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Luchan contra Wario. Más amigos, enemigos y pies sudorosos para Toadette, Minh y Toad.

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Capítulo 127 - El misterioso Rumpel


Mientras los Toads se alejaban de Villa Sombría, el aire se sentía más denso sobre la piel. Bibiana los guiaba por el Camino Sombrío. El viento se había esfumado. Los árboles se alzaban inmóviles en la penumbra, cada vez más escasos.

—¿Cómo se supone que uno sabe la hora aquí? —Toadette tomó un sorbo de su botella de agua—. Siento que lleva una eternidad atardeciendo.

—Contamos cuervos. —Bibiana señaló las ramas desnudas sobre sus cabezas—. Entre más cuervos haya, más tarde es.

—O podríamos usar el celular. No es como si… —La mano de Toad se detuvo. La pantalla apagada del teléfono lo miraba fijamente. Oprimió el botón de encendido, pero no pasó nada. Ni siquiera sirvió de nada sacarle la batería y volvérsela a poner.

—El Camino Sombrío se traga toda la tecnología moderna —dijo Bibiana—. Así que los cuervos resultan mucho más confiables.

—Genial. Nunca había visto un lugar tan empeñado en sacar a la gente de quicio. —Toad miró a Toadette—. Esto significa que nuestro radar probablemente esté roto. Si Wario anda por aquí, no podremos interferir su señal.

—Eso lo comprobamos después de encargarnos de Rumpel. —Toadette saltó por encima de una raíz—. Aunque el radar de Wario no le sirvió de mucho la última vez. Todavía tenemos la velocidad de nuestro lado. Y el cerebro.

—Y éstos. —Minh avanzó con paso firme, hundiendo los pies descalzos en la tierra. Luego levantó uno, mostrando la mugre que le cubría la planta—. Pura felicidad.

Toad observó con asco cómo un pedazo de mugre se le desprendía del talón.

—Vas a salir de aquí con las patas tan sucias que tendrán su propio ecosistema.

—Ése es el plan —dijo ella con un guiño—. Oye, si te comes un Minichampiñón, puedes ser su primer ciudadano.

—Oye, ¿por qué tú no traes zapatos, Bibiana? —Toadette le miró los pies—. Nosotros sólo vinimos descalzos para disfrazarnos. ¿Ya no te conoce todo el mundo aquí?

—¿Sabes? Nadie me lo ha preguntado nunca. —Se detuvo a mitad de paso—. La verdad es que nunca he usado zapatos.

—¿Nunca? —Minh se quedó boquiabierta—. ¡No me digas!

—Pero ¿no te vuelve loca? —preguntó Toadette, que seguía luchando con una piedrecita que se le había quedado atascada en la media de red—. ¿No te molestan las piedras pegadas en los pies?

—Dejas de sentirlo después de unos cuantos siglos.

—Usa guantes, pero no zapatos. —Toad se frotó el sombrero—. Tiene toda la lógica del mundo.

Los minutos se convirtieron en horas. Toad sintió que su mente se entorpecía y su cuerpo pasaba al piloto automático a medida que avanzaba el interminable crepúsculo. Las medias de red de Toadette se enganchaban en cada roca y ramita, y sus maldiciones murmuradas eran la única banda sonora de su marcha. Después de tomar demasiada agua, se perdió tras un arbusto para aliviarse. Un largo gemido escapó de sus labios. Cuando Toad le gritó: «Podrías mear con más ruido, ¿o qué?», la risa que siguió la hizo sonrojar.

Pero Minh era quien más sufría. Al principio, la caminata sucia le había producido alegría. Incluso le había dado un buen beso con lengua a Toadette, uno que la había hecho escupir durante minutos. Pero la alegría inicial se había convertido en miseria. El dolor le atravesaba los arcos de los pies mientras sus pesados pies golpeaban el suelo irregular. Sus pantorrillas gritaban con cada pendiente.

—La única ventaja de no usar chanclas —jadeó, deteniéndose por completo—. Al menos los talones no me están matando tanto.

—Yo pensé que eras la reina de las chanclas —se rió Toadette ligeramente.

—¿Sandalias normales? Ésas las domino facilito. —Minh se masajeó la pantorrilla—. ¿Pero las chanclas? Me encantan, pero me las quito constantemente, Toadette. No están hechas para maratones. ¿Cuánto llevamos, como cuatro horas?

