Luchan contra Wario. Más amigos, enemigos y pies sudorosos para Toadette, Minh y Toad. |
| El sótano del Centro de Servicios Personalizados apestaba a podredumbre salina. Por encima de las niñas, las tablas del suelo crujían, filtrando polvo sobre las vigas enmohecidas. Penélope presionó un dedo tembloroso contra los labios; sus tenis chirriaban sobre la madera húmeda. Yasmín permanecía inmóvil a su lado, con las plantas de los pies inmunes a la mugre viscosa. —Te lo digo yo, los encargos de Ciudad Dojo se están volviendo una estupidez —raspó una voz desde arriba, filtrándose por los huecos de la madera—. ¿Ese basurero flotante por fin se está hundiendo, o qué? Una fina neblina de polvo gris descendió y fue a dar a la cara de Yasmín. Se le arrugó la nariz. —¡Achú! Penélope le tapó la boca de un manotazo, pero se escapó un segundo estornudo, con el moco escurriéndole entre los dedos. —El problema no es el trabajo. Son los Piantas —gruñó la misma voz—. Esas sanguijuelas musculosas. Se roban cada trabajito antes de que los chicos podamos pescar algo. Esa cocinera gruñona, T. Nancy, pide unas colas de caballo y pimentón, y ¡zas!, un tipo de traje elegante ya está en su puerta. Nadie más ve ni una sola moneda. —Espera —dijo Yasmín a través de la mano de Penélope—. Dijiste que el Centro de Servicios era de criminales ayudando a criminales. Esto suena a una chef normal y corriente. —A lo mejor es delincuente en su tiempo libre. —Penélope se limpió el moco en los shorts—. No sé; sólo te digo lo que escuché en la tele. —Aguántame tantito —dijo la voz—. Ganvi va por un trago. Ahorita vuelvo. Una puerta chirrió al abrirse, seguida por el pesado golpeteo de una criatura con aspecto de ave bajando las escaleras. Las niñas se encogieron en las sombras más profundas. En cuanto el pájaro estuvo fuera del alcance del oído, Penélope soltó el aire. Subió las escaleras a toda prisa, pero al llegar al descanso, se detuvo en seco. —¿Qué…? —Se quedó boquiabierta mirando la pared de ladrillos—. ¿Se metió por la pared? Yasmín entrecerró los ojos. Analizó las vetas de la madera con intensidad. Algo en la forma en que las motas de polvo bailaban bajo la luz no cuadraba. —Mira. —Señaló una grieta específica donde la luz se refractaba en un ángulo raro. Había un bulto en la madera. Cuando lo golpeó y sintió que era madera real, sonrió—. La clásica pared de ilusión. El número 26 de Fire Emblem tenía un acertijo igualito a éste. —A lo mejor ahora yo necesito lentes —se rió Penélope. —Si es que te gusta limpiarlos todos los días. —Yasmín se hizo a un lado—. Muy bien, ¿le gustaría a Su Alteza Real derribar esta puerta por mí? —Hazte para atrás. —Penélope respiró hondo y arrancó. Puso todo el peso en una patada voladora, pero en el momento en que la suela chocó con la puerta, la vibración le recorrió toda la pierna. El impacto la hizo retroceder a trompicones. —Yyyyy nuestra heroína falla. —Yasmín no levantó la vista. —¡Claro que no! —Sonrojada, Penélope gruñó y lo intentó de nuevo, esta vez apuntando más abajo. Con un crujido, la puerta cedió hacia adentro para revelar una oficina estrecha. —¡Tarán! —jadeó Penélope, saltando sobre un pie. —Ingeniosa seguridad de su parte —silbó Yasmín—. Pero quizás no deberías usar la puerta de un baño como entrada secreta a tu negocio. La oficina estaba atiborrada de cajas y cofres. Pero el verdadero premio estaba en la esquina: tres bolsas de dinero enormes y abultadas. Había desde monedas hasta billetes raros de otros lugares. Los ojos de Penélope se agrandaron al ver las etiquetas sujetas a los cordones: «CLAN MALPIANTA: TRABAJO 1, TRABAJO 2, TRABAJO 3». —Es esto —susurró Penélope—. Esto es lo que necesita la señorita T. Aminí para salvar su posada. —La mayoría son monedas azules —observó Yasmín—. Valen diez monedas de oro cada una. Podríamos conseguirle mil en un segundo. —Empezó a meterse un puñado al bolsillo—. Y yo me quedo con éstas, muchas gracias. —Oye, primero está la señorita T. Aminí —dijo Penélope, llenando la mochila. —Entendido. Pero tengo que comer. Total, no voy a vivir con mis tíos para siempre. —Estoy tan acostumbrada a ver el dinero gastarse como si nada. Supongo que tú no sabes lo que es eso. Al principio es emocionante, pero luego se vuelve aburrido. Es algo que simplemente pasa. —Sabes que he vivido en los dos lados del espectro, ¿verdad? —Siguió agarrando más monedas—. No era riqueza de realeza, pero éramos los que mejor estábamos en la familia. Luego sólo quedamos Sofí y yo, y de repente estoy viviendo en la pura pobreza. —Oh. —Penélope intentó encontrar las palabras. —Nunca me importó la vida de lujos. Pero te lo digo: prefiero mil veces ser demasiado rica que andar muerta de hambre y sin poder