Un niño con miedo a los pies está con cuatra elfas y debe soportarlas para sobrevivir. |
| Bel pasó la mirada de la cara asustada de Kassia a la de Cinnamon, reconociendo por primera vez el mismo destello en sus ojos. Acababa de golpear a la hermanita de su torturadora más temida. —Nos vamos. Ya —siseó Cinnamon. El mundo parecía cerrarse sobre él. La mirada encendida de Cinnamon, el frío calculador de los ojos de Pepper, los cuchicheos de la multitud élfica, los labios temblorosos de Kassia… Era demasiado. Se le cerró la garganta. «¡Corre!». Con un grito, salió disparado directo hacia Marshmallow. Contaba con que ella sería demasiado buena para frenarle el paso, y no se equivocó: se impulsó de un salto sobre sus anchos hombros. La maniobra pilló a todos desprevenidos, hasta a Cinnamon y Pepper. Para cuando quisieron reaccionar, Bel ya se había perdido entre la multitud del abarrotado salón de juegos. Cinnamon fulminó a Marshmallow con la mirada. —¿Qué haces ahí plantada? —gritó—. ¡Agárrenlo ya! Pero Bel ya estaba lejos, abriéndose paso entre la multitud de elfos como una rata. Que vuelen todo lo que quieran, pero en un centro tan atestado, no podrían hacerlo sin chocar con alguien o con las paredes. O eso esperaba. Casi choca con varias personas durante su carrera. Para su mala suerte, se topó de frente con la última cara que quería ver. —Oye, ¿a dónde vas tú? —preguntó Ginger, una bolsa enorme en las manos, sin entender nada. Bel frunció el ceño. Sin pensarlo dos veces, le encajó una patada en el costado y siguió de largo. Ginger se frotó el golpe con un gruñido. No tardó ni un segundo en entender lo que pasaba. Incluso con esas chanclas, Ginger era un relámpago al lado de sus compañeras. Podía cerrar la distancia entre ella y Bel antes de que él siquiera rozara la salida. Y a diferencia de Bel, esquivaba a la gente sin esfuerzo. Le pisaba los talones, acortando la brecha con cada zancada. —¡Esto no tiene ninguna gracia! —gritó—. ¡Ya estás haciendo un desmadre aquí! «¡Maldita sea!». Bel se la jugó. Dobló una esquina y fue directo hacia una exhibición de jarrones apilados. Se agachó detrás, aguantando la respiración. «Más cerca… Más cerca… ¡Ahora!». Empujó el estante de exhibición con todas sus fuerzas. Ginger, que venía demasiado rápido para frenar, soltó un aullido cuando la torre de cerámica se desplomó justo en su camino. Intentó saltarla, pero una de sus chanclas se atoró en un jarrón que rodaba por el suelo. Se fue de bruces dándose un golpe seco con un gruñido de dolor. Bel no se quedó a ver más. Sólo miró atrás lo suficiente para gritarle. —¡Eso te pasa, perra! Cruzó de golpe las puertas principales de la Snowflake Galleria y salió al frío. No podía parar, todavía no. Sus botas repicaban contra los adoquines nevados. Corrió hasta que el palacio reluciente del centro quedó reducido a un destello lejano, hasta que le ardían los pulmones y le quemaban las plantas de los pies. Finalmente, tras lo que le pareció correr tres millas en ocho minutos, se dejó caer detrás de un enorme montículo de nieve, sin aliento. «¡Piensa! Lo mejor sería ir a ese taller al que me llevaron, pedirle a Santa que me mande a casa. O esconderme con el equipo de ese tal Tunfro. Lo que sea con tal de no volver a ver a esas cuatro monstruos». —Vaya, vaya… Qué fierecilla tan pequeña. La voz vino directamente detrás de él. Antes de que pudiera siquiera girarse, un par de brazos lo envolvieron. Una fragancia floral lo cubrió por completo. —Silencio, pequeño humano —susurró la voz en su oído antes de plantarle un beso. Sintió un frío etéreo y dulce extenderse desde el punto de contacto, filtrándose hasta los huesos. Su adrenalina, su ira, su miedo: todo se disolvió, dejando sólo un agotamiento profundo. Seph apareció por detrás de él, con una sonrisa que no prometía nada bueno. —Ya estás a salvo, mi pequeño —arrulló, pasándole los dedos por el cabello con suavidad. Él no podía mover ni un músculo. Ella lo levantó como si fuera un muñeco. —No querremos que nos encuentren, ¿a que no? —murmuró con dulzura—. Seguramente estarán buscando por el suelo. Y con eso, se lanzó al cielo, ascendiendo más y más hasta que el paisaje nevado del Polo Norte no fue más que una sábana inmaculada. Una vez a suficiente altura, se alejó volando del centro, llevándoselo consigo. —¡No puede haber llegado tan lejos! —gruñó Cinnamon. Ella, Pepper y Marshmallow habían irrumpido por las puertas y escudriñaban los caminos y los edificios de los alrededores. Un momento después apareció Ginger, sobándose la rodilla. —El escuincle ése es más listo de lo que aparenta. La nieve fresca ya se encargaba de borrar cualquier rastro. Podría estar en cualquier parte. Justo entonces, Kassia y sus amigos salieron del centro. Kassia se sostenía la mejilla amoratada con una mano mientras se acercaba a su hermana. —Cinnamon, por favor no seas muy dura con él cuando lo encuentres —murmuró. —Te atacó, Kassia. Es una amenaza, y va a ser disciplinado. Punto final. —Pero… —Fue una prueba fallida, ¿me oyes? —Cinnamon le puso unas monedas en la mano—. Gracias por intentarlo. Ahora déjame trabajar. Mientras bajaba la mirada, Kassia notó algo extraño en el suelo, cerca de donde Bel había emprendido su huida. Sobre la nieve reposaba un único y perfecto pétalo de flor de un púrpura intenso. La nieve no lo había tocado. —¿Qué es esto? —preguntó, señalando. Las cuatro integrantes del Sugar Squad se paralizaron. Lo reconocieron de inmediato. —No manches —susurró Ginger. —Seph. —El nombre salió de la boca de Cinnamon cargado de pavor y rabia a partes iguales. Pepper se arrodilló, ignorando el pétalo. Apoyó la palma contra los adoquines y cerró los ojos. Tras un largo momento, los abrió de golpe. —Su residuo mágico es débil, pero está ahí —declaró—. Correr no es su estilo, y eso ya lo sabemos. —¡Nos vio la cara! —gritó Cinnamon—. ¡Nosotras buscamos en el suelo como tontas, mientras ella se llevaba a Belial por los aires! —Esperen. —Marshmallow levantó las manos con calma—. No puede haber regresado a casa todavía. Sabemos que le lleva días. —¿O sea? —Ginger arqueó una ceja. —O sea que todavía está aquí, en el Polo Norte. Escondida en algún lugar. —Marshmallow miró a Pepper—. ¿Qué tan fácil sería saber en qué dirección se fue? —Casi imposible. Aun así, sugiero que vayamos hacia el sur. —Por ahí empezaría yo también —coincidió Cinnamon—. ¡Vamos! Mientras las cuatro se lanzaban al cielo, Kassia y sus amigos se quedaron atrás, sin entender nada. —Entonces… por alguna razón, ¿ese chico vive con tu hermana y sus amigas? —preguntó Brieanna. —Es todo lo que sé. —Y le aterran los pies. —Asego soltó un silbido—. Ha de pasársela increíble viviendo bajo el mismo techo que Cinnamon. Una suave vibración arrancó a Bel del vacío sin sueños. Parpadeó, con la visión borrosa mientras la conciencia le regresaba poco a poco. Estaba tendido sobre algo suave: una gruesa capa de pieles blancas. El aire era tan frío que podía ver su propio aliento, pero las pieles lo protegían del temblor. Sobre él, un techo de hielo liso refractaba una luz azulada. Intentó incorporarse, pero sus extremidades se negaron a obedecer. La parálisis del beso todavía se aferraba a sus huesos. Podía mover los dedos y girar la cabeza apenas un poco, pero cualquier otra cosa era inútil. Sentía el cuerpo más pesado que el plomo. —Ah… El angelito ya despertó. Bel giró la cabeza despacio hacia la voz. Seph estaba sentada en un trono tallado en hielo puro, con una pierna cruzada sobre la otra. Su postura era de una calma total, pero sus ojos seguían cada uno de sus movimientos. La habitación que los rodeaba era pequeña, en forma de cúpula. —¿Dónde…? —Su voz salió rasposa—. ¿Dónde estoy? —A