—Tres —corrigió Bibiana, señalando los árboles—. Sólo queda una más. Sobrevivirás.

—¡Ya estuvo! —exclamó Minh, desplomándose y mostrándole sus pies sucios a Toad—. Sobámelos. Porfa.

—No. —Cruzó los brazos—. Tu mamá es masajista. Estoy seguro de que tú sola te puedes sobar esos pies mugrosos.

—Ay, yo se los froto. ¿Está bien? —Toadette se arrodilló frente a Minh—. Diez minutos de descanso. ¿Sí?

—Perfecto. —Bibiana estiró los brazos—. Sí, Mario odiaba este camino. Lo tuvo que cruzar cinco veces.

—¿Cinco veces? —Los ojos de Toadette se engrandaron.

—Yo estuve en tres de ésas.

—¿O sea que él caminó veinte horas por este camino? —Toad señaló a Bibiana—. Bruja, no es el momento adecuado para tu sentido del humor. Acabamos de sobrevivir un viaje de varios días. Estas dos casi se ahogan de tanto nadar.

—No hablemos de eso. —Minh se puso rígida—. ¿Tienes idea de lo arrugados que tenía los pies?

—Tranquilos, chicos. Todo saldrá bien. —Bibiana puso las manos sobre los hombros de Minh—. El problema de Mario era que Rumpel le había echado una maldición. ¿Pero nosotros? Estoy bastante segura de que no tiene ni idea de que venimos.

Cuarenta minutos después, la tierra le cedió el paso a las agujas de pino. El viento les azotaba las mejillas. Un cielo violeta enmarcaba la Luna en lugar del naranja de antes. Toadette no se lo cuestionó; la lógica había abandonado ese lugar hacía tiempo.

—¿Eh? —Minh se quedó viendo un árbol. Tenía un hueco enorme, lo suficiente para formar un claro chiquito—. Éste es diferente a los demás. Parece que le dieron una paliza.

—Puede que siempre haya estado ahí —dijo Bibiana—. Son marcas de martillo. Probablemente de cuando Mario necesitaba algo para desquitarse.

—Esto es reciente —dijo Minh. Se inclinó hacia adelante—. No es posible que estas marcas sean de hace años.

—¿Y eso qué significa? —Toad entrecerró los ojos—. ¿Se supone que debemos creer que Mario anda por aquí?

—Ay, por favor. Si le importara, ya nos hubiera ayudado hace rato. —Toadette pasó de largo—. Probablemente este tal Rumpel sólo buscaba un atajo.

Mientras caminaban, se escuchó un sonido: una nana distorsionada.

—Toadette… ¿Eres tú la que está tarareando? —le preguntó Toad.

—Si fuera yo, ya estarían todos suplicando que los mataran… —Pero sus pasos se ralentizaron. Sus párpados se cerraron—. Yo… Oigan, necesito sentarme un ratito…

Su cuerpo cayó al suelo.

—¡Toadette! —Minh corrió hacia ella.

—¡Tápense los oídos! —Bibiana levantó la cabeza de golpe—. ¡Margalocas!

—¡Rayos! —Minh se tapó los oídos rápidamente.

—¿Marga-qué? —gritó Toad—. ¿Alguien me explica qué demonios pasa aquí?

Bibiana levantó la mano, con llamas lamiendo las puntas de sus dedos. Pero se congeló. Una mirada al denso bosque mató su idea. En su lugar, se deslizó entre las sombras.

La melodía se volvió dulce. De la maleza surgieron flores amarillas, con pétalos blancos rodeando sus sonrisas plácidas. Se balanceaban a un ritmo hipnótico, con sus cuerpos rechonchos temblando con cada nota.

Toad hizo una mueca cuando su visión se nubló. Se tambaleó y cayó.

—No puedo… No puedo moverme…

Las Margalocas olfatearon el aire, inspeccionándoles los pies. Retrocedieron. Los de él estaban tan limpios que parecía que se los lavaba con agua a cada rato. Entonces se fijaron en Toadette; sus medias de red despedían un olor sintético y un ligero tufo a orina. Sisearon, su canción pasó a un tono menor y se alejaron.

Pero con Minh fue diferente.

