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Luchan contra Wario. Más amigos, enemigos y pies sudorosos para Toadette, Minh y Toad.

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Capítulo 128 - Aparece un súper guerrero
Lo único que se escuchaba en el templo era la respiración agitada de Toadette.

—Ya van cinco veces seguidas que Wario nos gana —gruñó—. ¿Cómo es que un tipo tan estúpido nos puede sacar tanta ventaja?

Bibiana se tocó la barbilla.

—Por más que le doy vueltas, no logro imaginarme dónde podría estar ese Wario.

—Pues probablemente no sea él —intervino Minh—. Casi lo encierran por violarse el arresto domiciliario allá en la isla Plenilunio. No creo que se quisiera arriesgar a asomar la cara tan pronto.

—Pero hay un patrón —dijo Toad—. Nunca manda a la misma persona dos veces seguidas. O sea que nos tocan Kat y Ana, o la loca de Mona.

—Kat y Ana tendría más sentido —dijo Toadette—. Explicaría la velocidad que vimos.

—Sigo emocionalmente traumatizado por aquí —exclamó Rumpel, juntando lentamente sus pañuelos en un montón—. Nomás para que no se les olvide.

Bibiana se dirigió a él.

—¿Sabes para dónde agarrarían después?

—Yo sólo me fijo en lo mío, querida. Pero sí vi esa mancha borrosa. Pensé que era un bicho raro del bosque o algo así. No valía la pena perseguirla.

—¿Dónde los viste?

—Primero denme una disculpa como las estrellas mandan, y luego tal vez les diga.

—¿Qué tal esto como motivación? —Toadette dio un paso al frente con el puño en alto.

—Cuidado, dulzura, que muerdo. —Se reclinó en su silla—. Ahora bien, si la cerdita robusta fuera tan generosa de prestarme ese culazo un ratito, olvido que se metieron a mi casa sin permiso. Y les suelto la sopa.

—Casi me descalabras, animal. —Minh hizo una mueca.

—Y ustedes irrumpieron en el santuario de un hombre inocente mientras se estaba divirtiendo. —Levantó las manos—. ¿Quién es la verdadera víctima aquí?

—No tienes que hacer esto, Minh. —Toadette la tomó del brazo—. No hace falta…

—Tienes cinco minutos. ¿Te parece suficiente consuelo?

—Qué exigente nos saliste, ¿verdad? —Se encogió de hombros—. Pero una victoria es una victoria.

Minh se estremeció. Se acercó a él y vio cómo la sábana empezaba a levantarse de inmediato, haciendo carpa. Se dio la vuelta y se levantó el vestido, exponiendo su trasero cubierto por una fina capa de sudor.

—Uf, sí —jadeó Rumpel, mientras sus manos iban directo a apretarla—. ¡Más grande que un Don Pisotón! ¡Ay, miren nada más qué pedazo de carne!

El rostro de Minh es torció de repulsión.

—Sólo apúrate… —Su voz se volvió más tenue—. Y deja de llamarme…

—¡Estás tan inmensa que podrías tapar la Luna!

Sentía cómo su alma se le escapaba del cuerpo.

—Ahora bájate más… Más… —Soltó una risita mientras el peso de ella lo aplastaba—. Fantástico…

***


Ashley estaba sentada en su silla ornamentada como una reina.

A sus pies, un habitante de las sombras permanecía arrodillado con las muñecas atadas. Ashley mantenía una de sus pesadas botas, costrosa de lodo, a escasos centímetros de su cara. La silueta del tacón proyectaba una sombra sobre las facciones temblorosas del hombre.

—Quítatela.

Le temblaban las manos mientras se la quitaba. Al deslizar la bota hacia afuera, la atmósfera cambió. Su pie pálido estaba manchado de hollín, con mugre espesa entre los dedos y una capa de ceniza.

—Limpia. —Presionó su otra bota hacia abajo, obligándolo a bajar más la cabeza—. Y más te vale que no te vayas a vomitar encima de mí.

Él vaciló, y luego su lengua se encontró con la planta mugrienta. El sabor era amargo. Trabajó entre los dedos antes de raspar la suciedad del talón con los dientes. El acto era humillante, pero había una honestidad perversa en aquella inmundicia. Ella olía de verdad, como si no hubiera visto un baño en meses. Y sin embargo, aquello no era una servidumbre voluntaria.

—Más despacio. No dejes ni un solo dedo sin atender.

—Sí, señorita Ashley. —Se metió el dedo gordo en la boca, gimiendo mientras las cadenas se tensaban.

Ignorando su sufrimiento, Ashley suspiró mientras tomaba un puñado de sopa del caldero y la sorbía ruidosamente. Gotas del caldo salpicaron su vestido.

Debajo de ella, otra cautiva servía de reposapiés humano. Cada vez que la columna de la mujer cedía bajo el peso, Ashley ajustaba su posición, clavando los talones en sus omóplatos.

—Señorita Ashley, ¿podría soltarme? Siento que me va a partir la espalda…

—¿Y eso es problema mío porque…?

—Por favor… Ha pasado una hora…

—¿Una hora? Vaya, el tiempo vuela cuando uno es útil. —Ashley esperó hasta sentir que la espalda de la mujer cedía por completo. Luego miró al otro habitante de las sombras—. Tenebrio. Tu columna se ve más resistente. No me decepciones desplomándote. Odio cuando mis muebles fallan.

—¿Por cuánto tiempo?

—Hasta que me aburra. —Le apretó la nariz entre los dedos de los pies y le empujó la cabeza hacia abajo.

Red apareció en una ráfaga de llamas, deshaciendo las ataduras de Lugubrina y riéndose de Tenebrio.