gastar. —Sabes, podría pedirle a mi mamá que te ayude. A tu familia, digo. Con el dinero. —Si a Peach le parece bien que varias partes de su reino vivan en el fango, dudo que vaya a donar nomás porque su linda hija se lo pida por favor. —Recogió una moneda roja del suelo—. Pero gracias por considerarlo. Penélope dejó de empacar. —¿Me dijiste linda? —Sí. —Yasmín se encogió de hombros con una sonrisita—. La mitad del tiempo eres desesperante, pero sigues siendo bastante linda. —Ah. —Una risita nerviosa le burbujeó a Penélope—. Supongo que somos dos, entonces. Pero yo creo que tú eres todavía más… La puerta traqueteó de golpe sobre las bisagras. —¡Ay, mierda! —La palabra se le escapó antes de poder evitarlo. Penélope soltó la bolsa y puso el hombro contra la puerta justo cuando la manija giró. —¿Qué rayos? —El ave del otro lado empujó, aplastando a Penélope contra la madera—. ¿Quién anda ahí? ¡Abre! ¡No sabes con quién te estás metiendo! —Yas… —Los tenis de Penélope se resbalaban en el suelo polvoriento—. Ayúdame… Yasmín cerró la mochila. Gruñendo, trabó el hombro contra el pesado escritorio de roble al otro lado de la habitación. El mueble chilló contra el suelo. Penélope se quitó de en medio mientras Yasmín azotaba el escritorio contra el marco de la puerta. Forcejeó con un cofre de hierro para ponerlo encima, mientras Penélope apilaba las pesadas bolsas de monedas sobre todo. —Espera. ¿Y si es lo suficientemente listo para intentarlo por la entrada principal? —jadeó Yasmín. —Es un camino largo por estos muelles. Aun así, tenemos que movernos ya. —¡Abran esta puerta, asquerosas alimañas! —La voz del pájaro subió a un chillido maníaco. Se estampó contra la puerta, haciendo que las bolsas de monedas tintinearan. La mirada de Penélope recorrió la habitación. Detrás de donde había estado el cofre de hierro, vio un agujero en la pared de yeso. Se puso de rodillas y empezó a patear. —¡Rómpete, rómpete, rómpete! —masculló entre dientes. —Te vas a romper el tobillo antes que la pared. —Yasmín agarró una lanza oxidada de un estante y se la aventó—. Usa esto. Penélope la atrapó torpemente, casi ensartando el sombrero de Yasmín. Titubeó e intentó un giro heroico que nomás sirvió para rayar una máquina de escribir. —¡Menos estilo y más picar! —gritó Yasmín. Penélope apretó los dientes y clavó la punta de la lanza en la pared. Golpe tras golpe, el yeso explotó en una nube de polvo blanco. Entró aire fresco. Más allá estaba el vestíbulo del Centro de Servicios Personalizados, con olor a tabaco y periódicos viejos. —¡Córrele! ¡Córrele! —Penélope empujó a Yasmín hacia la abertura. Mientras Yasmín salía gateando, la correa de su mochila se enganchó en un clavo oxidado. «¡Mierda!», gritó. Tiró con fuerza hasta soltarla antes de caer al suelo del vestíbulo. Penélope la siguió. —Espera. —Penélope sacó algo de su bolsa—. Ponte esto. —¿Máscaras de Shy Guy? ¿De dónde sacaste éstas? —Cuando estábamos en los islotes Vivorretrato, le pedí una a la señorita Almara. Quería un recuerdo de ella —jadeó Penélope, escondiéndose detrás de la cara pintada—. Me dijo que consiguiera para todos los demás. Póntela. ¡Ándale! —Más vale que me quede. —Yasmín se quitó los lentes. El mundo se disolvió al instante en un borrón de manchas de colores y halos. Se puso la máscara a tientas, extendiendo la mano hasta que los dedos encontraron los de Penélope. Los apretó con fuerza—. Está bien. Guíame. El cambio fue de golpe: pasaron del silencio sepulcral de la oficina al estruendo de las calles de Villa Viciosa. —Actúa natural —murmuró Penélope. Aceleraron el paso. Cada paso era más aterrador que el anterior. A su izquierda, unos Piantas se gritaban de todo; a su derecha, un Rolf zigzagueaba borracho. A Penélope se le fue el aire cuando un pajarraco enorme se les plantó enfrente. «No corras. Ni se te ocurra correr». Penélope puso la espalda recta. El pájaro aminoró el paso. Miró a las niñas. Luego, con un gruñido, pasó de largo dándoles un empujón. No soltaron el aire hasta que las tablas podridas del lado este quedaron atrás, reemplazadas por los adoquines relucientes del oeste. Penélope buscó los puntos naranjas de Aminí, pero en la multitud sólo había extraños. —No te confíes —siseó Yasmín—. Si Aminí nos pesca entrando por la principal, estamos fritas. — Eso ya lo tengo cubierto. —Penélope arrastró a Yasmín hacia un callejón estrecho detrás de la posada—. Puerta de servicio. Me aprendí de memoria el mapa del folleto que estaba en el lobby. Da directo al ducto de la ropa sucia. —Para ser de la realeza y nunca haber ido a la escuela, eres sorprendentemente buena con los mapas. —Gracias a las estrellas por los videojuegos. Se deslizaron por la puerta de servicio que estaba