Sus pies se hundían en la tierra, oliendo a migas de pan, sudor de Villa Viciosa y polvo del Camino Sombrío. Las Margalocas reconocieron el festín al instante; ella era un banquete de aceites naturales y mugre.

La líder dorada se lanzó hacia adelante. Minh gritó cuando la boca de la criatura se cerró sobre el dedo gordo de su pie.

—¡Suéltame! ¡No soy comida para plantas! —Pateó, pero la criatura se mantuvo firme, hurgando entre sus dedos, buscando cada rastro de tierra mezclada con sudor.

Una segunda Margaloca se deslizó bajo su talón, con sus diminutos dientes rozando su planta. Ella jadeó y encogió los dedos para desalojarla, pero sólo logró atrapar la lengua de la primera Margaloca más profundamente entre ellos.

—¿Qué, no me oíste?

Estampó su pie contra la cara de la segunda Margaloca. Luego restregó su pie en círculos lentos, usando el peso y el tamaño de su planta para aplastar los pétalos bajo ella.

Una tercera Margaloca se prendió de su otro pie, tragándose cuatro dedos a la vez. Minh la pateó, pero la flor regresó, esta vez cantando para debilitarla. Estaba funcionando. Sus dedos empezaron a resbalar y sus piernas temblaban.

Entonces se le ocurrió una idea.

—¿Tanto les encantan mis pies? ¡Pues pruébenle de a de veras!

Enterró los dedos en la garganta de la tercera Margaloca. Su ancho talón desapareció tras sus labios, estirando a la criatura como si fuera chicle. Gruñendo, movió los dedos con saña. La Margaloca finalmente convulsionó y escupió su pie envuelto en una espesa mancha de saliva. A la primera no le fue mejor bajo su peso duplicado. Le dolía la boca por la presión profunda, así que se dio la vuelta.

Minh se estabilizó, plantando ambas plantas en la tierra.

—¡El bufé de queso sigue abierto! ¿Quién más le entra?

El alarido que siguió destrozó la melodía. Los pétalos de las Margalocas temblaron y toda la tropa se dispersó entre la maleza. Minh se limpió los pies, con la saliva aún pegada a sus dedos.

—Tienen unas cuerdas vocales asesinas —jadeó, empujando una de las flores derrotadas con el pie. La flor huyó gritando—. Lástima que su reflejo de vómito no estuviera a la altura.

Toad gimió mientras se incorporaba.

—¿Me perdí el show principal?

—T. Minh acaba de obligarlas a tragar un bufé de pies de cinco estrellas —dijo Bibiana, reapareciendo de entre las sombras con las mejillas sonrojadas—. Yo estaba lista para quemarlas vivas. ¿Se puede saber por qué las dejaste ir?

—Matar es el último recurso. —Minh flexionó los dedos de los pies—. Además, no es mi primer rodeo con estas linduras terroríficas. Nomás que por acá andan más bravas.

—Deberíamos movernos antes de que lleguen refuerzos. —A Toadette aún le temblaban las piernas mientras se ponía de pie—. ¿Cuánto falta para el Templo Lúgubre?

—Ya no mucho…

Una violenta ráfaga de viento atravesó el claro, arrancándole el sombrero de Bibiana de la cabeza. Una ráfaga de color blanco, negro y azul pasó junto a ellos como un borrón.

—¡Ahí! —señaló Minh.

En la curva del sendero, la figura se detuvo para ajustar el peso sobre su hombro. Un brazo verde y flácido colgaba del saco que llevaba a la espalda.

—¡Alto ahí! —Bibiana dio un paso al frente, con las llamas ya encendiéndose en su palma—. ¡Rumpel!

Lanzó una bola de fuego, pero el monstruo ya se había desvanecido en la oscuridad. Las llamas golpearon el tronco de un árbol cercano. Ella soltó un grito de frustración.

Toad apagó el fuego inmediatamente de un pisotón, haciendo una mueca por el calor que irradiaba bajo sus pies. El tamaño de la llama le indicó que ella se había contenido.

«Más le vale tener cuidado. Si este bosque se prende, no tengo el equipo para evitar que se propague».

—¿Cómo se mueve tan rápido? —preguntó Minh, aún recuperando el aliento.

—El secuestro te da mucha agilidad —dijo Toad.