—Mejor tú que yo, compadre —chirrió—. En cuanto te cae la peste de Ashley, ya valiste. Te va a tomar semanas quitarte ese tufo. He visto flores marchitarse nomás de que ella pasara caminando junto a ellas, arrastrando ese horrible…

Ashley se aclaró la garganta. Red se puso rígido.

—¡Ese aroma tan imponente! Lo que pasa es que ustedes son muy debiluchos para aguantarlo. —Exageradamente olió cerca de los dedos oscurecidos de ella. Sus mejillas se inflaron al instante y se tapó la boca con una mano—. Mmm… ¡Auténtico! Así lo llamaría yo. Muy… natural.

—Sabes que estás cerca cuando alguien puede describir la esencia de tus pies con tanta viveza —bostezó Ashley.

—Nomás espérate a que Wario tenga esas estrellas. Tus pies van a ser famosos por dos cosas: por arruinarle la fiesta a todo el pueblo y por ser las patas más mugrosas de todo el reino.

— Es vigorizante… —Buscó entre su cabello grasiento, pellizcó un piojo y lo aplastó entre sus dientes con un chasquido. Lanzó las patas al caldero—. Una vez que esta tradición falle, este pueblo pasará del crepúsculo a la oscuridad total. —Removió el líquido turbio—. ¿Otro ciclo perdido? Se vuelve más oscuro. Y más oscuro. Y más oscuro.

—¿De qué tanta oscuridad estamos hablando?

—La suficiente para que mi alma parezca un jardín soleado en comparación.

—¡Eso! ¡Oscuridad eterna! ¡Qué genial! —gritó otra voz.

La atmósfera se rompió cuando Cricket dio una voltereta en el aire y aterrizó en el regazo de Ashley. El impacto le arrancó un quejido. Varios habitantes de las sombras se estremecieron, anticipando una respuesta furiosa, pero Ashley simplemente apretó los dientes.

—¿Me extrañaste? —Le plantó un beso en la mejilla.

—Extrañé el silencio. —Se limpió la saliva de la cara—. ¿Mis nuevos amigos potenciales siguen seguros? ¿Dónde están?

—¡Es que soy tan rápido que se quedaron tiesos del susto en los campos!

—Cricket. —A Ashley le tembló un ojo—. Alguien tiene que vigilarlos de verdad.

—Yo me encargo —suspiró Red, estremeciéndose mientras daba un último olfateo a la habitación—. Al menos el aire allá afuera no me va a marear.

Desapareció en una nube de humo. Cricket sonrió de oreja a oreja.

—Te ves linda cuando te pones seria.

—Sabes que nunca debes decirme…

Sin previo aviso, Cricket empujó un pie descalzo y calloso hacia la cara de ella. Ashley hizo un gesto de desdén, pero su resistencia fue débil. En cuanto sintió el olor de su piel, sus manos se cerraron alrededor de su tobillo.

—Estás… empapado. Esto supera lo que imaginaba…

—Acabo de terminar otro esprint. —Meneó los dedos contra la nariz de ella—. Huélelos todo lo que quieras antes de ir a lo bueno. —Sacó un frasco de mantequilla de maní y su sonrisa se ensanchó—. Ha pasado tanto tiempo…

—Lo sé… —Respiró hondo otra vez, apretando el agarre de forma posesiva—. Sólo déjame tener esto primero.

Esa sonrisa torcida y depredadora regresó a su rostro.

—Lugubrina —dijo mientras cerraba los ojos—. Tienes diez minutos para frotarme el pie antes de que Red te regrese a los campos. No me decepciones, ¿sí?

Lugubrina asintió rápidamente y trabajó sus manos con más ahínco sobre el pie de Ashley, que seguía apoyado en la espalda de Tenebrio.

«Mis bebés deben estar muertos de la preocupación… Mami volverá. Eso espera».

***


—«Que si cerdita por aquí, que si cerdita por allá…» —Minh llevaba varios minutos haciendo berrinche—. Si escucho una comparación más sobre mi cuerpo, voy a…

—Perdón —rió Toad—. Es que me mató cuando dijo eso de: «Es como meter una salchicha en un Don Cajuelo».

—Sigue y vas a terminar durmiendo con mis patas sucias en la boca, Toad.

—Minh, ¿alguna vez te has visto de verdad? —La voz de Toadette era suave.

—Sí. Y comparada con ustedes dos, que parecen varitas, yo tengo carnita de sobra hasta para armar a alguien más. —Giró sobre sus pies—. Pero ni modo, las calorías me aman tanto que no me sueltan.

—No hay nada de malo en estar gordita. Sólo significa que hay más de ti para amar.

Minh apretó los dientes. Volteó hacia Bibiana, que estaba recogiendo fruta detrás de ellos.

—Tengo una hermana súper flaca y una súper gorda. Luego estoy yo en medio. —Bibiana le lanzó una fruta a Minh—. La gorda es sanísima. Me gana tanto en fuerza como en magia.

—Ésa es ella. Yo soy diferente.

—Tu gordura general claramente no es un obstáculo para tu resistencia si llegaste hasta aquí.

—¿Podrías no decir esa palabra frente a ella? —pidió Toadette—. La palabra con G.

—Entendido. Tu gordura claramente no es un obstáculo para ti si llegaste a este punto, Minh. —Bibiana le dedicó una sonrisa tierna y un beso.

—Puntos por el esfuerzo. —Toad le dio una palmadita en la espalda a Minh—. Deberías sentirte halagada. El loco de la sábana va a mandar a pintar un cuadro de ti. Vas a ser la llenita más bonita de toda la galería.

Minh respiró hondo, apretó los labios y siguió caminando.

«Es un cumplido, Minh… Respira… Has sobrevivido hasta ahora…».

Al norte del Templo Lúgubre, encontraron un estanque tranquilo bajo una pequeña cascada. Toad probó el agua y asintió. Estaba fría, pero después de horas caminando por la tierra, no les importó.