sin llave, disfrutando del aire acondicionado. Subieron por la escalera trasera y se desplomaron en su habitación. —Lo hicimos —suspiró Penélope, quitándose la máscara de un tirón—. Sobrevivimos al lado este, Yas. De verdad. —Apenas. —La mochila de Yasmín por fin resbaló de sus hombros—. Cuéntalo todo. Penélope vació el contenido en el suelo. —Más de mil. —Qué bueno —rezongó Yasmín—. Porque si casi me pican por nada, yo misma te mataba. Ambas empezaron a reír. Penélope cayó de rodillas y rodeó el cuello de Yasmín con sus brazos. Yasmín se puso rígida. Sus manos flotaban en el aire, sin saber qué hacer. El contacto físico fue muy repentino. Pero la adrenalina seguía corriendo por sus venas, y Penélope era un manojo de calidez. Lentamente Yasmín se relajó y dejó que el abrazo sucediera. —¿Y cómo te puedo pagar? —preguntó Penélope. —¿Por qué cosa? —Por ayudarme con esto. Considerando que tú no querías. —No me debes nada. Ya sacamos la lana para la señora. Ojalá las cosas vuelvan a la normalidad… —Yasmín jadeó cuando los labios de Penélope chocaron con los suyos—. ¡Penélope! —¡Perdón! —Penélope soltó una risita, aunque no se alejó—. Sólo… quiero hacer algo por ti. Después de todo, no lo habría logrado allá adentro sin tu ayuda. Yasmín escaneó la habitación. Estaban realmente solas. Su mente voló hacia Minh, la chica que le gustaba y con la que había soñado por años. Una punzada de culpa la molestó. «Minh-Minh no haría esto conmigo abiertamente. Todavía no…». Enterró el pensamiento. Luego extendió las manos, acunó las mejillas de Penélope y acortó la distancia. —Si vas a hacerlo, hazlo bien —soltó entre dientes—. No me andes con piquitos tibios. Penélope asintió. Sin esperar, Yasmín empujó a Penélope hacia abajo, besándola con un hambre que hizo que Penélope gimiera. No era el tipo de beso educado y real que Penélope esperaba. Era ruidoso, con choque de dientes. —Perdón, mi error. —Yasmín corrigió el ángulo, agarrando a Penélope por la nuca. Su otra mano encontró la cintura de la niña. El corazón de Penélope martilleaba. Sus manos se posaron en los hombros de Yasmín antes de deslizarse por su espalda. La torpeza sólo alimentaba la magia. La saliva se acumuló en la boca de Penélope, y ella se la tragó mientras acariciaba el trasero de Yasmín. El gemido de Yasmín la sobresaltó. —Haz eso otra vez —ronroneó Yasmín. —¿Así? —Penélope apretó más fuerte—. ¿Lo estoy haciendo bien? —Oh… Mierda… Sí, lo estás haciendo justo como yo… ¡TOC! ¡TOC! ¡TOC! —¿Niñas? —La voz de Aminí llegó a través de la pared. Se movieron frenéticamente. Yasmín metió las monedas en las bolsas mientras Penélope se acomodaba el cabello. —¡Aquí estamos, señorita T. Aminí! —gritó, limpiándose la boca—. Sólo estamos jugando. La cerradura hizo clic y Aminí abrió la puerta. Se quedó helada. Las niñas parecían un desastre. Estaban cubiertas de polvo, sudor y mugre, jadeando como si acabaran de escapar de un Chomp Cadenas. La expresión de Aminí pasó de la preocupación maternal a un ligero desconcierto. —Vaya. Parece que a las dos les pasó un camión por encima. —Estábamos explorando. —Yasmín apretó su mochila contra el pecho, ocultando el tintineo de las monedas. Su voz se volvió plana—. El sótano está muy polvoriento. —Es que yo fui su guía de turistas —soltó Penélope—. Dice que no lo hice tan mal. —Debió ser un recorrido muy extenso. —La mirada de Aminí se demoró en Yasmín antes de enfocarse en el cabello revuelto de Penélope—. No se les habrá ocurrido salir, ¿verdad? ¿Como por la puerta del conducto de la lavandería? Penélope negó con la cabeza. —Ni siquiera salimos. —Se me cruzó por la mente. —Yasmín se encogió de hombros—. Pero eh… No quiero que a Minh-Minh le dé un infarto. No vale la pena. —Por favor, no lo hagan. —Aminí respiró hondo, con una suave sonrisa regresando a su rostro—. ¿Por qué no se lavan? Veremos una película esta noche después de que les cocine algo. —Suena genial —rió Penélope—. Muchas gracias, señorita. En el momento en que la puerta se cerró, Yasmín se limpió el sudor de la frente. Pero no había terminado. Cruzó la habitación, agarró a Penélope por la cintura y la estampó contra la pared de un solo golpe. Penélope no se dejó esta vez. Le plantó cara a Yasmín, enredando los dedos en su oscuro cabello mientras su lengua tomaba el control. «No te sientas mal, Minh-Minh… Sigues siendo mi número uno… Esto es simplemente diferente…». A medida que la presión aumentaba, las manos de Yasmín se dirigieron a su entrepierna. —¿Quieres hacer esto conmigo, Penélope? Ándale… —Me estás pidiendo que… —Sabes que se siente bien. Nomás hay que intentarlo juntas. —Yasmín se frotó con fuerza sobre la ropa, soltando un gemido—. Es la única forma de quitarme toda esta