrió la habitación con la mirada, asegurándose de que no hubiera ninguna llama oculta acechando cerca.

La mirada del alcalde se perdió en algún lugar lejano mientras extendía su bastón.

—Estrellas Etéreas… No he escuchado esas palabras en mucho, mucho tiempo…

Toadette abrió los ojos como platos.

—Conque sí sabe de ellas.

—Por supuesto. —Golpeó el suelo desgastado con su bastón—. Artefactos de una era pasada. La leyenda dice que, si las reúnes todas, pueden conceder deseos más allá del alcance de los mortales. —Entrecerró los ojos—. Dónde yacen ahora, no sabría decírselos. Ciertamente no dentro de Villa Sombría… O eso creía.

—Confirmamos que hay una aquí —intervino Toad, cruzándose de brazos—. No nos hubiéramos molestado en venir hasta acá si no fuera así.

—Nomás que no sabemos dónde exactamente —añadió Minh.

El bastón del alcalde golpeó de nuevo, más lento esta vez.

—Si lo que dicen es cierto, apostaría a que el Templo Lúgubre es su destino. Pero antes de partir, deben entender el peligro…

En un parpadeo, el bastón desapareció. El alcalde tropezó, y Bibiana se lanzó para estabilizarlo.

Toadette estaba exactamente donde había estado, sonriendo y haciendo girar el bastón entre sus dedos. Silbó. Luego le lanzó el bastón de vuelta a Bibiana con un movimiento casual.

—Tienen mi permiso para entrar al Camino Sombrío—. Al alcalde le tembló el bigote—. Díganle al guardián que van de mi parte.

Bibiana se ajustó el sombrero de un golpe seco.

—No fallaremos. Los habitantes de las sombras serán traídos de vuelta a casa sanos y salvos.

—Confío en ti, Bibiana. —El alcalde se sentó en su silla desgastada—. Y dense prisa. No querríamos perdernos la celebración del Renacimiento Inverso de mañana.

De vuelta afuera, Minh ladeó la cabeza hacia una hilera de luces.

—¿Renacimiento Inverso?

—Es una tradición aquí. Una forma de darle nueva vida al pueblo cada año —explicó Bibiana—. Pero es necesario que participen todos. Si no, lo que nos espera en este pueblo es una oscuridad sofocante.

—¿Y no quieren eso? —se rió Toad.

—Por supuesto que no.

—Nadie se va a perder este importante ritual—. Toadette miró hacia la Luna, cuya cara pálida colgaba demasiado baja en el cielo—. En fin, ¿por dónde se va al templo?

—Un momento, por favor. Necesito revisar algo. —Bibiana se apresuró hacia una casa cercana.

Toadette frunció el ceño, desconcertada por el cambio en el resplandor del crepúsculo. Había sido de mañana cuando llegaron, así que ¿dónde se metió el Sol? ¿Y por qué todo aquí parecía congelado en el tiempo? Minh le dio un codazo en el hombro, sacándola de su ensimismamiento mientras Toad se alejaba a zancadas persiguiendo a Bibiana.

Cuando entraron, tres pequeños habitantes estaban sentados en el suelo. Tenían la misma piel azul pálida que el alcalde. Sus ojos, grandes y usualmente luminosos, ahora lucían apagados.

—Estos son los hijos de Lugubrina —dijo Bibiana suavemente, metiendo la mano en su sombrero—. Su madre fue una de las primeras personas que se llevó Rumpel.

Sacó un pan oscuro y sencillo.

—Sé que no es mucho, pero por favor, necesitan mantener sus fuerzas —murmuró.

Los niños apenas reaccionaron.

Luego cambió el peso de su cuerpo, doblando una pierna hasta equilibrar una rebanada de pan en su planta descalza. Una suave aura naranja comenzó a arremolinarse alrededor de su tobillo, brillando en lentos bucles. Tarareó una melodía tan baja que vibró a través de las tablas del suelo, y mientras trazaba patrones invisibles en el aire con su pie, el pan comenzó a calentarse y dorarse. Motas luminosas de luz flotaron hacia arriba.

Toad se cruzó de brazos.

—¿No podrías haber usado las manos?

Bibiana no se detuvo. Cuando soltó una patada final, la rebanada se elevó en un arco perfecto antes de aterrizar en los frágiles dedos del niño de en medio. El brillo se filtraba desde la corteza.

En ese instante, las comisuras de la boca del niño temblaron. Los otros dos se inclinaron hacia adelante. Olfatearon. El hambre se les despertó de golpe, y devoraron el pan.

Bibiana lanzó una mirada a Toad.

—¿Importa si uso las manos o los pies? —Ya estaba preparando otro pedazo—. ¿Quieren un poco? Hay de sobra.

—Puedes quedártelo —dijeron él y Toadette al unísono.

Minh, sin embargo, se estaba sonrojando. Se limpió un poco de baba de la comisura de la boca.

—Nel, no sería correcto. Los niños lo necesitan más.

Bibiana equilibró un último pedazo de pan entre sus dedos de los pies antes de que Minh pudiera protestar. Con una sonrisa traviesa, lo lanzó. Se lo metió directo en la boca a Minh.

Su rubor se intensificó. El aroma cálido y tostado del pan llenó sus sentidos mientras mordía, la corteza exterior crujiente rompiéndose al hacerlo. Un calor se extendió por su lengua, llevando consigo una dulzura bajo el grano terroso.

Masticó con cautela al principio, pero el sabor era reconfortante.

Bibiana la observaba con una suave sonrisa y las manos juntas. Los niños, todavía aferrados a su propio pedazo, roían felizmente. Toad hizo una mueca y masculló algo entre dientes sobre «pan de patas», pero su voz fue ahogada por la masticación cada vez más ruidosa de Minh.

Ella finalmente tragó.

—Es… Sabe muy bien.

—No es mala educación aceptar comida cuando te la ofrecen. —Bibiana se sacudió el polvo de las manos—. Lo que sí es de mala educación es dejar que los amigos pasen hambre.

Toadette, sacudiéndose su propio desconcierto, se arrodilló ante los niños.

—Vamos a traer de vuelta a su mamá. Tienen mi palabra.

Los niños no hablaron, pero el más pequeño extendió la mano y le apretó la suya.

Ya seguros de que los niños tuvieran suficiente para un día, el grupo finalmente se dirigió hacia el borde del pueblo, donde una puerta de madera resistente marcaba la entrada al Camino Sombrío. El portero simplemente asintió ante el gesto de Bibiana y se hizo a un lado.

—Si les caes tan bien —dijo Toad—, entonces lánzate para alcaldesa para que nadie tenga que pedir permiso para salir nunca más.

—Nunca. —Bibiana sonrió con descaro—. No me interesa ser alcaldesa. Además, yo haría las cosas todavía más seguras.

—Ah, eres perfecta para este pueblo, ¿no?

Mientras cruzaban la puerta, el crepúsculo perpetuo del pueblo se profundizó en algo más opresivo. El camino por delante estaba lleno de árboles negros cuyas ramas se entrelazaban para borrar el extraño cielo dominado por la Luna.

«Rumpel». El nombre resonó en la cabeza de Toadette. «¿Qué clase de juego estará jugando este tipo?».

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Nota del autor:
La semana que viene, entraremos en la peor parte del juego de Paper Mario II. El maldito Camino Sombrío. Sin embargo, ésta es La historia de Toadette. Quizás este camino les resulte algo agradable.
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