salvo. —Seph se levantó de su trono—. Lejos de esas cuatro tontas que se atreven a llamarse tus guardianas. —Se deslizó sobre el suelo de hielo, sus pies rozando apenas la superficie, y se arrodilló a su lado—. Dime, pequeño: ¿qué se siente ser su proyecto? ¿Su experimento de rehabilitación? —Déjame ir. —Intentó alejarse, pero su cuerpo volvió a traicionarlo. —A su tiempo, quizás. —Sus dedos largos y fríos le rozaron la frente—. Primero deberíamos conocernos mejor. Al fin y al cabo, vamos a pasar mucho tiempo juntos. —¡Ni madres! —Vaya carácter —rió Seph—. Ya entiendo por qué Cinnamon te eligió. Aunque me pregunto… —Ladeó la cabeza—. ¿Te dijo por qué está haciendo esto en realidad? ¿La verdadera razón por la que te trajo hasta aquí? —Para arreglarme —escupió Bel—. Para convertirme en un niño bueno y obediente para conservar sus trabajos. —Eso es sólo una parte. ¿Pero te habló de lo que hacía antes de formar su escuadroncito inútil? —Se inclinó más cerca—. ¿De la gente a la que le falló? —¿De qué estás hablando? —Ahora le gusta jugar a la líder responsable. Pero yo conocí a la verdadera Cinnamon. —Se levantó y comenzó a caminar despacio en círculos alrededor de las pieles donde él yacía paralizado—. Mi mejor amiga. O lo era, hasta que decidió traicionarme. —No me importa tu drama —bufó él. —Debería. —Seph se detuvo a sus pies y posó la mirada en sus botas nuevas—. Lo que sea que te esté haciendo pasar, no es por tu bien. Necesita que tengas éxito para demostrarle a Santa y a sí misma que no es el fracaso que todos saben que es. Y cuando inevitablemente la decepciones, te descartará con la misma facilidad con la que me descartó a mí. Se arrodilló, esta vez a sus pies. —Al menos yo soy honesta sobre lo que quiero. —¿Y qué es eso, rara? —Alguien que no me abandone. —Su expresión se transformó—. Alguien con quien compartir este exilio. Antes de que pudiera responder con algún insulto, ella ya le estaba desamarrando las botas. —¡Oye! —Trató de jalar el pie hacia atrás—. ¡No las toques! Pero su cuerpo volvió a pelear contra él. La parálisis lo clavó en su lugar mientras ella liberaba la primera bota. El aire frío le picó en el pie descalzo, enrojecido por tanto correr. La familiar ola de humillación se desplomó sobre él. —Por favor —susurró—. Por favor, no. La sonrisa de Seph se suavizó. —Ay, pobrecito. De verdad te han enseñado a despreciar esto, ¿verdad? —Dejó la bota a un lado y procedió con la segunda. Ahora ambos pies estaban al descubierto. Bel intentó encoger los dedos para esconderlos, pero incluso ese mínimo movimiento fue una batalla. —Mírate nomás —suspiró ella, tomando su pie izquierdo entre las manos. El frío de su contacto lo hizo jadear—. Temblando como un animal atrapado. Tan deliciosamente vulnerable. Se apretó el pie contra la cara, cerró los ojos e inhaló profundamente. —Ah… Qué exquisito —suspiró—. El sudor puro de un niño. Un niño humano, para colmo. Miedo, agotamiento… y ese almizcle subyacente de la juventud. —Volvió a inhalar, su expresión rozando lo extático—. Intoxicante. —¡Estás loca! —Se le formaban lágrimas en los ojos. —Tal vez, desde cierto punto de vista. —Su pulgar se hundió en el centro de su planta—. Como ya te dije, al menos yo soy honesta sobre lo que quiero. Con su mano libre, metió la mano en el bolsillo y sacó un pequeño frasco que contenía un líquido rosa brillante. La sustancia pulsaba con una luz antinatural. —¿Qué es eso? —La voz de Bel se quebró en un hilo agudo. —Un regalo. —Seph destapó el frasco, e inmediatamente un olor a fruta demasiado madura inundó el aire—. Esto te ayudará a… apreciar mejor mi toque. —¡Te juro que te vas a arrepentir! ¡Ni se te ocurra tocarme los…! Pero ella ya estaba inclinando el frasco, dejando que el líquido rosa cayera sobre sus plantas como miel espesa. Estaba tibio y pegajoso. En el instante en que tocó su