—¿Se cree muy rápido? —Toadette dio un pisotón—. ¡Ahora le vamos a enseñar lo que es velocidad de verdad!

***


Esa tarde, mientras el sol se ocultaba tras los techos de Villa Viciosa, Penélope se sentó con las piernas cruzadas en el piso con la mochila abierta y todo desparramado. Un dibujo arrugado, unas botanas, un cargador de DSi… y al fondo, las monedas. Las contó con cuidado.

«Ciento seis…».

T. Aminí salió de la cocina con un jugo. Penélope se sobresaltó e intentó esconder las monedas.

—Cariño, no me digas que estás pensando en…

—Quiero ayudar —dijo Penélope con firmeza—. Tenga. Use mis monedas.

—Ni hablar. —Aminí le sujetó los hombros con las manos—. Éste es problema mío, corazón. Tú sólo diviértete.

—Pero…

—Aunque te dijera que sí, necesito mucho más de lo que me puedes dar. ¿Me entiendes?

—Sí, señorita. —Penélope asintió a regañadientes.

—Gracias. —Aminí le dio un beso en la coronilla antes de volver a la cocinita.

En cuanto Aminí se alejó lo suficiente, Penélope se acercó a gatas a donde Yasmín estaba acostada boca abajo, hojeando un libro.

—Yas —susurró—, necesitamos conseguir algo de dinero mientras estemos aquí.

—No.

—¿No? ¿Cómo que no?

—Lo que dije. —Yasmín pasó la página—. Es la peor estupidez que se te ha ocurrido.

—Ah, sí. Mira quién habla, la que intentó robarse un casino. —Penélope hizo un puchero—. ¿Qué te pasa?

—Tengo el estrés hasta el tope, gracias. No necesito más broncas de las que ya tengo.

—Sólo intento ayudar a la señorita T. Aminí con…

—¿Haciendo qué? —Yasmín finalmente la miró—. ¿A poco vamos a buscar chamba? ¿Aquí? Suerte con eso.

—Pues tendremos que volarnos unas monedas —gruñó Penélope.

—¿Qué?

—Ya me oíste. No es que seamos malas. Vamos a robar por una buena causa.

—Dios mío. —Yasmín se incorporó—. ¿Te quieres morir? Apuesto a que tendríamos que clavarle más de mil monedas a alguien para ayudar a esta mujer. Venimos saliendo del mismísimo infierno; hay que dejar de preocuparnos por los demás y…

Un estruendo tremendo estalló en el piso de abajo, interrumpiéndola.

T. Aminí salió corriendo de la cocineta. Siguieron gritos. La voz de Aminí chocaba con otras más profundas y rasposas. Los Piantas.

Penélope corrió de inmediato para ver qué estaba pasando. Yasmín la siguió con un suspiro.

Se acercaron de puntitas a las escaleras. A través de los huecos del barandal, podían ver el vestíbulo. Los dos Piantas de antes habían vuelto con refuerzos. Ahora eran cuatro, abarrotando el lugar con su enorme tamaño. Todo el vestíbulo estaba hecho un asco: agua derramada, revistas rotas y ceniza de cigarro por todos lados para rematar el insulto. Uno de ellos lanzaba casualmente un jarrón de una mano a otra. Aminí estaba de pie, temblando tras el mostrador de recepción.

—Sólo un recordatorio —gruñó el Pianta líder—. Son negocios, señorita.

—¡Entiendo! —tartamudeó T. Aminí—. Lo voy a conseguir. Sólo necesito algo de…

El jarrón en las manos del otro Pianta se hizo añicos contra la pared, haciendo que Aminí soltara un chillido. Fragmentos de cerámica se esparcieron por el suelo.

—Dos días. —El líder le acomodó el vestido a Aminí con brusquedad—. El reloj sigue corriendo… No te quitamos más el tiempo por ahora.

—Pero siempre estamos vigilando —añadió uno de los secuaces—. Siempre.

La puerta se cerró de golpe tras ellos. Por un momento, sólo hubo silencio.

Entonces las rodillas de Aminí cedieron. Se sostuvo del mostrador y dejó escapar un sollozo quebrado. Sus hombros se sacudieron mientras se cubría la cara con las manos, intentando desesperadamente sofocar el sonido.

Las uñas de Penélope se clavaron en sus palmas. Casi se resbala por las escaleras, y Yasmín tuvo que sujetarla.