Minh suspiró mientras el agua lavaba la mugre de su cuerpo. Ella y Toadette tuvieron mucho cuidado de no echar a perder su maquillaje.

—No nos vamos a morir por esta temperatura, ¿verdad? —preguntó Toadette.

—Va a estar helado esta noche. —Bibiana se exprimió el cabello—. Pero puedo hacernos una fogata.

—¿Esta noche? —Minh entrecerró los ojos hacia los cuervos que se amontonaban—. ¿Ya es de noche?

—Entre las nueve y las diez —bostezó Bibiana.

—Nunca me voy a acostumbrar a estos cielos —murmuró Toadette, saliendo del agua y secándose—. Dormimos un poco, y luego vamos al norte tras Wario.

En cuanto terminaron, Toad montó una tienda que claramente era para una sola persona. Los cuatro estaban apretujados dentro.

Minh se quedó dormida al instante, moviéndose y hablando entre sueños.

—Yas… Yasmín… Todo está bien…

Pero Toadette no podía dormir. El calor de Bibiana ayudaba, pero el frío se colaba por las costuras. Se acurrucó contra el cuello de Toad, con la mente a mil por hora pensando en Rumpel y los secuaces de Wario.

—Oye, bruja —susurró Toad—. ¿El fuego y las sombras son todo lo que tienes? ¿De magia?

—Claro que no —murmuró Bibiana—. Sólo son mis especialidades.

—Pregunta hipotética: ¿puedes sentir el rastro de vida? Como esos magos que detectan presencias a distancia.

—Sí … ¿Por qué? —Las palabras de Bibiana ya se arrastraban de sueño.

—Voy a tener que recordar eso para cuando volvamos a Villa Viciosa.

—¿Qué estás…? —Toadette bostezó.

—Apenas puedes hablar. Duérmete ya, ¿sí? —Él le besó la mejilla.

—Yo… también… te amo… —Y en un abrir y cerrar de ojos, Toadette cayó rendida.

Toad sonrió y le acarició el cabello. La acercó más antes de dirigir su atención a Bibiana.

—Mira, por esto te estoy preguntando todo esto…

***


Yasmín estaba desparramada en la cama, hojeando una revista para padres que había tomado del vestíbulo. Sus ojos recorrían las alegres columnas de consejos.

La luz del sol matutino atravesaba las ventanas de la posada. Penélope estaba sentada con las piernas cruzadas frente a la televisión cuadrada, concentrada en las noticias de Villa Viciosa: clima soleado, violencia en aumento en el este, investigaciones sobre fraude en la lotería y un cuerpo hallado en el puerto.

—¿Vas a poner algo menos deprimente? —preguntó Yasmín.

—Silencio. —Penélope subió más el volumen.

Aminí salió del baño ajustándose el delantal. Se quedó inmóvil al ver lo absorta que estaba Penélope.

—Corazón, ¿por qué estás viendo esas cosas tan feas?

—Me gusta aprender sobre lugares nuevos. —Los ojos de Penélope no se apartaban de la pantalla—. Casi no salgo de casa. Villa Viciosa sí que es diferente.

—Ya veo. —Aminí revisó su bolso casi vacío y suspiró—. Hoy tengo doble turno. Por favor, quédense en la posada, ¿sí? No anden de vagas allá afuera, ¿eh?

—Entendido —dijo Penélope. Aminí le revolvió el cabello.

—Hay comida en el refri. Sírvanse lo que quieran.

La puerta se cerró. Penélope contó hasta diez. Luego le quitó el sonido a la tele.

—El Centro de Servicios Personalizados. —Se giró hacia Yasmín—. No dejan de hablar de eso. Es como una bolsa de trabajo, pero…

—Donde los malandros contratan a otros malandros. —Yasmín lanzó la revista a un lado—. Sí, ya capté.

—Lo que significa que nadan en monedas. —Penélope juntó los dedos—. Ahí es adonde vamos.

— ¿Robarle al centro del crimen? Un plan genio, de veras.

—No voy a robar a lo menso. —Penélope dio una vuelta—. Voy a usar la cabeza.

Esperaron hasta el cambio de turno en la recepción. El margen era estrecho. Penélope calculó el tiempo a la perfección.

—Ahora —siseó.

Se deslizaron por el vestíbulo como sombras, agachadas detrás de los muebles. La puerta no tenía timbre como los de Ciudad Toad. Afuera, se pegaron a la fachada del edificio. Sus corazones martilleaban.

Las calles limpias del oeste fueron cediendo a adoquines agrietados conforme avanzaban hacia el este. Grafitis con groserías cubrían las paredes. Yasmín aplastó una piedrita entre los dedos de los pies.

—Estamos tan jodidas —susurró.

—Te puedes regresar cuando quieras.

—Ni creas que te voy a dejar sola haciendo tarugadas, mensa.

—Ay, sí te importo. —Penélope soltó una risita—. Sólo trata de seguirme el ritmo.

El distrito este apestaba a orina y basura podrida cocinándose bajo el sol. Un Ratero con cicatrices estaba recargado en una pared, picándose los dientes con la hoja de un cuchillo. Su ojo seguía sus movimientos. Cerca del bar, dos Goombas se lanzaban groserías sobre un juego de dados de papel. Una Bob-omba las observaba desde la ventana de un segundo piso, recortada como una silueta.

—¿Y dónde está ese lugar exactamente? —preguntó Yasmín.

Penélope señaló un edificio llamativo en el extremo este. Un Pianta bien vestido salió de la pesada puerta cargando una bolsa abultada de monedas. El tintineo era audible incluso desde lejos.

—Otra misión cumplida —rió para un Pianta que se acercaba—. Incluso más rápido que… Oye. ¡Es el muerto de hambre que todavía nos debe!

Yasmín se quedó helada.

—Salió en el momento equivocado. —El otro se tronó los nudillos—. Hay que ponerle un nuevo recordatorio.