energía… Penélope abrió mucho los ojos. Vaciló sólo un segundo antes de que su mano se deslizara hacia abajo imitando a Yasmín. La habitación se llenó de respiraciones agitadas y fricción. Cada roce de sus conchas enviaba un nuevo gemido al aire. La compostura de Penélope se hizo añicos casi al instante. Su cabeza cayó hacia atrás contra la pared de yeso y abrió la boca. —Ay, Yas… Yas… —Gimió fuerte mientras recibía la saliva de Yasmín directamente. Penélope temblaba de pies a cabeza—. Dios mío… —No te resistas, Penélope. —Yasmín se lamió los labios—. Sólo disfrútalo… Ella aguantó más, resistiendo el impulso de terminar tan pronto. Pero sintió que la mano de Penélope bajaba de nuevo hacia su nalga, apretando con ganas. Y luego le soltó un buen chingadazo. Su trasero vibró durante dos segundos antes de que Penélope le diera otro nalgazo. El impacto provocó un gemido entrecortado en Yasmín. Sus caderas se agitaron contra las de Penélope mientras ambas se deslizaban por la pared hasta caer desplomadas. —Penélope… —Pasó sus dedos por su cabello—. Dios mío… —Imagínate si la señorita Toadette entrara ahorita. O la señorita T. Minh. Yasmín se quedó helada durante un segundo. Forzó una carcajada y le plantó un beso húmedo a Penélope. —Ni de chiste digas eso. Me darían la pena máxima por hacerle esto a la heredera del reino. Más tarde, el único sonido que se oía era el clic rítmico del lápiz de la DSi de Penélope. Yasmín estaba boca abajo, revisando el folleto, con los pies descalzos balanceándose perezosamente. Sintió un calor detrás de ella: la cara de Penélope estaba a centímetros de sus pies. Penélope olía a jabón fresco, pero Yasmín apestaba a Villa Viciosa. Sólo se había echado agua en la cara y en las axilas en el lavabo, y mantenía los pies firmemente plantados en el suelo sucio. Como resultado, sus plantas estaban cubiertas con la mugre del día. Los callos de sus talones estaban duros como galletas secas, y el sudor barnizaba sus arcos, haciendo que la suciedad brillara como aceite. Entre sus dedos, un bosque de pelusa de sandalia vieja y mugre se había fermentado durante varios días calurosos. Aun así, las fosas nasales de Penélope se dilataron, inhalando el almizcle como si fuera un perfume. —Estás bien loca —masculló Yasmín—. No conozco a nadie más que le guste el olor a patas. Huelen a basura. —No es que me gusten los pies de todo el mundo —murmuró Penélope. Presionó su nariz directamente contra la base del pie de Yasmín, inhalando profundamente—. Pero tu peste es… Es adictiva, Yas. Me gusta mucho. Yasmín sintió un calor extraño. Recordó a la niña desesperante del tren en Ciudad Neón, la que no dejaba de tocarla y mirar sus pies. Esa misma molestia era ahora alguien con quien llevaba un mes conviviendo, y de forma bastante cómoda. Forzó una sonrisa, meneando los dedos contra la barbilla de Penélope. —Está bien. Échate un buen llegue si quieres, loca. —Abrió los dedos, haciendo muecas por el ruido pegajoso—. Sólo no vengas llorando conmigo cuando la mugre de mis dedos te enferme. Penélope parecía a punto de llorar de felicidad. Se frotó más profundamente contra la planta. —Gracias, Yas. Y así Yasmín continuó leyendo, sintiendo la brisa constante en su piel húmeda. Era extraño. Era asqueroso. Sin embargo, no quería que se detuviera. Tras pasar una página, estiró la mano hacia un lado, acariciando suavemente los pies suaves de Penélope. —Toma —susurró—. Recibe un masajito de pies mientras aprovechas. *** El viento aullaba, azotando el vestido de Ashley y el gi de Cricket. Ninguno de los dos se movió. Cricket soltó una risilla. —O sea, ni siquiera estamos lidiando con el Mario de verdad. Sólo con el de repuesto. —Se tronó los nudillos—. Esto será más fácil de lo que pensaba. —Sí. — La expresión de Luigi no cambió—. Para mí. —Qué confiado. —Ashley se abanicó—. Pero los delirios no ganan batallas. Estás frente a la futura reina de Villa Sombría. Si tuvieras algo de sentido común, ya estarías de rodillas. —¿Reina? —Luigi acomodó el martillo sobre un hombro—. Sé exactamente quién eres. La brujita ermitaña que no sabe preparar una poción que valga la pena. Los ojos de Ashley se abrieron de par en par. —¿Cuántos tienes? ¿Veinticuatro? ¿Y todavía repruebas las lecciones básicas de magia? —Hizo una pausa—. No eres más que una mocosa que ruega desesperadamente que nadie note lo pequeña que eres en realidad. Por dentro y por fuera. Todo su cuerpo se tensó. Luego los dedos empezaron a temblarle y su rostro adoptó un puchero infantil. —Sé que Toadette ya viene en camino. —Sonrió—. Pero voy a acabar con ustedes antes de que puedan verla, enana. El aire alrededor de Ashley comenzó a resplandecer. Su cabello de ébano empezó a volverse blanco