—Ni se te ocurra… —Yasmín la agarró del brazo, pero Penélope se soltó.

—Voy a ayudarla —susurró Penélope.

—Ni madres. ¿Qué piensas hacer? Por favor, usa la cabeza…

—Yasmín. Cállate. —Su voz era firme ahora—. O me ayudas o te quedas aquí. Pero no me voy a quedar sentada, viendo cómo estos tipos le quitan todo.

Penélope pasó junto a Yasmín con los dientes apretados. A Yasmín se le entrecortó la respiración.

«Si dejo que la maten, no voy a poder volver a dormir en paz…».

***


—Lo… Lo logramos… —Toadette se limpió el sudor de la frente.

Tras otra caminata agotadora, el Templo Lúgubre se alzaba ante ellos como una catedral esculpida en pesadillas: piedra oscura, vitrales y un aura de pavor. La puerta estaba cerrada con un candado oxidado.

—Nuestra entrada está por allá —dijo Bibiana, señalando un pozo invadido por la maleza—. Salten.

Toadette estaba a punto de preguntar qué tan profundo estaba, pero Bibiana la empujó. Cayó seis metros sobre… ¿un trampolín? Antes de que pudiera reaccionar, algo más pesado le cayó encima: los pies mugrosos de Minh aplastándole el sombrero.

—¡Minh! —jadeó Toadette—. ¡Me estás aplastando!

Toad descendió al último, aterrizando con más gracia.

—Muy bien, ¿cuál es el truco esta vez? ¿Una tubería que nos quiera grabar el nombre en las tripas?

—Nada tan irracional. —Bibiana recorrió un pasillo estrecho y empujó una pared sólida. Ésta cedió, revelando una pendiente ascendente muy empinada—. Todos péguense a mí.

Obedecieron y se sumergieron en la oscuridad absoluta. Una cacofonía de madera crujiente y susurros agudos los asaltó. Segundos después, la luz regresó. La pared ahora estaba detrás de ellos.

—¡Tarán! Ya estamos adentro —rió Bibiana.

El interior del templo apestaba a incienso viejo y decadencia. La luz se filtraba en el vestíbulo.

—Bueno —susurró Bibiana—, no he estado aquí en años, pero tenemos que llegar al último piso. Ahí es donde se esconde. —Señaló a la derecha—. Toadette, vayamos juntas por el camino de la derecha.

—Me parece bien.

—Yo voy solo —dijo Toad—. Necesito concentración total por si intenta algo.

—Lamento arruinar tu rollo —se burló Minh—. Pero no te preocupes. Yo me voy por la izquierda.

—No. —Toadette sacudió la cabeza—. Ustedes no deberían separarse.

—Soy una niña grande, Toadette. Además… —Señaló sus pies—. Traigo mis armas secretas.

Toad gruñó y desapareció hacia el frente. Toadette y Bibiana se dirigieron a la derecha, dejando a Minh sola en la penumbra.

Caminó en silencio, y el único sonido era el suave golpeteo de sus pies descalzos sobre el antiguo suelo de piedra. Después de cinco minutos, se había encontrado con insectos e intrincadas telarañas, pero seguía sin haber rastro de Rumpel.

Un paso más pesado detrás de ella la hizo darse la vuelta.

—Eso fue rápido. —Se puso las manos en las caderas—. ¿Ya te aburriste de estar solito, Toad?

—Algo así. —Dejó que ella avanzara un poco más antes de agarrarla de la muñeca—. Vamos a cortar esta búsqueda del tesoro. No estamos listos para este lugar ahorita. Yo digo que busquemos a los demás y nos regresemos a Villa Viciosa. Ya.

Minh hizo una pausa, ladeando la cabeza.

—¿Estás loco? Dejar que gane Wario no es estrategia.

—Se llama jugar a largo plazo. Dejamos que él haga todo el trabajo por nosotros, y luego le quitamos sus tesoros.

—El único juego a largo plazo aquí es que nos robe nuestras dos estrellas, consiga las otras siete y convierta nuestro reino en su patio de juegos enfermo. No.

—No vamos a dejar que eso pase. —Él le apretó la muñeca—. Vámonos.