piel, Bel sintió que algo cambiaba. Una hiperconciencia aterradora floreció a través de sus pies. Cada terminación nerviosa parecía despertar de golpe, exigiendo atención. —Ahí está —arrulló ella. Comenzó a frotar la sustancia en su piel, trabajándola profundamente en las plantas, entre los dedos y a lo largo de los arcos—. Deja que se absorba. Deja que despierte esos nervios dormidos. Lo sentía todo: la textura de su piel, los bordes arremolinados de sus huellas dactilares, la diferencia de temperatura entre sus palmas y sus dedos. No era doloroso, pero era tan intenso que su mente no podía procesarlo todo a la vez. —¿Qué quieres de mí? —Su voz empezó a quebrarse. —Ay, ya te lo dije. Compañía. —Deslizó un dedo desde su talón hasta la punta de los dedos—. He estado sola durante tres años, Belial. Sabes lo que es eso, ¿verdad? ¿Estar solo? ¿Que todos te miren y no vean más que a alguien roto? —¡Pero yo no soy tu amigo! —chilló él—. ¡No puedes secuestrar a alguien y esperar que te quiera! —¿No puedo? —Su sonrisa regresó—. Pregúntale a Cinnamon. Ella también te secuestró, te metió a su casa a la fuerza y te hizo dependiente de ella para todo. La diferencia es que yo sí lograré que me ames. A Bel se le revolvió el estómago. —Vendrán por ti, tarde o temprano —continuó—. Y cuando lo hagan, tendrán el placer de ver a su precioso proyectito rendirse ante una nueva ama. Eso será lo último que vean antes de que las mande al olvido. —¿Vas a… matarlas? —Naturalmente. Me lo quitaron todo, así que es sólo justo devolverles el favor. —Sus dedos se desplazaron hacia los de él, separándolos con suavidad—. Pero primero te domaremos. Si vas a ser mi mascota, tendrás que aprender a entretenerme. —¡No soy tu mascota, pinche loca! —Aún no. Dale tiempo. —Acercó el pie a su rostro—. Ahora bien, veamos qué tan sensible eres en realidad. Su pulgar se hundió más profundamente en el centro de su planta. Fue como una descarga eléctrica. Sus dedos se abrieron solos, y su pierna intentó desesperadamente apartarse. —Ahí está. La respuesta de cosquillas. Sus dedos comenzaron a rascarle los pies con suavidad. Los ojos de Bel se desorbitaron y las carcajadas le salieron disparadas desde algún lugar profundo e involuntario. —¡Jajajajajaja! ¡Para! ¡Por favor! —No lo pelees —cantó ella, sus uñas bailando sobre su piel hipersensible. Cambiando de táctica, introdujo los dedos entre los suyos, que estaban fuertemente apretados. La invasión lo hizo chillar. Hizo garrita con los dedos con tanta fuerza que le dolió, pero no sirvió de nada. Incluso con el dedo atrapado, el sutil meneo de Seph le arrancaba carcajadas sin aliento al niño paralizado. —Ahora mi parte favorita —anunció. Antes de que él pudiera procesar esas palabras, sintió algo cálido y húmedo recorrer su planta. Su lengua. Seph se apartó, un hilo fino de saliva uniendo su boca al pie de él. —Delicioso —jadeó—. Incluso mejor de lo que había imaginado. Lo salado, esa esencia de miedo, el aroma… Lo tienes todo. —¡Para! —lloró Bel, con lágrimas escurriéndole por la cara—. ¡Te lo ruego! ¡Me está matando! —Estás bien. —Volvió, esta vez con la lengua dirigiéndose directamente a sus dedos. Capturó el dedo gordo entre sus labios y la mente de él estalló mientras se lo chupaba. Su mejilla se hundió con la fuerza de la succión; su lengua se arremolinó alrededor del dedo como si fuera un dulce. Lo soltó con un estallido húmedo. —Uno menos. Cada dedo recibió el mismo trato: envuelto en su boca, chupado, explorado por su lengua. Para cuando llegó al meñique, Bel se había quedado sin palabras, capaz únicamente de soltar gemidos rotos mientras las lágrimas le corrían por las mejillas. Se deslizó hacia los espacios entre sus dedos, su lengua arremolinándose con fervor. La sensación lo tensó de pies a cabeza. Un quejido agudo escapó de sus labios. —Perfecto —suspiró Seph, chasqueando