Sin previo aviso, arremetieron contra una Bob-omba que pasaba. Los gritos se intensificaron mientras lo golpeaban sin piedad. La Bob-omba gritó por su madre, sólo para ser pateada contra una pila de cajas, donde los Piantas continuaron la paliza.

—Qué groseros —murmuró Penélope—. Ya denle su mensaje. ¿Por qué tienen que ser tan malos?

—Penélope —chilló Yasmín—. Nos van a tachar de escuinclas en cuanto pongamos un pie ahí.

—Por supuesto. —Penélope escaneó el área. Giró sobre sus talones y caminó de regreso hacia el centro antes de desviarse hacia el sur. Los muelles destartalados se extendían sobre el agua sucia, crujiendo con cada ola. Arrastró a Yasmín hacia una esquina, hasta el borde.

Se oyeron voces desde arriba mientras las dos bajaban por una escalera inestable.

—¿O sea que nos vamos por atrás? —Yasmín miró las aguas agitadas. Se estremeció—. Oye, gracias por no ser tan tonta como para entrar por la puerta principal.

—La señorita Toadette no sería tan tonta, ¿verdad? —Penélope sonrió.

—Si somos cuidadosas, chance y lo logramos. —Yasmín se agachó, con sus dedos descalzos extendidos contra la superficie—. Pero si nos morimos, te voy a penar para siempre.

—Por mí está bien.

Penélope bajó primero. Sus pies golpearon el muelle inferior con un impacto que sacudió la madera. Tropezó y se sostuvo. El agua de abajo apestaba a sal estancada y a algo muerto.

Yasmín aterrizó a su lado con más gracia, aunque las arcadas la asaltaron de inmediato.

—Huele a tus pies —rió Penélope. Sus ojos permanecían alerta—. Deberías estar acostumbrada.

—Ay, vete mucho a la fregada. —Yasmín le dio un golpe fuerte en la nariz, pero una débil sonrisa asomó tras su mueca—. Mis pies huelen a rosas comparados con este basurero.

—No hagas que me den ganas de olerte otra vez, Yas. —Penélope avanzó de puntitas, con cuidado en cada paso—. Yo guío. No te me separes.

***


La luna matutina hacía poco por aliviar el dolor en los huesos de Toadette. Comía de una bolsa de papitas a medio terminar mientras veía dormir a Minh y a Toad. De pronto, un chispazo de alerta la puso en pie; Bibiana no aparecía por ningún lado.

Salió corriendo, ignorando la sensación de las piedritas atrapadas en sus medias de red. Bibiana estaba sentada junto al estanque de la cascada, con los dedos de los pies sumergidos, agitando la superficie del agua.

—Afilada la madrugada, ¿verdad? —dijo Toadette, dejándose caer a su lado.

—Me la pasé dándole vueltas a lo de ayer. Lo que hablaron ustedes me tiene intrigada. —Bibiana flexionó los dedos de los pies.

—¿Qué cosa?

—Los pies. Todos están obsesionados de alguna forma. A Minh le encantan, Toad los odia, y tú estás en una zona gris. —Bibiana la miró con una suave sonrisa—. Me dio mucha curiosidad. ¿Cómo se siente que alguien juegue con ellos?

—Pues dan cosquillas. El sabor varía… —El tono de Toadette era plano—. Es una sensación rara en general.

—Si es así de rico, a lo mejor les ayuda a relajarse un poco. ¿Cómo te suena eso? —La sonrisa de Bibiana se hizo más profunda—. ¿Un pequeño masajito antes de continuar?

—Wario no espera, y yo menos. La misión no se cumple con los pies en remojo, por muy relajante que suene.

—Pero no puedes dar lo mejor de ti si estás tan tensa.

—No tengo opción. —Toadette se puso de pie—. Quizás después de todo este lío me regale un día completo en un spa.

Una hora después, los demás estaban despiertos. Minh estaba encorvada sobre el radar, moviendo el dial. Lo soltó con un gruñido de frustración.

—Está completamente muerto.

—No todo está perdido. —Toad iba por su lagartija número cincuenta—. Si el nuestro está frito, el de Wario también. Es un empate técnico.

Bibiana observaba la planificación del asalto con una creciente inquietud. No habían parado de pensar en la misión desde Villa Sombría. Sin descanso. «Se van a quemar como supernovas. No quedarán más que cenizas antes de que empiece la verdadera pelea».

—Si nos enfrentamos a Kat y Ana de nuevo, no podemos atraparlas como la última vez —dijo Toadette.

—Tus pies apestan cuando les ordenes. Estarás bien —se burló Toad.

—Quizás podríamos pisotearlas entre los cuatro —sugirió Minh—. Imagina ocho a la vez. Eso las dejaría noqueadas al instante.

—Claro, pero ¿no se supone que aman la naturaleza? —preguntó Toad—. A lo mejor se tragan toda esta tierra sólo por diversión.

—Eso sí me sorprendería. —Toadette miró a Bibiana—. Nos vamos pronto.

—¿Ya? —jadeó Bibiana.

—Pronto, sí. ¿Ahora tengo que repetirme? —Toadette rodó los ojos—. En cinco o diez minutos.

«Cinco o diez minutos… Tiempo más que suficiente para hacer que se relajen. Todos ellos».

—¿Me hacen el favor de mirar aquí un momento?

—¿Para qué? —gruñó Toad—. ¿Viste algo?

Bibiana lo miró fijamente a los ojos. Su postura cambió. Empezó a mover las caderas de lado a lado, rebotando ligeramente sobre las puntas de sus pies.

—¿Qué… qué estás haciendo? —preguntó Toadette.

—Está bailando —dijo Minh—. ¿Estará nerviosa?

Bibiana se llevó una mano a los labios y sopló con fuerza. Una ráfaga de niebla rosa cruzó el campo y estalló en sus caras.