Minh entrecerró los ojos. Toad nunca sugeriría una retirada así, por muy preocupado que estuviera. «¿Qué pedo con este güey?».

Soltó un suspiro.

—Sabes, tanta plática de huir está haciendo que me duelan las patas otra vez. Ay, pobrecitas, han pasado por tanto hoy. Tan sudadas, mugrosas y viscosas…

Los ojos de Toad bajaron hacia sus pies. No se inmutó.

—Sí, están… muy sucios. Vamos a buscar un buen lugar para lavártelos en Villa Viciosa.

«Primer error. El verdadero Toad ya se hubiera guacareado y les hubiera dicho abominaciones».

—¿Lavármelos? —Ella se lamió los labios despacio—. Sabes que me encanta traerlos así. —Se acercó más—. ¿Y sabes qué los haría sentir mucho mejor? Que les dieras un buen besote. Justo en el arco. Pa' que se vea que te importan mis pobres patitas sufridas.

El ojo de Toad tembló violentamente.

—¿Un beso?

—Me oíste. —Levantó un poco el pie, soltando escamas de tierra.

Temblando, Toad se inclinó y le besó el pie exactamente en el lugar que ella quería.

«Segundo error. El verdadero Toad preferiría besar a un pescado apestoso».

—Y luego, si te portas bien, ¿a lo mejor podrías chupetearme los dedos? ¿Sacarles ese quesito rico con la lengua? Mmm… Todo cremosito, con esa costra para darle textura. —Bajó la voz—. Ándale, ¿no te quieres beber todo ese sudor que se ha estado burbujeando por horas? Apuesto a que sabe riquísimo. Y luego… Ah, ¿y quizás podría hacerte un sándwich con tu verguita entre mis pies? Te la aplastaría como a un hotcake.

Sus palabras salieron como gemidos estremecidos mientras se acercaba aún más.

—Frotaré esta mugre en tu piel hasta que no sepas dónde termina la suciedad y empieza el sudor. ¿Quieres eso? —Pestañeó con inocencia—. ¿Quieres coger con mis pies?

—Sí, tus pies son increíbles —rió él—. Me encantaría coger con tus pies sucios. Sabes, son tan gruesos y gordos y… ¡sustancialmente robustos! ¡Podrías aplastar una sandía entera con esas cosas!

«Tercer error».

—Está bien —rió ella—. No puedo esperar. Sólo que hay un pequeño problema.

—¿Cuál?

—El verdadero Toad preferiría morirse antes que coger con mis pies.

Minh soltó una patada, reventándole la mandíbula al impostor. La cosa que traía la cara de Toad se tambaleó hacia atrás gruñendo. Luego soltó un bramido.

Minh frunció el ceño.

—¡Me burlo tanto de él porque sé que vomitaría antes de probar mi delicioso toe jam!

Se lanzó hacia adelante para otro ataque. El impostor sacó una réplica exacta del pico de Toad y lo tiró hacia su cabeza. Ella se agachó, sintiendo la herramienta silbar junto a su nariz.

Le rodeó las piernas con los brazos, intentando tumbarlo. En vez de eso, él le acomodó un putazo directo en el sombrero, haciéndola gritar y soltarlo.

—Ustedes idiotas están interrumpiendo mi tiempo a solas —rugió—. ¡Lárguense de mi templo!

Ella le clavó los dientes en la pantorrilla pelona. Él aulló, alejándose a tropezones.

Pero se recuperó más rápido de lo que ella esperaba. La agarró de la cabeza y la estrelló contra la pared. Su cara golpeó el vidrio. Una y otra vez. Su mano, buscando de dónde agarrarse, tiró varias cosas de un estante cercano, mandándolas al suelo. De repente, toda la estructura empezó a vibrar.

—¡Toadette! —Le castañeaban los dientes por la sacudida. Gritando a todo pulmón, echó la cabeza hacia atrás con todas sus fuerzas.

¡ZAS!

Él la soltó, llevándose la mano a su nariz ensangrentada.

Ella cayó de rodillas, conteniendo las lágrimas mientras el zumbido continuaba en su cabeza.

—Maldición… —El impostor abrió los ojos como platos—. ¡No! ¡No! ¡El interruptor!

—¿Minh? —gritó una voz desde el pasillo.

El verdadero Toad apareció corriendo por la esquina, frenando en seco al ver a su amiga frente a una copia perfecta de sí mismo.