desde las raíces, mechón por mechón, hasta que toda su cabeza quedó pálida. La temperatura bajó. Cricket dio un paso atrás. —¿Ashley? —Ya me harté de escuchar a este imbécil —dijo ella con voz tensa—. Mátalo. —¿Matarlo? Pero… —No tenemos órdenes de mantener viva a esta basura. Quiero ver su sangre pintando la tierra. —Oye, no fue tan bonita la cosa cuando Mona mató a… —Cricket. —Ashley por fin se volvió hacia él. —¿Qué tal si mejor le rompemos las piernas? —Asintió frenéticamente—. Para bajarle los humos. Literal. No va a poder presumir de estatura cuando esté arrastrándose a tus pies, ¿verdad que no? Su cabello empezó a volver despacio al negro. Para cuando el último mechón blanco se oscureció, respiraba agitada. —Nomás encárgate de él —exhaló—. Por favor. —¡Como quieras! —Cricket se volvió hacia Luigi y adoptó su pose de combate—. Perdón de antemano. Pero tenemos una misión que cumplir. —Más te vale darme todo lo que tienes. —Luigi apretó el agarre de su martillo—. Porque cuando termine contigo, voy a enterrar a tu noviecita. Cricket avanzó. El martillo de Luigi se balanceó antes de que Cricket pudiera procesar el movimiento. El metal se estrelló contra sus costillas. A Cricket se le escapó un jadeo. —Muy lento —gruñó Luigi. Cricket giró por lo bajo y barrió hacia los tobillos de Luigi. Luigi saltó, pero Cricket ya se elevaba con un golpe de palma apuntando al pecho. Luigi se retorció, soltó el martillo, atrapó la muñeca de Cricket a mitad del golpe y la desvió. Le clavó el codo en la espalda. Cricket gruñó, pero no retrocedió. Desató una ráfaga de golpes. Luigi los bloqueó todos mientras acortaba la distancia. Cricket atrapó la patada e intentó desequilibrarlo. El puño de Luigi se estrelló contra su mandíbula. En el segundo que Cricket se tambaleó, Luigi agarró el martillo con la mano libre y lo balanceó hacia arriba. La cabeza de Cricket se sacudió hacia atrás. —Buenos movimientos —rió Luigi—. Lástima que apenas los siento. Cricket gruñó y se lanzó a la derecha, barriendo las piernas de Luigi. Esta vez funcionó; Luigi cayó. Pero rodó de inmediato, levantándose con el martillo ya en movimiento. Cricket se agachó y le lanzó un puñetazo al pecho. Luigi absorbió el golpe, agarró a Cricket y lo azotó contra el árbol más cercano. A Cricket le ardió toda la columna. —¡Ya basta! —Saltó hacia atrás, apuntando las manos hacia Luigi. Una pequeña bola de energía empezó a formarse. Entonces se dio cuenta de que Luigi estaba resplandeciendo—. ¿Qué rayos…? Luigi se lanzó como un cohete. La cabeza se le clavó en el cráneo de Cricket con la fuerza de un Bill Bala. El impacto levantó a Cricket del suelo y lo mandó a estrellarse atravesando el tronco del árbol. La corteza explotó hacia afuera, y el cuerpo de Cricket se azotó contra la tierra varios metros más allá. Se quedó ahí tirado, respirando agitado, antes de empujarse para enderezarse. Le tembló el labio. —¡Eso… me dolió! —Justo como debía ser, niño. —Luigi se sacudió la tierra de los hombros—. El Misil Verde no se llama así nomás de adorno. Las manos de Cricket se cerraron despacio en puños. El puchero en su cara se acentuó. —¡Estaba siendo amable al intentar romperte sólo las piernas! ¡Y tú… tú me explotaste un árbol en la cabeza! Ashley observaba en silencio, meticulosa. «Ya está perdiendo. Si no puede lidiar con el hermano de repuesto de Mario, voy a tener que intervenir yo. Vamos, Cricket, que no me hagas trabajar más de lo necesario». *** Renovada, Toadette se encontró trotando sin darse cuenta. Toad mantenía el paso a su lado, ambos adelantándose a Bibiana y Minh. El camino hacia el norte se volvió accidentado con cambios bruscos de elevación. Toad casi se fue de boca por una colina antes de que Toadette lo atrapara. —¿Ya estamos cerca? —preguntó ella. —Dijo que buscáramos una mansión lúgubre. —Toad mantuvo la postura erguida—. Difícil no verla. Sólo mantén los ojos bien abiertos, Toadette Detrás de ellos, Bibiana levantó a Minh y se la cargó al hombro. —Buen servicio de taxi —comentó Toadette. —Correr es lo tuyo —suspiró Minh—. Lo mío, para nada. —¿Cómo van tus brazos? —le gritó Toad a Bibiana. —Por favor, si esto no es nada. —Bibiana se atrevió a balancear a Minh en un solo dedo antes de volver rápido a usar las dos manos—. ¿Ves? Toad asintió. Él y Toadette arrancaron de nuevo, corriendo cuesta arriba contra un viento que amenazaba con derribarlos. Al llegar a la cima, contemplaron los campos de abajo. No había más que árboles dispersos, un pequeño río y tierra. Entonces Toadette soltó un jadeo, mirando hacia el este. Toad siguió su mirada. —Ahí está la mansión. —Entrecerró los ojos—. Hay movimiento. Una nube de polvo se levantaba más abajo. Toadette entrecerró los ojos, intentando