—¿Qué diablos? —gruñó Toad.

—¡Yo no pedí ningún hechizo! —gritó Toadette—. ¡Que mejor sea magia sanadora!

—Ah, definitivamente es sanación —dijo Bibiana con voz suave.

—Oigan… —El corazón de Minh martilleaba mientras el calor inundaba sus mejillas—. ¿Por qué siento como si acabara de correr un maratón?

—Tranquila, Minh. —Bibiana se acercó. Sus caderas se balanceaban con un ritmo exagerado, sus pechos rebotando bajo su top con cada paso—. No soy peligrosa como las Margalocas.

Un calor repentino recorrió a Toadette. Bibiana se veía impecable.

—Algo anda mal —jadeó. Pero la sonrisa de Bibiana hacía que su sangre bombeara más rápido.

Minh ya estaba perdida. Empujó a Toadette, poniéndose a gatas.

—Eres tan hermosa, Bibiana. ¿Por qué no…? ¿Podemos…?

—Paciencia.

Toad fue el que más luchó. Apretó los puños, pero la sensación de hormigueo se extendió por él como un incendio forestal, quemando su resistencia pieza por pieza. Dio un paso tembloroso hacia atrás antes de que sus rodillas cedieran.

Los instintos de Toadette le gritaban que se resistiera. Apretó los dientes hasta que le dolieron. Pero el calor recorrió sus venas, inundando cada uno de sus sentidos. Cerró los ojos, pero soltó un chillido y los abrió de golpe. La belleza de Bibiana aumentaba por segundos.

—Duele no mirarme, ¿verdad? —Bibiana soltó una risita, meneando sus dedos mugrosos.

Un grito agudo se escapó de Toadette cuando sus manos tocaron el suelo.

—Perfecto. Ahora bien. —Bibiana buscó su top—. Los cuatro vamos a despejar nuestras mentes. —Se quitó la tela, dejando que sus pechos quedaran libres—. ¿Alguien se opone?

Hubo silencio.

—Bien. —Bibiana chasqueó los dedos. La tienda cayó en la sombra y luego volvió a surgir a su alrededor. Los tres estaban sentados en una fila ordenada.

—Ahora, Minh… —Bibiana levantó un pie mugriento, encogiendo los dedos—. Enséñame de qué se trata todo ese alboroto con esto.

—Sí… —La voz de Minh se quebró—. Ni siquiera tenías que pedirlo, Bibiana.

Se arrastró hacia adelante y acunó el pie de Bibiana entre sus manos. Luego respiró hondo, con los ojos en blanco, soltando una risita de borracha.

En una larga pasada, su lengua recorrió el arco y recogió días de mugre y sudor seco. La sonrisa de Bibiana se ensanchó mientras se acomodaba, lista para disfrutar cada momento de su poder.

—¿Te gusta eso? —Minh sonrió mientras succionaba cada dedo antes de meter la lengua entre ellos.

Bibiana se mordió el labio. Sus dedos se encogieron involuntariamente.

—Eso se ve tierno —susurró, mirando los grandes ojos cafés de Minh—. Ay…

Toadette miraba en un estado de trance mientras Minh seguía bebiéndosela.

—Toadette —dijo Bibiana—. ¿No quieres unirte a ella?

Toadette se arrastró hacia adelante. Sus dedos temblorosos recorrieron el talón áspero antes de presionar los pulgares en el pie, dándole un masaje. Incapaz de resistirse, le dejó un beso prolongado en la planta. Fue besando hacia arriba, enrollando la lengua alrededor del dedo gordo. Un gemido se le escapó cuando Bibiana le introdujo el dedo en la boca.

—Buena niña. —Bibiana meneó los dedos en la boca de Minh, incitándola a chupar más fuerte. Con dos personas en sus pies, sólo faltaba uno.

Toad estaba sentado, temblando como una hoja. Miraba al suelo con la cara colorada como un tomate.

—Me niego —jadeó. Pero el hechizo lo estaba aplastando.

—Pobrecito. Luchas tanto. Quieres ser el hombre fuerte, el que siempre tiene el control. —Chasqueó los labios y se acarició los pechos—. Pero incluso los héroes necesitan dejarse llevar a veces.

Un ligero chorro de leche brotó de sus pechos. Toad se sacudió.

—¿Hmm? ¿Quieres probar? —preguntó Bibiana—. No probarás nada si no juegas con tus amigos.

Las pupilas de Toad estaban tan dilatadas que casi cubrían toda su esclerótica. Respiraba de forma errática. Finalmente se arrastró hacia adelante.

—Puedes compartir el pie con Minh —ordenó Bibiana—. Pórtate bien, Minh.

—Soy muy buena. —Minh acercó a Toad—. Lame esto con pasión, niño. Están bien picositos.

—¿Picositos?

—Bien sazonados. —Minh mostró su lengua cubierta de mugre y tragó saliva—. A darle.

Se colocaron a cada lado del pie de Bibiana. Sus ojos se encontraron por un segundo antes de que ambos se inclinaran.

Sus lenguas hicieron largos recorridos por el arco. La de Minh era ágil, moviéndose y explorando cada milímetro de la planta. La de Toad era inexperta, cubriendo el área con humedad sin un orden particular. Sus lenguas se rozaron; Minh le metió deliberadamente la lengua en la boca en un momento dado.

—¿Sacando tu Yasmín interior?

—Excepto que tú sabes que te mueres por esto —ronroneó ella. Con el tiempo encontraron una nueva posición: Minh succionaba los dedos mientras Toad lamía el talón

La tierra en su boca pasó de saber a ceniza a saber a azúcar concentrada.

—Esto es increíble… —gimió Bibiana—. He estado viva por lo que parece una eternidad, pero nunca supe que los pies podían ser tan sensibles… Tenías razón con lo de las cosquillas, Toadette.