—¡Ahí estás! —Arrancó su pico del cinturón.

El falso Toad se lanzó hacia Minh, pero el verdadero Toad fue más rápido. Corrió, con su pico brillando bajo la luz de la luna que entraba por las ventanas rotas. Con un rugido de pura rabia, lanzó un golpe con todas sus fuerzas, atravesando el pecho del impostor.

El golpe destrozó al falso por completo. Explotó en un vórtice de humo negro y sombras naranjas que se disiparon.

Toadette y Bibiana llegaron momentos después, sin aliento.

—¿Qué acaba de pasar? —jadeó Toadette.

—Qué anfitrión tan encantador —dijo Toad, pateando el lugar donde su doble desapareció—. Ni siquiera nos ofreció un trago.

—Ay, mi cabeza —se quejó Minh—. Gritaba no sé qué de un interruptor.

—Una escalera se movió en mi sección justo antes de que empezaran los gritos —notó Toad.

—¡El camino de la izquierda! ¡Tiene que ser ése! —Bibiana salió corriendo delante de ellos—. ¡Vengan!

Mientras subían, sombras arremolinadas se reunieron a su alrededor. Pero antes de que pudieran atacar, las manos de Bibiana brillaron con una llama suave y protectora.

—¡Rumpel! ¡Venimos a hablar! —Otra ola de energía oscura se estrelló contra su barrera—. ¡Bueno, queda claro que no le gustan las visitas!

—Pues las van a tener, le guste o no —gruñó Toadette, tomando impulso para saltar más allá de la barrera de Bibiana.

La subida fue brutal. El aire se volvía más frío con cada paso, y zarcillos de energía oscura les arañaban los tobillos, intentando desesperadamente arrastrarlos de nuevo hacia abajo.

—¡Aquí! —jadeó Toadette, abriendo una puerta de un empujón. Una escalera de caracol era lo único que quedaba entre ellos y la cima.

—¡Deténganse! —gritó una voz desde arriba, con un matiz de pánico genuino—. ¡Ahora no! ¡Ya casi termino!

—¡Intenta detenernos! —le gritó Toadette.

—¡Estoy ocupado! ¡Regresen luego! ¡Mañana! ¡La próxima semana…! ¡Maldición! ¿Qué, no conocen la privacidad, bola de tontos?

—¡Cállate!

Ella irrumpió en la habitación superior y aterrizó con los dientes apretados. Su expresión se congeló de inmediato.

Rumpel estaba al centro de la habitación, frente a un lienzo enorme en un caballete. La sábana que lo cubría subía y bajaba con ritmo frenético mientras se la jalaba, totalmente concentrado en la pintura que tenía enfrente.

La pintura representaba a la Princesa Peach, pero no la versión conocida. Esta versión tenía la piel pálida y enfermiza y ojos rojos brillantes.

«Ésa es… Así se veía Penélope en el barco», se dio cuenta Toadette.

Rumpel soltó un gemido bajo y desesperado, empujando la entrepierna contra su puño.

—Sí, sí, mi reina, tómelo todo, tómelo…

Sus ojos se abrieron de golpe al sentir su presencia. Se dio la vuelta rápidamente, mirando frenéticamente entre los intrusos y su pegajosa situación.

—¿Por qué? —Buscó pañuelos a lo loco en una mesa cercana—. ¿Cuál es su problema? ¿Así nomás interrumpen el momento privado de uno? Esto es propiedad privada.

—Ésa… —A Minh se le desencajó la mandíbula—. Ésa es una bienvenida que no se me olvidará nunca.

—¿Qué demonios te pasa? —Toad miró los diversos pañuelos en el suelo. Era como un campo minado.

—¿Qué me pasa a mí? —chilló Rumpel—. ¡Estaba apreciando el arte fino! ¡Mi retrato encargado de la Reina de las Sombras! ¿Tienen idea de cuánto me costó esto? ¿Y ustedes sólo irrumpen, listos para hacer un desastre?

—¿Reina de las Sombras? —preguntó Toadette.

—Larga historia —suspiró Bibiana—. La adoré casi toda mi vida. Qué vergüenza…

—Sí, pero eso es nomás Peach con el filtro gótico al máximo —dijo Minh—. ¿En qué mundo es ésa una reina de las sombras?