seguir los movimientos. Dos figuras se desplazaban a toda velocidad, levantando tierra sin parar. —Definitivamente tienen compañía. —Miró hacia Bibiana—. Creo que encontramos a tus habitantes. —¿Están peleando? —Parece un mano a mano. —Toadette comenzó el descenso. Al llegar abajo, se agachó de golpe. Madera astillada explotó a su alrededor, dejando sólo el tocón de un árbol. Golpes atronadores y vientos violentos llenaban el aire. Se giró para ver a Cricket y a Luigi salir disparados de la escaramuza, aterrizando de pie. Mientras la sangre le escurría por la cara, los jadeos de Cricket se iban volviendo más frenéticos. —Telegrafías demasiado tus movimientos, niño. —Luigi se irguió. —Tú… —Cricket apretó los puños. El puño de Luigi se hundió en el estómago de Cricket. Le siguió un gancho ascendente con el martillo que lo mandó rodando hasta los pies de Ashley con un quejido. —¿Luigi? —La exasperación de Toad no necesitaba explicación. Luigi simplemente enarcó una ceja. —Ah, ¿cómo les va? —Entrecerró los ojos hacia Minh—. Oh, me acuerdo de ti… El avión… —¿Todavía estás enojado? —Minh bajó la mirada—. A mí me dio risa. —¿Tú qué haces aquí? —preguntó Toadette. —Saco la basura. —Luigi señaló a Cricket y a Ashley—. Ya casi acabo, de hecho. —Villa Sombría está bien aislada. —Bibiana pateó la tierra—. ¿Cómo supiste que tenías que venir hasta acá? Luigi suspiró, apoyando el martillo en el hombro. —Saben, me retiré. Ya había terminado con las peleas y el peligro. Sólo quería las fiestas, el golf, los vuelos tranquilos… Luego Wario atacó el Festival de las Estrellas. A Toadette se le tensaron los nervios. —Claro que lo hizo él. Pero lo declararon inocente. ¿Qué podía hacer yo? —Apretó el agarre—. Pero este ataque reciente… Él y ese fideo morado no se van a salir con la suya. La última vez lo dejé pasar. Hoy no. —¿Cómo sabes lo de las estrellas? —Toad entrecerró los ojos—. La mayoría ni siquiera sabe que existen. —Me dije que ya no me importaba estar atado a esa princesa loca —rió Luigi—. Y aun así, sigue teniendo influencia sobre mí. —¿La princesa Peach? —Minh ladeó la cabeza. —Piensa en alguien más loca. Mario estaba inalcanzable, y Waluigi había amenazado el país de Daisy. ¿Eso lo sabían? —¿Cómo? —Toadette soltó un gruñido sordo—. Ese maldito… —Después del segundo ataque de Wario, volví a entrenar. El profesor Fesor D. Sastre me construyó el entorno perfecto. Me falta camino por recorrer, pero recuperé mi viejo impulso. —Balanceó el martillo con estilo—. Ahora el gran Súper Luigi va a ser quien ponga a Wario de rodillas. Un aplauso lento resonó en el silencio. —Un discurso notablemente aburrido y delirante —bostezó Ashley—. Me estás dando sueño. —Puedo arreglar eso, mocosa. —Puedo convertir a tus amiguitos en cadáveres en menos de diez minutos. —Chasqueó los dedos. Una niebla roja envolvió a Cricket y se desvaneció mientras él se levantaba—. ¿Te sientes mejor? Ve y rómpele los huesos al plomero. —¡Mi honor será restaurado! —Cricket se quitó los zapatos de una patada. Rebotó sobre los pies descalzos, estirándose con los ojos fijos en Luigi—. ¿Querías ver las técnicas de mi maestro? ¡Entonces sé testigo del verdadero Young Cricket! —¡Claro que quiero verlas! —Luigi sonrió—. ¡Let's-a go! Con un grito, Cricket desapareció. Luigi levantó la guardia por instinto, pero una mancha borrosa lo mandó a volar. Clavó los talones en la tierra naranja y derrapó antes de recibir un tajo en la nuca. Cricket dio una voltereta sobre él con una sonrisa. Luigi cargó un Misil Verde, pero Cricket aprovechó la pausa y lo pateó a mitad de la carga. Desató un aluvión de patadas y puñetazos; Luigi sólo bloqueó la mitad. A diferencia de antes, estos golpes ardían como agujas de hielo. Gritó y se alejó a toda velocidad, pero Cricket lo recibió con una patada giratoria antes de levantarlo del overol con los dedos de los pies. —Ahí estás —dijo, riendo—. ¡Eres muy lento! —Pero yo no. A Cricket se le cortó la respiración. La voz venía de detrás. Toad le acomodó un puñetazo brutal, obligando a Cricket a soltar a Luigi. Cricket contraatacó plantándole un pie en la cara a Toad, dejándolo ahí presionado. Forcejeando, Toad fue bajando despacio la pierna de Cricket hasta poder empujarlo. Pero hizo falta el esfuerzo adicional de Luigi para que Cricket por fin se alejara con una voltereta hacia atrás. —Qué asco… —Toad se limpió la boca. Luego le asintió a Luigi. —Conozco esa mirada. —Luigi le devolvió el gesto—. ¿Crees que ya estoy enmohecido, capitán? —Se me cruzó por la mente. —Escuché que tú eres bastante hábil para ser un tipo tan bajito. —Luigi flexionó los músculos—. Tú apuntas bajo; yo apunto alto. Esto lo terminamos en segundos. —Copiado. —¿Dos contra uno? —Cricket