Toadette puso dos pulgares arriba con torpeza mientras comía la mugre de entre los dedos.

—Lo mejor de estos es lo naturales que son —dijo Minh—. Me encantan unos pies con pedicura, neta, pero tener unos pies así, tan descaradamente sucios… Me enciende muchísimo…

La temperatura corporal de Bibiana aumentó.

Se suponía que sólo duraría minutos. Continuó por veinte. Los pies de Bibiana estaban empapados, emanando un aroma terroso mezclado con baba. Se había quitado los pantalones y se tocaba fervientemente mientras las lenguas viscosas exploraban el empeine de sus pies.

—No pueden quedarse en mis pies para siempre —jadeó Bibiana—. ¿Quieren chupar mis chichis?

—¡Sí! —Toad corrió hacia ella, aferrándose a su pezón derecho. Succionó con fuerza y apretó.

Para su deleite, una leche espesa y cremosa fluyó, con un toque de especia que hizo que la cabeza le diera vueltas.

—No te la acabes tú solo —se mofó Toadette, empujándolo a un lado. Minh ya se había adueñado del pezón izquierdo, succionando con la fuerza de una aspiradora.

—Toadette, yo quiero esa leche —dijo Toad, apartándola.

—¡Yo tengo más sed! ¡Y me merezco más de todos modos!

—¿Quién dice?

—Lo dice la niña de los lentes. —Toadette se tragó el pezón entero—. Tú espérate.

—Todos tienen una oportunidad justa, Toadette. —Los dedos de Bibiana se hundieron más en su sexo—. Pero Toad, si hay algo más que quisieras…

Toad sintió que su mente estaba a punto de romperse. Se acercó a Bibiana y le susurró algo al oído, suplicándole con la mirada.

Pero Minh lo escuchó claramente.

—¿Qué acabas de pedir, Toad?

A Bibiana se le cayó la mandíbula.

—Vaya… Qué específico eres. Pues me gusta complacer a mis clientes.

«¿Qué le habrá pedido?», se preguntó Toadette, cuya concentración se intensificó.

Bibiana chasqueó los dedos. Las sombras bajo Toad se movieron, arrastrando su mitad inferior hacia el suelo y dejando su torso atrapado entre los muslos de ella. Una pequeña llama se encendió en la punta de su dedo índice derecho. Bajó la mano hacia las sombras, justo detrás de él.

Toadette esperaba sin aliento.

Tras una pausa, el cuerpo de Toad se puso rígido por completo. Sus ojos se abrieron más de lo que Toadette los había visto jamás. Un sonido ahogado se escapó de su garganta.

—¡Ay, mierda! —Sus uñas se clavaron en sus palmas—. ¡Mierda, mierda, mierda!

—Relájate —se burló Bibiana—. ¿Quieres que vaya más despacio?

Toadette estaba desconcertada, viendo el brazo de Bibiana moverse rítmicamente mientras la cara de Toad se contorsionaba en una agonía de placer. Los gemidos de él hicieron que se tocara con fuerza.

—Tómalo todo —arrulló Bibiana—. Minh, ¿quieres volver a chuparme los pies?

—¡No tienes ni que preguntarlo! —Minh había perdido todo sentido de la normalidad. Hundió de nuevo la cara en los pies mojados de Bibiana, gruñó y resopló como la cerdita que la habían llamado. Succionó el pie entero, atragantándose y soltándolo con una risotada satisfecha.

—Más profundo, Minh —jadeó Bibiana—. ¡Eso! ¡Mira cómo esa bocota tuya se traga todos mis dedos! ¡Incluso la almohadilla…! ¡Guau!

Minh se estremeció, pero su cabeza seguía bajando. Sus muslos se frotaban uno contra otro.

—Y Toadette… —suspiró Bibiana—. ¡Aprieta mis chichis más fuerte! ¡Más fuerte!

—Voy a… —Toadette sintió que la tensión en su propio cuerpo se enrollaba más y más. La leche que fluía en su boca se volvió más dulce. Tras una última succión profunda del pecho de Bibiana, seguida de los quejidos de placer de Toad, Toadette se desplomó y soltó un gemido gutural.

Minh la siguió de inmediato, con la boca todavía llena de dedos mugrientos.

Toad soltó un grito agudo. La combinación de las acciones de Bibiana y ver a sus amigas llegar al clímax lo empujó al límite. Chorro tras chorro salpicó la tienda, cayendo un poco directamente en la boca de Minh, antes de que finalmente se desplomara.

Bibiana arqueó la espalda una última vez, gritando al alcanzar su propio clímax. Su sexo se calentó a temperaturas que se creían inalcanzables.

El único sonido que se oía era el de los cuatro jadeando desesperadamente por aire.

Lentamente el aroma empalagoso empezó a desvanecerse. Los Toads parpadearon, poniéndose de rodillas.

—¿Qué estaba…? —Minh se quitó un trozo grande de tierra de la lengua.

—¿Cómo demonios…? —Las sombras soltaron a Toad. Se alejó gateando, limpiándose la boca frenéticamente con el dorso de la mano.

—¿Qué fue todo eso? —A Toadette le tembló el ojo.

—Mi magia de enamoramiento. —Bibiana se incorporó y se volvió a poner la ropa—. Me preguntaste si era capaz de algo más que fuego y sombras. Ahí tienes tu respuesta.

—¿Nos hechizaste? —rugió Toad—. Tú… Esto es lo que gano por andar con una bruja.

—Oye, no voy por ahí seduciendo a todo el mundo. —Bibiana se ahuecó el cabello—. Aunque debo decir que tú y Toadette opusieron más resistencia de la que esperaba. Impresionante resistencia mágica para ser un Toad.

—¿Pero por qué nos hiciste eso? —preguntó Minh.