—Ya basta de arte —espetó Bibiana—. ¿Dónde están los aldeanos? ¿Y la estrella?

—La Estrella Etérea —corrigió Toad.

Rumpel parpadeó.

—¿Estrellas? ¿Como los Cristales Estelares? Eso fue hace eones. Mario dejó que esas cosas se regaran por todo el planeta, la última vez que comprobé. Soy coleccionista de arte, no cazador de chucherías.

—¿Y los desaparecidos de Villa Sombría? —preguntó Toadette.

—La misma respuesta, dulzura. No he secuestrado a nadie. —Miró su obra—. Bueno… Una vez tuve que encontrar al artista indicado para pintar esta obra maestra, y necesitó un empujoncito extra para que los detalles quedaran bien. Un tipo con aspecto de mimo.

La mirada de Bibiana recorrió las otras pinturas que bordeaban la habitación. Su rostro se puso verde.

—¡Guácala! ¿Ésas…? —Se le cayó la mandíbula—. ¿Ésas son mis hermanas?

—¿Celosa porque te salté? Mira, sin ofender, pero eres muy desabrida. ¿Brunela? —Soltó un silbido bajo—. Ésa es una mujer con presencia. Esas curvas, esa energía madura… —Su mirada se desvió hacia otra pintura—. ¿Y Brunilda? ¡Uy! Le hace competencia a Claudia. Una chica que se ve que no perdona ni una comida. Totalmente divina.

Sus ojos escanearon a Minh de pies a cabeza.

—Tú, en cambio… Eres medio rara con eso de los pies. Pero igual tienes cuerpo de una hermosa cerdita. —Se lamió los labios con ruido—. Si algún día quisieras estacionar ese tremendo culazo en mi cara, le daría gracias a las estrellas. No me importa qué tan sucio y sudado esté; te juro que armo un terremoto en esa selva.

Minh hizo una mueca con la cara roja de la vergüenza.

—Necesito que el profesor D. Sastre invente algo para borrarme la memoria después de oír eso.

—Como quieras, bombón.

—Espera. —Bibiana se rascó la cabeza—. Si tú no secuestraste a nadie y no tienes ninguna estrella…

El silencio se apoderó de la habitación. La horrible verdad les cayó de golpe.

—No puede ser… —La voz de Toadette fue un susurro.

***


En lo más profundo del bosque, mucho más allá del templo, el borrón por fin frenó en seco.

Un claro enorme se abría ante él, dominado por una mansión abandonada que parecía salida de una película de terror. Varias antorchas rodeaban la propiedad.

Cricket entró por la puerta principal y dejó caer su saco con un estruendo que resonó por los pasillos. Se limpió el sudor de la frente y sonrió.

—¡Llegó el encargo! —anunció, dándole una patada juguetona al saco—. Estos tipos no pesan nada, Ashley. ¡Podría haber traído el triple!

Ashley estaba sentada en una silla ornamentada, acariciando su varita roja.

—Ya van treinta y dos, ¿verdad? —Se giró hacia el enorme caldero a su lado, revolviendo el contenido verde violeta mientras subía un vapor nocivo. Probó la mezcla y luego vio a Cricket tirar al aldeano inconsciente al suelo—. Es más que suficiente para explorar este cementerio y encontrar la estrella de Wario… Y para mantenerme entretenida.

—¿Y qué hay de la mantequilla de maní? —Cricket se acercó más—. Lo prometiste.

—Luego. —Puso los ojos en blanco—. Una vez que mi apetito sea lo suficientemente grande.

—¡Perfecto!

Cricket salió disparado a buscar cadenas, dejándola sola con su nuevo cautivo. Ashley lo estudió, apoyando la bota sobre otro aldeano que estaba a gatas. El cuero crujió y un olor sutil se dispersó.

—Una reina —murmuró con una sonrisa presumida—. Este pueblito será perfecto. Tantos amigos nuevos…

Su mirada se clavó en el aldeano inconsciente.

—Me pregunto si vas a valorar una amistad de verdad cuando despiertes.

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Nota del autor:
Les dije que haría que al aburrido camino fuera más agradable. Entre Minh luchando contra las Margalocas, esa deliciosa descripción de sus pies y el desastre de Rumpel, no sé qué parte me gustó más.
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