se ahuecó el cabello—. ¡Un verdadero guerrero acepta todos los desafíos! ¡No vayan a llorar cuando los rompa a los dos! *** A cierta distancia, Toadette respiró hondo. Los chicos tenían su propia pelea, dejando a las chicas lidiar con Ashley. Ashley soltó otro bostezo antes de dar por fin un ligero paso al frente. —Tú sí serás un desafío —dijo, mirando a Bibiana. Luego les sonrió a Toadette y a Minh—. Pero ustedes dos serán un buen aperitivo. Ríndanse ahora. Hará que la parte de la amistad sea mucho más llevadera. —¿Amistad? —escupió Toadette—. Ustedes mataron a nuestra gente. —Se tuvieron que romper algunos huevos para hacer un omelette. No me culpen a mí. La negligencia de Peach hacia Ciudad Diamante prácticamente pedía a gritos la intervención de Wario. —¿Negligencia? —Minh se rascó la cabeza—. La economía de Ciudad Diamante está fantástica para ser un territorio. —Una fachada —suspiró Ashley—. Todo ese oro se escurre hacia el continente en lugar de llegar a la gente que lo merece. Afortunadamente yo prospero en la pobreza. —Señaló el cielo lúgubre—. Por eso este lugar ya se siente como mi hogar. Estoy hecha para ser la reina aquí. —¿Reina? —A Bibiana se le cayó la mandíbula. —Podrían empezar por besar esto. —Ashley extendió una bota cubierta de inmundicia—. Si se portan muy bien, hasta podría dejarles limpiar la mugre de entre los dedos con la lengua. La alternativa es mucho menos agradable. «¡Tómala por sorpresa, Toadette!». Toadette corrió a toda velocidad. Ashley no se inmutó; nomás levantó la mano. Una barrera brilló al manifestarse, deteniendo el puño de Toadette con un golpe sordo. Antes de que Toadette pudiera recuperarse, el cabello de Ashley se volvió blanco de golpe. Unas manos invisibles levantaron a Toadette del suelo y la azotaron contra las tablas. Luego salió disparada hacia atrás como muñeca de trapo, chocando con Bibiana. Bibiana gruñó, disolviéndose en la tierra. De inmediato, Ashley cerró los ojos, sintiendo el movimiento bajo los pies. Cuando Bibiana salió disparada del suelo a sus espaldas, Ashley ya estaba girando, con la mano en alto para atrapar el puño en llamas de Bibiana. Soltó una risa seca y empujó. Pero Bibiana no se movió ni un centímetro. Con la mano libre, extendió el brazo y le jaló el cabello a Ashley. Ashley soltó un chillido, la sonrisa desapareciéndole para convertirse en una mueca de rabia mientras un piojo salía disparado por el aire. La sangre brotó de la mano de Bibiana, acumulándose lentamente mientras Ashley se llevaba las uñas ensangrentadas a los labios. Sus ojos brillaron y lamió las gotas de color carmesí violáceo. Le clavó las uñas afiladas en la mano enguantada, enterrándolas bien hondo hasta que Bibiana por fin la soltó. La sangre brotó de la mano de Bibiana, acumulándose despacio mientras Ashley se llevaba las uñas ensangrentadas a los labios. Los ojos le brillaron y lamió las gotas de un carmesí violáceo. A Minh se le revolvió el estómago. —Tienes un toque de acidez extra. —Ashley terminó de lamerse los dedos—. Delicioso. Sacó una varita y la alzó, canalizando su poder en ella. El aire a su alrededor se volvió gélido. Toadette y Minh se tiraron al suelo, preparándose para el impacto. Bibiana no retrocedió. —¡Brebaje de Escarcha Amarga! Un estallido de luz chisporroteó de la punta de la varita. El sonido de cubos de hielo cayendo al suelo con suaves golpecitos hizo que Bibiana sonriera con burla. —Vamos… —Ashley apretó los dientes—. ¡Brebaje de Escarcha Amarga! Esta vez salieron agujas de hielo más grandes, disparándose hacia Bibiana. Bibiana soltó un chorro de llamas contra ellas y las derritió al instante. Su sonrisa no hizo más que ensancharse. —¿Una varita? ¿Cuánto tiempo llevas aprendiendo magia? —Silencio… —Cualquier mago medio decente, hasta entre los humanos, aprende a dominar su poder con algo más que una varita. —Se inclinó hacia adelante—. ¿Por qué no intentas hacer algo con esas manos que no sea una barrera glorificada? —Te voy a arrancar la lengua y la voy a trenzar de collar… —¡Pura boca, Toadette! —gritó Bibiana, levantando una mano—. ¡Observa a una profesional! Apuntó con un dedo. Hubo un segundo de silencio. De repente una ráfaga de fuego brotó de la punta de su dedo y golpeó a Ashley de lleno en el pecho. La fuerza la mandó a través de las puertas principales de la mansión, y salió rodando por el vestíbulo. Astillas y vidrios rotos estuvieron peligrosamente cerca de cortarla. A Ashley se le escapó un jadeo cuando el hombro chocó con un pedazo de mármol. Peor que la herida fue el público. Su nueva familia la miraba fijamente, con los ojos abiertos de par en par por el miedo. La atención de los habitantes de las sombras se desvió cuando Bibiana cruzó