—Antes de nuestra fiestita, estaban tan tensos que parecía que iban a estallar. —Señaló la tienda—. ¿Y ahora? Los corazones siguen acelerados, pero todo ese estrés está suprimido, ¿no?

Los tres se quedaron en silencio.

—He tenido tiempo de sobra para aprender que el estrés mata.

Lentamente una pequeña sonrisa apareció en el rostro de Toadette.

—Odio que tengas razón.

—¿Qué? —Toad parecía asombrado—. No le des crédito.

—Me siento muy bien. —Toadette saltó, dando una patada al aire, y se trajo toda la tienda abajo, provocando un gruñido aún más fuerte de Toad. Soltó una risa sin aliento—. Tengo mucha energía, Toady.

—Me alegra haberte complacido —rió Bibiana. Los sacó de entre las sombras y afuera de la tienda.

—Gracias por eso. —Minh todavía se sonrojaba intensamente—. Y oye, Bibiana, neta que me encantan tus pies. Pero mucho.

Eso sólo dejaba a Toad. Se cruzó de brazos.

—Supongo que me siento mejor. Pero si vuelves a hacer eso…

—Parecía que de verdad te gustaba lo que pediste —dijo Bibiana. Al decir eso, Toad sintió que se hacía chiquito. Bibiana se rió—. Pero está bien. La próxima vez será enamoramiento consensuado.

—¡A empacar y vámonos! —dijo Toadette, estirando los brazos—. ¡Tenemos gente que salvar!

Mientras caminaban en la dirección indicada, Toadette agarró a Toad y lo acercó.

—Si quieres guardar el secreto de lo que te hizo Bibiana por detrás, por mí está bien. Pero sólo quiero decirte una cosa…

Toad parpadeó.

— Nunca te había visto venirte de forma tan adorable. —Toadette dio un paso atrás—. Nomás me dan celos de no haber sido yo la que lo logró. ¡Pero algún día!

Mientras avanzaba, con las plantas sucias mostrándose ante Toad con cada paso, una suave sonrisa apareció en el rostro de él.

—Espero con ansias ese día.

***


—Oh… Ashley… —gimió Cricket contra la almohada, con todo el cuerpo temblando.

La gran cama de la mansión rechinaba sin parar. Detrás de Cricket se oían sonidos húmedos: lengüetazos y chasquidos de labios. Ashley tenía la cara hundida entre sus nalgas, limpiando toda la mantequilla de maní con largas lamidas.

—Amargo. Mucho mejor que la vez pasada —murmuró ella. Su aliento se sentía caliente contra la piel húmeda de él—. Hiciste bien en no bañarte.

Cricket soltó una carcajada.

—Qué cumplido tan extraño, Ashley.

—No fue un cumplido. Fue una observación. —Tomó más mantequilla de maní, la untó generosamente y volvió a sumergirse. Los obscenos sonidos de succión llenaron la habitación mientras le comía el trasero.

Los dedos de él se aferraron a las sábanas. La lengua de ella empujó más profundo, girando antes de succionar su esfínter hasta dejarlo limpio.

—La mantequilla de maní con trozos es la mejor —gimió él—. De verdad se siente la diferencia.

—Cállate… Déjame concentrarme…

¡¡Toc, toc, toc!!

—¡Ashley, tengo noticias! —gritó la voz de Red desde afuera.

Ashley levantó la cabeza a regañadientes, con la boca y la barbilla completamente marrones. Manchas del color salpicaban sus labios y le llegaban hasta la nariz. Se lamió alrededor de la boca lentamente, saboreando hasta el último resto de mantequilla de maní y sudor. Luego se inclinó para dar una lamida minuciosa a lo largo de la raya de Cricket.

El cuerpo de Cricket se sacudió mientras sus fluidos manchaban las sábanas polvorientas.

—Muchas gracias…

Ashley lo volteó y lamió el semen de su verga. La salinidad intensa de la sustancia viscosa se derritió en su boca como mantequilla. Su lengua jugó con ella antes de tragar.

Se limpió la boca con el dorso de la mano, untando más mantequilla de maní y esperma por su mejilla, y abrió la puerta. Allí flotaba Red.

—Oye, Ash, traes algo en la…

—Lo sé. —Ashley pasó de largo, todavía lamiéndose los dedos—. Más vale que esto sea importante.

—Permíteme presentarte nuestra nueva Estrella Etérea.

En el vestíbulo principal, una gran estrella negra descansaba sobre la silla ornamentada, pulsando con una energía ominosa. Sombras cambiantes reptaban por las paredes. Los treinta y dos habitantes de las sombras, atados, estaban sentados en semicírculo observando con ojos exhaustos y temerosos.

Ashley rodeó la estrella lentamente, trazando sus bordes con los dedos. Esa sonrisa torcida se fue extendiendo por su rostro.

—Casi puedo saborear ese estirón… —Completó su vuelta y se dirigió a su audiencia cautiva, extendiendo los brazos en un gesto que pretendía ser real—. Siéntanse orgullosos. Se han esforzado por una vida mejor. Sus aportaciones no han pasado desapercibidas.

—Entonces… ¿ya podemos irnos a casa? ¿Verdad? —preguntó un habitante de las sombras.

—¿Irse? —Ashley parpadeó. Su expresión pasó del triunfo frío a una genuina confusión—. ¿Y para qué querrían irse? ¿Acaso no les gusta estar conmigo?

—Claro que sí, señorita Ashley. Usted ha sido… muy generosa —tartamudeó el hombre—. Es sólo que tenemos familias. Hijos. Vidas propias…

—¿Y yo estoy interfiriendo? —Su expresión se ensombreció—. Los saqué de su existencia mundana. Les estoy dando amistad. Una amistad eterna e inquebrantable. ¿Y se atreven a llamar interferencia a mi afecto?