los labios. Recorrió su planta con una larga lamida—. Cuánto batallé para atraer a un chico cuando era joven. Al fin tengo uno. Descendió hasta su talón y lo rozó con los dientes. Él soltó una mezcla de risa y llanto, y lanzó un gritito cuando ella lo siguió con un beso tierno. —Ay, la cara que va a poner Cinnamon cuando nos encuentre juntos… Será algo digno de ver. Casi tan satisfactorio como verla muerta. La respiración de Bel era entrecortada. A través de su miedo y humillación, un pensamiento se volvió claro. «De verdad va a matarlas». A pesar de todo lo que le habían hecho pasar —la tortura, la humillación, la crueldad—, no quería eso. No quería a Marshmallow muerta. Tal vez ni siquiera a Cinnamon, por mucho que la odiara. —¿Oh? —Seph levantó la vista—. No me digas que ya les tomaste cariño a tus captoras. —No son… Yo no… —Está bien. —Soltó su pie y gateó hacia adelante hasta tenderse sobre él, su peso hundiéndolo contra las pieles. Su cara quedó flotando a centímetros de la de él—. Los sentimientos complicados los entiendo yo muy bien. Su cercanía le dificultaba respirar. Ese aroma enfermizamente dulce emanaba de su piel y lo envolvía por completo. —Algún día tendrás el honor de devolver este favor —susurró ella—. Una vez que la parálisis se desvanezca y hayas sido debidamente entrenado, atenderás mis pies con la misma devoción que yo le he dedicado a los tuyos. Los limpiarás, los masajearás, los adorarás… Y estarás agradecido por el privilegio. Sólo pensarlo le revolvió el estómago. Pero estaba demasiado agotado para articular siquiera una objeción. Reunió la poca saliva que le quedaba en la boca reseca y le escupió directamente a la cara. El escupitajo aterrizó en su mejilla. Ella se quedó completamente inmóvil por un momento. Luego, para horror de él, sonrió. Sacó la lengua y recogió la saliva tibia de su mejilla antes de retraerla hacia su boca. Tragó. —Gracias. —Su sonrisa se ensanchó—. Tu esencia humana sabe divina. —Se inclinó más cerca, hasta que su aliento le rozó la cara—. Ahora dale a tu ama un beso de verdad. —No… Pero ella ya avanzaba, frunciendo los labios. Hacían un sonido húmedo y chirriante mientras se acercaban. Bel intentó girar la cabeza, pero la mano de ella le sujetó la mandíbula con firmeza. Ronroneó, mirándolo fijamente a los ojos. Un destello de luz naranja estalló de repente contra las paredes del iglú, tan brillante que proyectó una sombra afilada sobre el rostro de Seph. Su sonrisa teatral desapareció en un instante. —Conque ya me encontraron. Se apartó de él con un movimiento fluido. Lo miró desde arriba y su expresión se suavizó levemente, casi con lástima. —Nuestro tiempo juntos se ha suspendido, pero se reanudará. —Se arrodilló una última vez, acercando el rostro a sus pies. Le lamió los dedos de menor a mayor en un solo movimiento lento, cubriéndolos con un rastro de saliva. La sensación húmeda le revolvió el estómago. —No me extrañes demasiado, mi querida mascota. —Se dirigió hacia la entrada del iglú—. Seph tiene unas cuantas plagas que exterminar. Volveré, y cuando lo haga, exploraremos cada risita, cada gemido y cada grito que seas capaz de dar. Y entonces se fue, dejando a Bel solo en la prisión de hielo con la sensación persistente de su lengua en la piel. Y con algo peor: la incertidumbre de si quería que el Sugar Squad ganara o perdiera la batalla inevitable. «Piénsalo, Bel. Si las cinco logran matarse entre sí, tal vez por fin pueda escapar de esta pesadilla». Pero incluso mientras lo pensaba, sabía que las cosas ya no eran tan simples. Nunca lo eran. Nota del autor: Creo que este capítulo ha sido el más difícil hasta ahora, pero al menos por fin hemos visto cómo le chupaban los pies a Bel. Oh, pueden estar seguros de que volverá a pasar, lo quiera él o no. Pero no esperen muchos pies el próximo domingo; es hora de acción. |