la puerta en ruinas. Estallaron vítores, seguidos de gritos con su nombre. A Ashley le tembló un ojo. —¿Por… qué… están… celebrando? —Su voz se quebró mientras se ponía de pie de un salto—. ¡Ahora son mi familia! Los alimenté, los dejé que me limpiaran, los quise… ¿Qué más quieren? —Bibiana, por favor sácanos de aquí —suplicó Tenebrio con voz monótona a pesar del caos. Tenía los labios húmedos con el sudor de los pies de Ashley—. Elegí el peor momento para regresar a Villa Sombría. —Hay más gente que ésta —dijo Bibiana, recorriendo la habitación con la mirada—. Tenebrio, ¿dónde están los demás? —El diablillo los encerró en el sótano —continuó Tenebrio—. Dijo que no quería vómito en el vestíbulo. Muchos se sintieron mal después de comer las asquerosas… Los ojos de Tenebrio se desorbitaron. El cuello se le comprimió hacia adentro, la piel doblándose como arcilla húmeda hasta no ser más gruesa que un popote. Forcejeando, sus manos arañaron el agarre invisible alrededor del cuello. El aire atrapado en sus pulmones silbó. Toadette y Bibiana jadearon. Ashley lo sostuvo así durante tres agonizantes segundos antes de soltarlo de golpe. El cuello se le volvió a inflar despacio, el relleno volviendo a su lugar con suaves quejidos. —Qué falta de respeto —gruñó Ashley—. Si mis recortes de uñas son tan poco apreciados, a lo mejor prefieren el exquisito sabor de un buen queso de pies añejado. —Por las estrellas —tartamudeó Bibiana—. Estás enferma… —Ah, ¿así le llamas? —Ashley empujó la varita hacia el frente, desatando electricidad pura—. Qué ironía, viniendo de alguien que intenta robarse a mi familia. ¡A mis amigos! Bibiana siseó y se lanzó hacia atrás. La corriente siguió persiguiéndola. Ni siquiera sumergirse en las sombras impidió que la magia le diera una descarga tras otra. Ashley avanzó pavoneándose, dándole una patada a Tenebrio en la cabeza para despejar su camino. —¡Oye, estúpida! —Toadette se lanzó contra Ashley desde un lado. Fingió un puñetazo, esperando la barrera. Ashley no la levantó. En cambio, dejó que el golpe le resbalara por el hombro, atrapándole la muñeca a Toadette con un agarre firme. Jaló. Toadette apretó los dientes. Se le escapó un quejido mientras la respiración de Ashley se iba volviendo agitada. —Morir no tiene que ser doloroso —susurró—. Tu resistencia es lo que hace que duela. Luego se inclinó más cerca. —Última oportunidad para someterte. Por favor. Estoy tan cansada de romper mis juguetes nuevos. La resistencia de Toadette se aflojó. Los ojos de Ashley se abrieron de par en par. Entonces, con un grito, Toadette le arañó la cara. Ashley soltó un alarido. Toadette le clavó el talón en la mandíbula y la mandó a estrellarse contra la pared. Antes de que Ashley pudiera resbalar del todo, Toadette le plantó el pie sobre la nariz y la boca. Le prensó la cabeza contra el azulejo frío, frotando la almohadilla del pie contra sus labios. La peste era tan potente como siempre: queso madurado directo de fábrica. —Si tu idea de la amistad es un licuado de hongos de pies, te la puedes quedar —gruñó. —No bajes la guardia, Toadette —advirtió Bibiana. —Créeme, lo sé. —Toadette dio un último pisotón asfixiante, retorciéndolo para maximizar la presión. Después de un largo momento, saltó hacia atrás, acunando la muñeca palpitante—. Prepárate, Bibiana. Ashley se deslizó por la pared. No tosió. No hizo arcadas. En lugar de eso, levantó despacio la cabeza. Una larga lengua salió disparada, arrastrándose por los labios para atrapar las migajas de tierra que Toadette le había dejado en la cara. Toadette ladeó la cabeza. —Tus pies son amargos. Deliciosamente amargos. —¿Qué? —Los ojos de Toadette se desorbitaron. —¿Creíste que el sudor me asustaría? —Ashley se levantó, sacudiéndose el polvo—. Mmm… Huelen intenso. Hay algo en el sudor de los Toads que es más sabroso que el de los pies de un humano. Por el diablo… —¿Acaso ya había hecho esto antes? —preguntó Bibiana. —Si no te aniquilo, Toadette, a lo mejor nomás los pongo a todos en fila. Un pequeño bufé sudoroso… la manera perfecta para relajarme. —Ashley se lamió los labios otra vez—. Sobre todo si tus amiguitos están tan mugrientos y empapados como tú. Toadette la miraba horrorizada. «Mis pies siempre han sido un arma a mi favor. Apestosos y sudorosos… y sin embargo ni siquiera la inmutaron. Le gustan». —¿Continuamos? —Ashley alzó la varita—. Me has abierto todavía más el apetito. ---------- Nota del autor: Hay quien piensa que hice a Ashley asquerosa a propósito para enfadar a sus fans, ya que he dicho que no es mi favorita en WarioWare. Sinceramente lo hice porque me pareció natural, ya que en los juegos se insinúa que no le importa ponerse atractiva, al menos al principio. |