La mansión tembló ligeramente. El habitante de las sombras tragó saliva.

—No es lo que yo…

—Red. —Ashley hizo un puchero mientras le daba un puntapié a un balde de madera—. Se están poniendo difíciles. Aliméntalos. Terminé la cosecha de varios años.

—¿Es lo que creo que es? —Red se asomó al balde. Retrocedió al instante—. Ashley, ¿en serio? ¿Quieres que se coman eso? ¡Llevas guardando tus uñas como diez años!

—Prometí que las compartiría con mis amigos algún día. Tú te acuerdas.

—Uf, hay suficiente queso aquí como para armar una pizza… —Forzó una sonrisa mientras levantaba el balde—. ¡Muy bien, todo el mundo! ¡Hora de la merienda!

Un estremecimiento colectivo recorrió a los habitantes de las sombras mientras Red les iba metiendo los recortes de uñas costrosos en la boca. Cuando uno de los habitantes intentó escupirlos, el labio inferior de Ashley tembló. Respiró de forma entrecortada.

—¿Por qué…? —Su voz seguía siendo plana, pero vibraba—. Los estoy alimentando con pedazos de mi propio ser. ¿Tienen idea de lo sagrado que es eso? Y lo escupen como si fuera basura…

—Anden, sólo mastiquen y traguen, gente —dijo Red—. Créanme, es mejor si no dejan que se les quede en la lengua.

—Y Red —añadió Ashley, entrecerrando los ojos—. Exprime mis calcetines usados sobre sus cabezas. Se ven deshidratados; el sudor de una semana hará que la cosecha resbale mejor.

Cricket, que había estado de pie junto a la estrella, extendió la mano y acarició el artefacto pulsante.

—El maestro Mantis siempre dice que la puntualidad es una virtud del guerrero, Ashley. Deberíamos entregar la estrella antes de…

—Sólo después de que pase el Renacimiento Inverso. —Ashley hizo un gesto de desdén—. Quiero que este lugar esté tan negro como mi cabello, Cricket. Wario puede aguantar un día de…

Un violento temblor sacudió los cimientos de la mansión. El suelo crujió mientras las baldosas se deformaban. Las ventanas estallaron hacia adentro. El candelabro se balanceó y llovió vidrio sobre los habitantes de las sombras que gritaban. Un cautivo se atragantó, con la cara tornándose morada mientras luchaba por tragar un recorte de uña particularmente grande.

La estrella negra pulsó erráticamente, como si respondiera a alguna fuerza exterior. Cricket se puso en guardia de combate de inmediato.

—¡Alguien se acerca! —Su voz estaba tensa—. Ashley… Este poder… ¿Puedes sentirlo?

—Red, protege la estrella. Ahora. —Ashley hizo una seña a Cricket—. Tú vienes conmigo.

Red saludó y conjuró magia protectora alrededor de la estrella.

Afuera, un vendaval aullaba, tirando de sus ropas y cabellos. Pequeñas piedras pasaban disparadas como balas. Las antorchas que rodeaban la propiedad parpadeaban sin convicción. Ashley hizo una mueca y se encajó las botas. Cada paso por la escalera era pesado.

Al final del camino, una figura permanecía inmóvil.

Incluso desde esa distancia, ciertos detalles resaltaban en la penumbra con una claridad antinatural: un overol azul, una gorra resistente y un martillo masivo sostenido con ligereza en una mano. El martillo brillaba con un polvo del mismo color que la mansión.

—Está invadiendo propiedad privada, señor. —Ashley plantó los pies—. Diga a qué viene antes de que decida que sus órganos se verían mejor por fuera de su cuerpo.

—Vengo a acabar con ustedes.

—¿Eh? —Ashley ladeó la cabeza—. ¿Me lo repite, por favor?

—Dije… —La figura dio un paso al frente. Surgieron más detalles: los guantes y las botas desgastados.—. Que vengo a matarlos.

Cricket jadeó. La expresión de Ashley permaneció neutral. Luego, lentamente, la comisura de su boca se curvó hacia arriba.

—Qué interesante. Me encantaría verte intentarlo.

—¡Estás cometiendo un error garrafal! —gritó Cricket—. ¡Soy el mejor discípulo del maestro Mantis! ¡Y Ashley es la bruja más poderosa que este mundo ha visto jamás! —Sus puños se cerraron—. Date la vuelta mientras todavía puedes.

—La más poderosa, ¿eh? —La figura soltó una risita—. Pongámoslo a prueba.

—Ah, deseos de morir. —La sonrisa de Ashley se ensanchó. Cruzó los brazos—. Derrotar al gran Súper Mario quedará de maravilla en mi currículum…

—Nunca lo conocerás.

El hombre levantó la mano y se caló más la gorra. El emblema captó la luz de la luna. No era una M. Era una L.

—Sólo somos ustedes y yo. —Levantó el martillo, sin apartar los ojos de Ashley—. Y déjenme decirles algo: me he pasado la vida enfrentando monstruos mucho más aterradores que una mocosita que necesita un banquito para ver a sus oponentes a los ojos.



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Nota del autor:
Ashley es la chica más asquerosa de todo el grupo de WarioWare sobre la que he escrito hasta ahora. Eso incluye lo de 5-Volt poniendo a 9-Volt a comerse las raspaduras de sus patas como castigo (algo que se mencionó en el capítulo 79 y en el segundo especial). Con la Ashley de la serie principal tengo sentimientos encontrados; me encanta su diseño, pero su personalidad me aburra. Meterle este toque asqueroso hace que sea mucho más sexi para mí, y espero que para ustedes también. Díganme: ¿quieren ser sus esclavitos de pies?

La próxima semana veremos a Penélope y a Yasmín llegar al Centro de Servicios. Esperen varias escenas con pies en su subtrama. Después veremos si de verdad hay que tenerle miedo a Luigi.
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